Después de leerme el impresionante libro de Alba Rico Leer con niños (personalmente uno de los mejores libros que he leido en toda mi vida), le busco en sus libros anteriores… en los que descubro las mismas ideas y principios esbozados de una manera algo más “académica” pero con la misma vigencia y necesidad de ser que en su libro posteriro. Una lectura más densa y politica y filosóficamente más compleja que Leer con libros pero necesaria igualente. Hay que leer a Alba Rico.

 

La Revolución debe ser también un ascetismo. Contra el capitalismo, el ayuno: seleccionar los objetos de consumo y seleccionar también –mucho más difícil– los objetos de la mirada.

 

 

el establecimiento de una verdadera ciudadanía política depende menos de la fuerza racional de los argumentos o de la persuasión de las máximas morales que de nuestra manera de mirar las cosas.

 

 

una sociedad fluida, siempre incompleta, desmoronada por el asalto del futuro, en la que no no es posible encontrar ya cosas acabadas (las únicas susceptible de pensamiento y de uso). Es a esto a lo que llamamos, sin darnos cuenta de lo que decimos, una «sociedad de consumo»;

 

 

El capitalismo es un régimen de catástrofe permanente, en el que las cosas han sido sustituidas por mercancías que pasan, cada vez más deprisa, sin que podamos nunca retenerlas lo suficiente como para usarlas o mirarlas. Nada dura lo bastante. Se comprende fácilmente qué significa en términos ecológicos el ritmo de destrucción que exige el establecimiento cada mañana de un mercado completamente nuevo y aumentado, pero no son menos desdeñables las consecuencias sociológicas y políticas.

 

la lucha de clases quiere decir sobre todo que a lo largo de la misma y por diversos procedimientos –esclavismo, feudalismo, capitalismo–, una minoría de hombres ha monopolizado mediante alguna forma de violencia el conjunto de los bienes generales.

 

 

revisar nuestro viejo concepto de responsabilidad y enfrentarnos a la evidencia de que somos responsables no sólo de aquello que hacemos sino también de aquello «en lo que participamos». Nuestra normalidad es el dedo permanentemente apoyado sobre el botón; nuestra falta de imaginación vota ininterrumpidamente; cada vez que cambiamos de teléfono móvil, cada vez que nos comemos un pollo, cada vez que elegimos nuestro refresco, estamos votando, como en el plebiscito de Mitilene, por la destrucción y la muerte de miles de personas en el Congo, en Tailandia o en Palestina.

 

 

Hay aquella célebre sentencia de Marx: «Los filósofos sólo han interpretado el mundo de diferentes maneras; de lo que se trata es de cambiarlo».

 

El capitalismo no es, como pretenden sus economistas, un régimen de intercambio generalizado sino un sistema de destrucción generalizada; consiste en una guerra ininterrumpida al mismo tiempo contra los hombres y contra las cosas. A la guerra contra los hombres la llaman trabajo, a la guerra contra las cosas la llaman mercado; y lo que llamamos convencionalmente «guerra» –con sus bombardeos, sus incendios, sus víctimas mutiladas y sus escombros– no es más que una forma rutinaria de ajustar el trabajo y el mercado. El capitalismo es una estructura de hambre, el hambre como estructura, la maldición griega de tener que producir infinitamente, a velocidad creciente, para la destrucción, la necesidad de arrojar a la hoguera, cada vez más deprisa y en mayor número, todas las cosas del mundo.

 

Los objetos del mundo se pueden clasificar también de otra manera. Podemos decir que existen «bienes universales», «bienes generales» y «bienes colectivos».

 

 

Los bienes universales son aquellos de los que basta con que haya un ejemplar para que nos sintamos satisfechos: las estrellas, el mar, el Taj Mahal, los ritos de un pueblo, la belleza de un cuerpo, el color verde, el Guernica de Picasso o incluso San Francisco y el Che Guevara, a los que no podemos imitar pero cuya existencia irrepetible sentimos que ha mejorado un poco nuestra vida. Sobre este tipo de bienes, como su propio nombre indica, nadie tiene ningún derecho

 

 

Los bienes generales, en cambio, son aquellos que es al mismo tiempo posible y necesario generalizar, aquellos que no basta con que los haya sino que es necesario que los usemos, aquellos bienes de los que tiene que haber tantos ejemplares como seres humanos. Nos basta con que haya una Orión en el cielo; pero no nos basta con que haya un trozo de pan en el castillo del Príncipe.

