Si no has leído nunca a Cesar Rendueles deberías hacerlo con urgencia. Imprescindibles sus artículos en El Pais -increíble que todavía se pueda leer algo interesante en ese periódico… pero se puede… todavía quedan pequeñas maravillas entre sus artículistas: Rendueles, Millás, David Trueba y mi el increiblemente lúcido Josep Ramoneda, poco más se salva ya… si Haro Tecglen levantase la cabeza…- e imprescidible la entrevista que le hizo Pablo Iglesías en Otra vuelta de tuerka.

Sobre capitalismo canalla, simplemente exponer algunas ideas subrayadas:

Los discursos sociales hegemónicos —esos que en los editoriales de los periódicos pasan por el sentido común— son fantasías alucinógenas. Hemos entregado el control de nuestras vidas a fanáticos del libre mercado con una visión delirante de la realidad social, que nos dicen que nada es posible salvo el mayor enriquecimiento de los más ricos: ni profundizar en la democracia, ni aumentar la igualdad, ni limitar la alienación laboral, ni preservar los bienes comunes.

 

En realidad, vivimos en una civilización única en la historia. Por primera vez una inmensa cantidad de personas basamos nuestro sustento material y nuestra organización social en la práctica generalizada de tratar de obtener ventaja de los demás. No en los estadios, sino en los mercados de trabajo, inmobiliarios, de alimentos, de transporte, culturales, energéticos… Cada mañana, al salir de casa, nos enfrentamos a personas a las que tratamos de vencer en una sucesión sin fin de desafíos comerciales: venda caro, compre barato. La historia de la modernidad es, en primer lugar, la crónica de la subordinación de toda nuestra vida social a las relaciones comerciales.

 

El mercado libre generalizado y su ética no sólo produce injusticia y desigualdad. También inyecta en nuestra vida social dosis letales de fantasía e irracionalidad. Pues nos priva de la posibilidad de deliberar en común para tomar decisiones colectivas que no pueden ser el subproducto de la interacción individual egoísta.

 

¿Cómo es que la gente tomó la decisión de trabajar a cambio de un sueldo? La respuesta rápida es que no lo hizo en absoluto.

En un célebre capítulo de El capital titulado «La acumulación originaria», Karl Marx daba una explicación más realista. La aparición de una oferta de fuerza de trabajo suficiente para cubrir las necesidades industriales fue el resultado de un proceso prolongado y violento de expropiación masiva de millones de personas pobres. A lo largo de varios siglos, un gigantesco ejército de campesinos fue despojado de sus medios de vida tradicionales, de modo que se vieron obligados a buscar un salario para sobrevivir.

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El interés de todas la naciones ricas consiste en que la mayor parte de los hombres no pueda estar desocupados casi nunca y que, sin embargo, gasten continuamente lo que ganen. […] En una nación libre en la que no se permite la esclavitud, la riqueza más segura consiste en una multitud de pobres laboriosos».

 

Tras el capitalismo tal vez, y sólo tal vez, estemos en situación de desafiar las grandes tragedias de nuestra existencia: la crueldad, las desigualdades inevitables, el conflicto entre generaciones, el afán insatisfecho de experiencias intensificadas, la muerte y el dolor, la humillación o el puro sinsentido de la vida… Pero, en cualquier caso, el fin de la explotación no es más que un manotazo para despejar la mesa, que deja todo lo importante por hacer.

 

Lo trágico es que en la modernidad nadie puede ser bueno. Han desaparecido los compromisos tácitos, basados en sentimientos compartidos, que son el fundamento último e inamovible de la vida en común. De ese modo, carecemos del tipo de presuposiciones que dan sentido a la bondad. El comportamiento virtuoso parece una elección como otra cualquiera. Una preferencia extravagante, propia de un loco… o un idiota.

 

En El disputado voto del señor Cayo, Víctor repite en varias ocasiones: «Ese tío, coño, es como Dios, de la nada saca cosas». La capacidad de hacer cosas —muchas cosas— hoy nos resulta heroica, propia de seres sobrenaturales. Sin embargo, ha sido la normalidad antropológica durante decenas de miles de años.

