¿Que pasa con la gente que el propio sistema capitalista expulsa a unos márgenes de la vida, fuera de lo mínimo para una existencia digna? ¿Quien está fuera y por qué? ¿Es el ser humano una mercancía, un desecho? Zygmunt Bauman, que acaba de morir este mismo año y al que considero uno de los grandes pensadores del siglo XX, nos ofrece en este pequeño ensayo, una perspectiva de cómo la modernidad crea desechos humanos a los que intenta cosificar en nombre de las demandas del mercado, las presiones de la competencia o la eficiencia.

Sus ideas principales:

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Digresión: Contar cuentos, los cuentos son como focos y reflectores; iluminan partes del escenario dejando el resto en la oscuridad. Si iluminasen por igual la totalidad de la escena, no serían realmente de ninguna utilidad. Después de todo, su tarea consiste en «resolver» la escena, dejándola dispuesta para el consumo visual e intelectual de los espectadores; crear un cuadro que sea posible asimilar, comprender y retener a partir de la anarquía de manchas y borrones que no acertamos a entender ni a descifrar. Los cuentos ayudan a los buscadores de comprensión, separando lo relevante de lo irrelevante, las acciones de sus escenarios, la trama de su trasfondo, y los héroes o los villanos en el corazón de la trama de las legiones de figurantes y títeres. La misión de los cuentos es la de seleccionar y corresponde a su naturaleza incluir mediante la exclusión e iluminar proyectando sombras. Es un grave malentendido, amén de una injusticia, acusar a los cuentos de favorecer una parte de la escena al tiempo que desatienden otra. Sin selección no habría historia.

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En la práctica, lo excluido —expulsado del centro de atención, arrojado a las sombras, relegado a la fuerza al trasfondo vago o invisible— ya no pertenece a «lo que es». Ha sido privado de existencia y espacio propio en el Lebenswelt. Ha sido, por tanto, destruido.

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Primero tiene lugar una visión: la imagen de la pasmosa complejidad y la incapacitadora infinitud del mundo reducidas a proporciones soportables, asimilables, manejables y llevaderas. «En tanto que perceptores —dice Douglas— seleccionamos de entre todos los estímulos que caen bajo el área de nuestros sentidos aquellos que únicamente nos interesan […] En el caos de impresiones cambiantes cada uno de nosotros construye un mundo estable en el que los objetos tienen formas reconocibles[15]». Viene a continuación el esfuerzo por elevar el mundo «realmente existente» (ese mundo presente a nuestro alrededor y en nuestro interior de forma tan tangible, pertinaz, contundente y dolorosa en exceso, precisamente por ser desordenado y cualquier cosa menos perfecto) al nivel de la visión; por tornarlo tan sencillo, puro y legible como lo es la visión.

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«Al expulsar la suciedad, al empapelar, decorar, asear, no nos domina la angustia de escapar a la enfermedad —dice Mary Douglas— sino que estamos reordenando positivamente nuestro entorno haciéndolo conformarse a una idea […] En pocas palabras, nuestro comportamiento de contaminación es la reacción que condena cualquier objeto o idea que tienda a confundir o a contradecir nuestras entrañables clasificaciones.»
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Desechamos lo sobrante del modo más radical y efectivo: lo hacemos invisible no mirándolo e impensable no pensando en ello. Sólo nos preocupa cuando se quiebran las rutinarias defensas elementales y fallan las precauciones, cuando corre peligro la confortable y soporífera insularidad de nuestro Lebenswelt que supuestamente protegen.

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La meta del diseño consiste en dibujar más espacio para «lo bueno» y menos espacio, o ninguno, para «lo malo». Es lo bueno lo que convierte a lo malo en lo que es: malo. «Lo malo» es el residuo del perfeccionamiento.
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Podemos decir que la modernidad es un estado de perpetua emergencia, inspirado y alimentado, por citar lo escrito por Geoffrey Bennington en otro contexto, por «una sensación de que alguien ha de dar órdenes a fin de que no todo esté perdido[22]». Sin nosotros, el diluvio. Sin acciones preventivas o ataques anticipatorios, una catástrofe. La alternativa a un futuro prediseñado es el gobierno del caos. Los asuntos humanos no pueden abandonarse a su propia suerte. La modernidad es una condición de diseño compulsivo y adictivo.

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Allí donde hay diseño, hay residuos. Una casa no está realmente acabada hasta que se han barrido por completo los restos no deseados de la obra.

