Hace tiempo que quería atacar este libro pero pequeñas circunstancias de la vida me han hecho que fuese retrasándolo sin piedad. Hace apenas unas semanas decidí leerlo definitivamente a pesar de no ser las vacaciones de verano el mejor momento para una novela sobre un campo de concentración nazi de 1945, escrita por un judío superviviente de ese campo y narrada con un estilo directo e hiperrrealista, sin opiniones ni conclusiones, solo hechos… que ya estás tu para pensar lo que creas importante y conveniente.

La verdad es que me ha parecido de un realismo inexpugnable, como de una sensación de saber que es imposible comprender completamente toda la verdad de la novela y de los hombres que en ella habitan.

Ofrece una crueldad tan horrorosa de una manera tan sencilla y honesta, tan poco morbosa, tan aséptica, tan sincera, que cuando dejas de leer y enfocas a la realidad de tu entorno, a la vida que vives, a lo que somos ahora, todo te parece extraño e irreal, inestable, como esas linternas sin pilas que a veces encienden y enseñan urgentes un rincón del cuarto y se apagán con una rapidez como miedosa.

Dejo aquí las citas que he subrayado:

Y, finalmente, se sabe que están aquí de paso y que dentro de unas semanas no quedará de ellos más que un puñado de cenizas en cualquier campo no lejano y, en un registro, un número de matrícula vencido. Aunque englobados y arrastrados sin descanso por la muchedumbre innumerable de sus semejantes, sufren y se arrastran en una opaca soledad íntima, y en soledad mueren o desaparecen, sin dejar rastro en la memoria de nadie.

Son los que pueblan mi memoria con su presencia sin rostro, y si pudiese encerrar a todo el mal de nuestro tiempo en una imagen, escogería esta imagen, que me resulta familiar: un hombre demacrado, con la cabeza inclinada y las espaldas encorvadas, en cuya cara y en cuyos ojos no se puede leer ni una huella de pensamiento.

Los monstruos existen, pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos; más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios listos a creer y obedecer sin discutir, como Eichmann, como Hoess, comandante de Ausschwitz, como Stangl, comandante de Treblinka, como los militares franceses de veinte años más tarde, asesinos en Argelia, como los militares norteamericanos de treinta años más tarde, asesinos en Vietnam. Hay que desconfiar, pues, de quien trata de convencernos con argumentos distintos de la razón, es decir, de los jefes carismáticos: hemos de ser cautos en delegar en otros nuestro juicio y nuestra voluntad. Puesto que es dificil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor sospechar de todos los profetas; es mejor renunciar a la verdad revelada, por mucho que exalten su simplicidad y esplendor, aunque las hallemos cómodas porque se adquieren gratis. Es mejor conformarse con otras verdades mas modestas y menos entusiastas, las que se conquistan con mucho trabajo, poco a poco y sin atajos por el estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas y verificadas.