 

El esclavismo colonial fue la institución en la que se ensayó la organización laboral industrial.

 

El esclavismo fue el tubo de ensayo laboral del capitalismo, el imperialismo fue la herramienta a través de la cual se globalizó.

En la discusión entre Roma y Bizancio acerca de la procesión del Espíritu Santo sería ridículo explicar por la estructura del Oriente europeo la afirmación de que el Espíritu Santo procede solo del Padre, y por la estructura de Occidente la afirmación de que procede del Padre y del Hijo. Las dos Iglesias, cuya existencia y cuyo conflicto dependen de la estructura y de toda la historia, han planteado cuestiones que son un principio de distinción y de cohesión interna para cada una de ellas; pero podía ocurrir perfectamente que cada una de las dos Iglesias afirmara precisamente lo que afirmó la otra; el principio de distinción y de conflicto se habría mantenido igual, y lo que constituye el problema histórico es precisamente ese problema de la distinción y del conflicto, no la casual bandera de cada una de las partes.

 

La pobreza no se reduce a la miseria, la pobreza también es punible, la pobreza es oprobio, la pobreza genera sospecha.

 

Durante el siglo XIX los perdedores del capitalismo alcanzaron una comprensión lúcida de los engranajes de la explotación económica. Intuyeron que las relaciones laborales libres y no impuestas se erigían en realidad sobre una estructura de coacciones basada en la desposesión de la mayoría, en su dependencia de las élites industriales para sobrevivir.

 

Tras privar a los asalariados del control sobre los medios materiales de subsistencia, el sistema mercantil había demolido las bases antropológicas de la vida en común al llevar el regateo a todos los aspectos de la existencia humana.

 

El consumo de masas es una pálida imitación aspiracional del estilo de vida de los ricos tal y como lo imaginan para nosotros los suplementos dominicales de los diarios.

La globalización neoliberal es la historia de cómo el noventa y nueve por ciento entregamos voluntariamente el control de nuestras vidas a fanáticos con una percepción delirante de la realidad social. Dimos carteras de economía, sueldos principescos, privilegios fiscales y un alto reconocimiento social a gente cuyo lugar natural es un rancho en Waco rodeado por el FBI.

El neoliberalismo posmoderno es un lugar frío y oscuro donde ser bueno y cuidar de los demás te convierte en un fracasado. La lógica del precariado no es sólo la de la explotación y la alienación, como en el capitalismo clásico. Es la destrucción social a gran escala.

 

El mundo del trabajo está lleno de yonkis de la jerarquía. A mí me vaciaba. Me sentía como si me hubieran puesto en los ojos las pinzas aquellas de La naranja mecánica y me obligaran a observar detenida e ininterrumpidamente el desierto social en el que vivíamos.

 

El mero sentido común nos enfrenta a los dementes trajeados que desde los parlamentos y los consejos de administración tratan de arrasar nuestras vidas.

 

En 2011 en Madrid la policía tuvo que proteger el Congreso de los Diputados de hijos y madres y abuelas y nietos y hermanas y novios que aspiraban a un trabajo más o menos estable y a formar una familia. Intentar llevar una vida convencional se había convertido en un experimento contracultural. Cuidar de las personas a las que amamos, adquirir un oficio, ser respetados por nuestros iguales, aprender y crecer como ciudadanos libres, poder vivir en el barrio donde nos criamos, estudiar aquello para lo que tenemos vocación, confiar en las instituciones públicas y tener la oportunidad de participar en ellas… Nos dimos cuenta de que todo ello nos obliga a transformar de arriba abajo el mundo que conocemos.

ANEXO:
De una entrevista en CTXT.es en 2017:

Resulta difícil no sentir que hay algo monstruoso e inhumano en la sociedad en la que vives cuando no tienes tiempo para cuidar de un familiar enfermo porque tienes que dedicar tus energías a un trabajo precario absurdo y socialmente superfluo.