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Cuando se trata de diseñar las formas de convivencia humana, los residuos son seres humanos. Ciertos seres humanos que ni encajan ni se les puede encajar en la forma diseñada.

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El caos, el desorden, la anarquía, presagian la infinidad de posibilidades y lo ilimitado de la inclusión; el orden significa límites y finitud. En un espacio en orden (ordenado) no todo puede suceder.

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El espacio en orden es un espacio gobernado por reglas, mientras que la regla es regla en tanto en cuanto prohíbe y excluye. La ley llega a ser ley una vez que expulsa del reino de lo permitido los actos que sería posible realizar de no ser por la presencia de la ley.

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Es la ley la que da origen a la anarquía al dibujar la línea que divide el interior del exterior. La anarquía no es una mera ausencia de ley

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No siendo sino una actividad suplementaria del progreso económico, la producción de residuos humanos tiene todo el aire de un asunto impersonal y puramente técnico. Los actores principales del drama son las exigencias de los «términos del intercambio», las «demandas del mercado», las «presiones de la competencia», la «productividad» o la «eficiencia», todos ellos encubriendo o negando explícitamente cualquier conexión con las intenciones, la voluntad, las decisiones y las acciones de humanos reales con nombres y apellidos.

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El impacto de la humanidad en el sistema de preservación de la vida en la Tierra no está determinado meramente por el número de personas vivas en el planeta. Depende asimismo del comportamiento de dichas personas. Cuando tenemos en cuenta este comportamiento, surge un panorama totalmente diferente: el principal problema de población está en los países ricos. Hay, de hecho, demasiada gente rica.

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Vulnerabilidad e incertidumbre son las dos cualidades de la condición humana a partir de las cuales se moldea el «temor oficial»

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La religión logra su poder sobre las almas humanas blandiendo la promesa de seguridad. Pero, para hacerlo, la religión tenía que transmutar primero el universo en Dios, forzándolo a hablar…

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En su forma original y espontánea, el prototipo cósmico es un temor ante una fuerza anónima e insensible. El universo asusta, mas no habla. No pide nada. No da instrucciones sobre cómo proceder. No podía importarle menos lo que hicieran o dejaran de hacer los atemorizados y vulnerables seres humanos.

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«el soberano es aquel que posee el poder de exención».

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A diferencia del entumecido universo al que Él sustituye, Dios habla y da órdenes. De la mano de la capacidad de ordenar llega, sin embargo, una limitación: quien habla también puede oír y escuchar… Dios oye lo que piensan y desean los humanos, y puede averiguar si se han obedecido las órdenes para poder castigar a los rebeldes.

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el edificio que construye una generación tras otra es siniestro, porque esta estructura pretender garantizar una seguridad que los humanos no pueden alcanzar. Cuanto más sistemáticamente lo planean, menos capaces son de respirar en él; cuanto más tratan de erigirlo sin fisuras, más inevitable es que se convierta en una mazmorra…

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«Las medidas provocadas por el temor existencial constituyen por sí mismas una amenaza para la existencia».

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La vulnerabilidad y la incertidumbre humanas son la principal razón de ser de todo poder político; y todo poder político debe atender a una renovación periódica de sus credenciales.

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La idea del «Estado de bienestar» (para ser más precisos, como sugiere Robert Castel, «el Estado social[43]»: un Estado empeñado en contraatacar y neutralizar los peligros socialmente producidos para la existencia individual y colectiva) declaraba la intención de «socializar» los riesgos individuales y hacer de su reducción la tarea y la responsabilidad del Estado.

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Habiendo rescindido o restringido de forma drástica su pasada intromisión programática en la inseguridad producida por el mercado, habiendo proclamado que la perpetuación e intensificación de dicha inseguridad es, por el contrario, el propósito principal y un deber de todo poder político consagrado al bienestar de sus súbditos, el Estado contemporáneo tiene que buscar otras variedades, no económicas, de vulnerabilidad e incertidumbre en las que hacer descansar su legitimidad. Al parecer esa alternativa se ha localizado recientemente (y practicado quizá del modo más espectacular por la administración estadounidense, pero, más que como una excepción, como un ejercicio de establecimiento de patrones y de «indicación del camino») en la cuestión de la seguridad personal: amenazas y miedos a los cuerpos, posesiones y hábitats humanos que surgen de las actividades criminales, la conducta antisocial de la «infraclase» y, en fechas más recientes, el terrorismo global.

