He de reconocer que no conocía nada de los escritos de Toni Morrison. Supe de ella por un artículo en prensa hablando de su nueva novela Jazz, y ya entonces, con sólo leer el primer párrafo de esta, comprendía que tenía que leerla irremediablemente.

Jazz es una pequeña maravilla escrita con una estructura narrativa extrañamente inusual y con un espíritu de libertad que sorprende. Es directa y sencilla y a la vez tan compleja como las estructuras del propio Jazz que da nombre a  su título. El amor como base para una historia polifónica de principios del siglo XX en la que el alma de los seres humanos explotados por su condición de raza, de género y de clase social queda patente en el pasar de un tiempo y una vida que es eterna lucha contra las estructuras sociales de la nueva América  que comienza a moverse,  gigante lento, hacia el comienzo de la industrialización. El amor y la muerte como base de una historia que se repite eterna en la vida de los seres humanos de todos los tiempos: amor para sobrevivir y reproducirse, amor para intentar ser felices y retrasar nuestra propia muerte, amor para retrasar la muerte de los demás, de las personas próximas a las que amamos, para verlas felices avanzar en la vida.

Jazz es la primera novela novela de Toni Morrison que leo, Beloved será la siguiente, y no tardaré mucho en hacerlo.

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Así empieza Jazz:

“Sssst… yo conozco a esa mujer. Vivía rodeada de pájaros en la avenida Lenox. También conozco a su marido. Se encaprichó de una chiquilla de 18 años y le dio uno de esos arrebatos que te calan hasta lo más hondo y que a él le metió dentro tanta pena y tanta felicidad que mató a la muchacha de un tiro solo para que aquel sentimiento no acabara nunca. Cunado la mujer, que se llama Violet, fue al entierro para ver a la chica y acuchillarle la cara sin vida, la derribaron al suelo y la expulsaron de la iglesia. Entonces echó a correr, en medio de toda aquella nieve, y en cuanto estuvo de vuelta en su apartamento sacó a los pájaros de las jaulas y les abrió las ventanas para que emprendiesen el vuelo o para que se helaran, incluido el loro, que decía: “Te quiero”.