Leer a Carlos Oroza ha sido como desgajar una naranja dulce: no solo te la comes sin más sino que, descuidadamente, dejas que te pringe los dedos completamente de zumo y azúcar para poder chupártelos con el ansia juguetona de un niño pequeño. Es una poesía que te atrapa el alma y el oído mientras se envuelve alrededor de si misma y de tu conciencia. Es el poema único y eterno de un hombre que ve el mundo desde una distancia personal e hipnótica y lo describe como si fuese el espía omnisciente del fin último de todas las cosas que ocurren a su alrededor. Es como una línea ferroviaria que repiquetea su presente constante con cada tren que la aplasta sin llegar jamás a ningún sitio: sólo estár ahí dejando pasar trenes a su espalda.

Carlos Oroza es un poeta poco conocido que no suele publicar sus poemas en libros. Es un poeta que lleva siempre mecanografiados o escritos a mano sus poemas. Un poeta que se pasea por plazas y cafés de su refugio gallego para recitarlos con la calma y la orfebrería lúdica del hombre calmado que ama la poesía que lee y escucha.

Por eso cuando descubrí esta edición me lancé como un loco entusiasmado a comprarla.
Oroza es una maravilla de poeta.