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A diferencia de la inseguridad nacida del mercado, que es, en todo caso, demasiado visible y obvia para el bienestar, esa inseguridad alternativa, con la que el Estado confía en restaurar su monopolio perdido de la redención, debe fortalecerse de manera artificial o, cuando menos, dramatizarse mucho con el fin de inspirar un volumen de «temor oficial» lo bastante grande como para eclipsar y relegar a una posición secundaria las preocupaciones relativas a la inseguridad generada por la economía, sobre la cual nada puede ni desea hacer la administración estatal.

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Para quienes les odian y detractan, los inmigrantes encarnan —de manera visible, tangible, corporal— el inarticulado, aunque hiriente y doloroso, presentimiento de su propia desechabilidad.

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Los consumidores en una sociedad de consumo, como los habitantes de la Leonia de Calvino, necesitan recogedores de basura, y en gran número, y de tal suerte que no rehúyan tocar y manipular lo que ya se ha confinado al vertedero; pero los consumidores no están dispuestos a realizar ellos mismos los trabajos de los basureros. Después de todo, les han preparado para disfrutar de las cosas, no para sufrirlas. Se les ha educado para rechazar el aburrimiento, el trabajo penoso y los pasatiempos tediosos. Se les ha instruido para buscar instrumentos que hagan por ellos lo que solían hacer por sí mismos. Se les puso a punto para el mundo de lo listo-para-usar y el mundo de la satisfacción instantánea. En esto consisten los deleites de la vida del consumidor. En esto consiste el consumismo; y ello no incluye, desde luego, el desempeño de trabajos sucios, penosos, pesados o, simplemente, poco entretenidos o «no divertidos».

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Las personas cuyas ortodoxas y forzosamente devaluadas formas de ganarse la vida ya se han destinado a la destrucción, y que han sido ellas mismas asignadas a la categoría de residuos desechables, no están en condiciones de escoger. En sus sueños nocturnos pueden concebirse a sí mismos bajo la forma de consumidores, pero es la supervivencia física, no el jolgorio consumista

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la situación económica de los ciudadanos de un Estado nación ha rebasado el control de las leyes del Estado

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La incertidumbre y la angustia nacida de la incertidumbre son los productos principales de la globalización. Los poderes estatales no pueden hacer casi nada para aplacar la incertidumbre, y menos aún para acabar con ella. Lo máximo que pueden hacer es reorientarla hacia objetos al alcance; desplazarla de los objetos respecto a los cuales nada pueden hacer a aquellos que pueden alardear al menos de manejar y controlar. Refugiados, solicitantes de asilo, inmigrantes, los productos residuales de la globalización, satisfacen a la perfección estos requisitos.

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El refugiado, como señalara Bertolt Brecht en Die Landschaft des Exils, es «ein Bote des Unglücks» («un mensajero de la desgracia»).

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el reloj con su prisa apagada que les decía a todos lo que debían hacer, obedecido por todos, consultado, observado sin cesar.

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A quienes llegan tarde a la modernidad se les deja que busquen una solución local a un problema causado globalmente, aunque con escasas posibilidades de éxito.

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la riqueza y el poder no sólo determinan la economía sino también la moralidad y la política del espacio global y, por ende, todo cuanto afecta a las condiciones de vida en el planeta.

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Los residuos no precisan de finas distinciones ni sutiles matices, a menos que estén destinados al reciclaje; pero las posibilidades que tienen los refugiados de reciclarse como miembros legítimos y reconocidos de la sociedad humana son, por no decir otra cosa peor, vagas e infinitamente remotas.

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Se han tomado todas las medidas para garantizar la permanencia de su exclusión. Se ha depositado a personas sin cualidades en un territorio sin denominación, mientras que se han bloqueado para siempre todos los caminos que conducen de vuelta a lugares significativos y a los sitios en los que pueden forjarse y se forjan a diario significados socialmente legibles.

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el nuevo gueto, en palabras de Wacquant, «no sirve como un depósito de mano de obra industrial desechable, sino como un mero vertedero

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La vida se vive de un día para otro, «hasta que súbitamente y por modo extraño no haya ningún nuevo día». Pero, una vez que el miedo a la muerte se hubo retirado o desvanecido de la vida cotidiana, no logró traer en su lugar la ansiada tranquilidad espiritual.

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