 

 

los «bienes colectivos», es decir, aquellos bienes que, al contrario que los universales –la luna o las ruinas de Yaxilán– son imprescindibles para la reproducción individual de la vida, pero cuyo uso no se puede generalizar sin atentar precisamente contra nuestros derechos sobre los universales y sobre los generales: la tierra, los medios de producción o, por ejemplo, el automóvil. El automóvil no puede constituir un derecho individual –a igual título que el pan o la vivienda– porque su generalización destruiría ese bien universal, condición de todos los otros bienes: la Tierra misma. Si cada familia china no puede tener el mismo número de automóviles que una familia estadounidense sin amenazar la existencia del planeta, la posesión individual de un automóvil en EEUU deviene sencillamente inmoral. El automóvil debe ser, pues, un bien colectivo o, si se quiere, público; y nuestro derecho en este caso nunca será el derecho sobre el objeto sino sobre sus ventajas.

 

A lo largo de la historia de la Humanidad, concebida como lucha de clases, lo normal ha sido que los bienes generales y los bienes colectivos se hayan convertido en bienes privados, que unos pocos se hayan apoderado al mismo tiempo de los medios de producción y de los productos, en detrimento de la mayor parte de la población. Pero el capitalismo ha ido un paso más allá y, en virtud de su propia estructura de hambre, ha comenzado a privatizar también los bienes universales,

 

Dejemos a un lado la esperanza si es que acogernos a ella sirve para que renunciemos a un gesto o para que aplacemos una acción.

 

Ante los exquisitos manjares que me son presentados puedo perfectamente decirme: esto es un cadáver de pescado, aquello un cadáver de pollo o de cerdo; o también, este falerno es un poco de zumo de uva, aquel vestido púrpura no es más que un tejido de lana vieja de oveja teñido del color de sangre extraído de una concha […]. Es necesario obrar de este modo con todas las cosas de esta vida. Cuando un objeto aparezca ante la imaginación como muy estimable, hay que examinarlo interiormente, considerar su valor intrínseco y despojarlo de todo aquello que puede darle una dignidad ficticia.

 

 

Una mercancía es una llamada a la destrucción, una inducción a la violencia, el imperativo mismo de la aceleración y superación de la materia bajo la generalización de eso que, sin saber lo que decimos –con neutralidad inocente y hasta positiva–, llamamos «consumo» para condenar alegremente nuestra existencia

 

La mayoría de edad kantiana de la Ilustración revela todo su fracaso en la figura del turista que se deja divertir y que es arreado, conducido, guiado, disfrazado, tatuado, alimentado en grupo.

 

 

un discurso sólo es decisivo, sólo es movilizador, si moviliza contra él las fuerzas que combate.

 

La así llamada sociedad de consumo es una sociedad que se fundamenta en, y se explica por, lo que todavía no tiene.

 

Económicamente, el capitalismo es un régimen de destrucción generalizada; socialmente, un régimen de cuarentena generalizada.

 

 

el eje mismo del capitalismo hiperindustrial: máxima comunicación y mínimo contagio. La guerra económica contra hombres y cosas, la recolocación permanente de la fuerza de trabajo en un escenario sísmico (que llaman «flexible»), se traduce culturalmente, en el corazón de las metrópolis occidentales, en una lucha angustiosa entre imágenes y cuerpos. En esta batalla, el cuerpo es la encrucijada donde se reúnen –representación tanto más primitiva cuanto más modernos son los medios con los que se la combate– la pobreza, la enfermedad y el delito.

 

 

el éxito de casi todas las manipulaciones se basa, en efecto, en la confianza de los hombres en la objetividad del lenguaje. Y debemos combatir la manipulación, la mentira y el engaño –y a sus artífices– no sólo porque legitiman y lubrican la injusticia, la dictadura y el crimen, sino por el modo en que destruyen esta confianza.

 

 

Lo que me importa recordar ahora es que ese orden funciona desde hace al menos dos siglos como un sistema, no de intercambio, sino de destrucción generalizada; que acumula beneficios a través de la explotación, la sobreproducción y el consumo; cuya esencia es la guerra; y que esta condena mortal que lleva en su seno, contra los hombres y contra las cosas, no ha hecho sino acelerar y ampliar su proceso en las últimas décadas mediante esa levadura que llamamos globalización y que exige, como en el siglo xix, imponer «la ley natural de la oferta y la demanda» con ejércitos y cañones.

 

 

El exceso y rapidez de los acontecimientos ha abolido el relato. En un mundo en el que la producción de palabras, imágenes y discursos se somete al régimen de producción acelerada de mercancías y se rige, por tanto, por los principios de novedad y sucesión, el pensamiento es demasiado lento, la memoria demasiado frágil, el espacio demasiado rígido; los libros no viven lo suficiente para volverse clásicos, las imágenes se devoran como tostadas y no dejan más huella que un sabor estándar en la boca, los periódicos y televisiones nos ofrecen todos los días acontecimientos, discursos, partidos, conciertos, históricos, suspendiendo así esa secuencia de causas y efectos en que consiste la Historia.