Lo interesante de esta novela ya no es en sí la historia, que me parece tremendamente sencilla y lineal, sino la extraordinaria manera de contarla, la manera en que James Salter maneja el lenguaje para hacer que el sexo entre dos amantes sea el trayecto de la propia novela, para hacer que la ingravidez de las caricias y mordiscos estén dedicados a enseñar algo del mundo en el que viven, de la propia sospecha de los amantes de que fuera de ellos no queda nada.

Coqueto realismo erótico.