Mi primera aporximación a Jorge Semprún ha sido esta novela autobiográfica y extrañamente bella y delicada, en la que, desde una perspectiva muy diferente a la excepcional “Si esto es un hombre” de Primo Levi, nos desvela su atroz experiencia en el campo de concentración nazi de Buchenwald.

Semprúm aborda el tema desde su incapacidad para abordarlo. Se siente ajeno a la vida, un extraño, torpe y dolorosamente extranjero de todo como para explicar nada. La realidad se quedó en Buchenwald y todo lo vivido estos años despues es la huella indeleble de un olvido imposible.

Pero Semprúm aborda el tema desde un doble tiempo narrativo que lo lleva a volver sobre el horror de la masacre arbitraria del ser o las vivencias intelectuales alegres y esperanzadoras de los años siguientes con la naturalidad y la angustia y cierta exrtaña culpa de lo vivido en primera persona u oculto en el intento de olvidarlo todo de la tercera persona del singular.

Primo Levi describía aséptico el horror de los hombres contra los hombres con una pulcritud de cirujano o un Dios Sádico. Semprún la aborda tangencialmente desde la incomprensión intelectual y el espanto de no poder justificar la maldad del hombre: diferentes persepectivas para hechos similares. ambas imprescindibles.

 

He comprendido de repente que tenían razón esos militares para asustarse, para evitar mi mirada. Pues no había realmente sobrevivido a la muerte, no la había evitado. No me había librado de ella. La había recorrido, más bien, de una punta a otra. Había recorrido sus caminos, me había perdido en ellos y me había vuelto a encontrar, comarca inmensa donde chorrea la ausencia.

Tenía razón Vallejo. No poseo nada salvo mi muerte, mi experiencia de la muerte, para decir mi vida, para expresarla, para sacarla adelante. Tengo que fabricar vida con tanta muerte. Y la mejor forma de conseguirlo es la escritura.