La poesía de José María Fonollosa es directa y decisiva, afilada como un cuchillo jamonero, brutal en su inercia de vida y de violencia. Y es que en Fonollosa ha creado, en «Ciudad del Hombre», una obra moumental en la que al estilo Manhatan Transfer de Dos Passos o más directamente Los detectives Salvajes de Bolaño, Fonollosa escribe un poemario en el que, a traves de su diambular por la ciudad en un recorrido lógico entre barrios, toma prestada las voces y conciencias de aquellos con los que se curza en el camino e inventa diferentes realidades poéticas para narrar el espíritu de una ciudad que se mueve a la vez que sus habitantes.

Y así, cientos de verdades se entrecruzan en las páginas del libro contrapuestas y en brutal contradicción el mundo que transitan y la verdad de una poesía total. Y de esta forma su poesía es asesina y romántica, pesimista y entusiasta, feliz y triste y macabra y perezosa y solitaria y veneno…

Un inpresionante enjambre de voces y vidas que convierte su lectura en un micromundo de verdades inimaginables e imperecederas y le permite romper lo poloticamente correcto y apropiarse de visiones del mundo que en la boca del poeta sin el tamiz de la literatura serían casi casi delictivas.

Como adentrarte en la conciencia lúcida y destripada de las voces que recorren el manicomio.

Voy por la calle sólo entre los otros.
contemplo a los demás desde sus ojos
y me parece entonces que no existo.

 

Sois mezquinos, sois viles, sois cobardes,
hipócritas, rastreros… O sois crueles,
despiadados, desleales, asesinos,
carne de chusma en masa… Sois la gente.
Y yo soy uno más entre vosotros.

 

Un hombre muerto es nada. Sólo un bulto
pequeño, ahí tirado sobre el suelo.

Su incómoda postura en la calzada,
molesta de aquel peso tan inmovil,
más bien causa aversión que no respeto.

No hay grandeza en la muerte de esos hombres
que mueren, olos matan, en la calle.