Unas veces, nieva. Otras, llueve. Luego hay sol, viento. Tod eso es ahora. Eso no ha sido, no será. Eso es. Siempre. De una vez. Porque las cosas viven en mi y no en el tiempo. Y, en mi, todo es presente.

Esta cita es una sutil pincelada de lo que son las páginas de Ayer, la pequeña novelita de Agota Kristof que acabo de leerme. Esta novela es directa e incisiva, violenta en su existencialismo y pesimista en la lógica que impera en ella, una auténtica tragedia griega moderna en la que el protagonista en el gran perdedor incluso desde antes de haber nacido.

El lenguaje directo y conciso de la autora, su absoluta ausencia de todo lo que no sea el continuo fluir de la historia en una narrativa directa y seca, va dibujando en el lector una ansiedad desconcertante, una visión del mundo desnuda y cruel que va separando lo real de lo imaginario y a la vez los va confundiendo y entremezclando como si la vida fuera un desague por el que todo pasa con violencia incontrolable.

Al final es una simple historia de amor, poética a pesar del lenguaje descarnado, una historia de pobres, un extraño cuento de adas, una historia de la vida y sus resignaciones: pequeños triunfos, pequeños fracasos, el absurdo del hombre y sus mundos de supervivencia, la vida, la muerte.

La fábrica produce piezas sueltas, piezas desbastadas para otras fábricas. Ninguno de nosotros podría emsamblar un reloj de pulsera entero. En lo que a mi respecta, abro un agujero con mi máquina en una determinada pieza, el mismo agujero en la misma pieza desde hace diez años. Nuestro trabajo se reduce a eso. Poner una pieza en la máquina y apretar el pedal. Con este trabajo ganamos justo lo suficiente para comer, para vivir en algún lugar, y sobre todo para poder reanudar el trabajo al día siguiente.

 

Roberto se cortó las venas en su bañera. Albert se colgó dejando sobre su mesa una nota escrita en nuestro idioma: “Quedais despedidos”.

 

La impotencia es el sentimiento más terrible.

 

La muchedumbre tenía miedo de mi sombra que caía sobre ella cuando anochecía. Yo también tenía miedo cuando caían las bombas. Echaba a volar muy lejos y, una vez pasado el peligro, regresaba para flotar lentamente sobre los cadáveres.