Aunque reconozco que el Bonald poeta me gusta mucho, pero mucho mucho, y a pesar de ese estilo “plateresco” de sus versos tan simplemente suyo y ese cultismo general que encuadra toda su obra y que te obliga a tirar de diccionario a cada paso, constantemente interpelado nuestro conocimiento de los temas que se narran, su novela Capo de agramante no me ha gustado nada: me ha parecido que la historia -y toda narración conlleva una historia en sí misma- está exenta de un conflicto real que permita al protagonista evolucionar de alguna manera. El narrador y protagonista de la historia simplemente ve pasar la vida y pasa por ella sin propósito alguno más que el mero fluir del tiempo que lo envuelve y transporta entre cosas y personas y borracheras -un poco, salvando mucho, pero mucho las distancias, a lo en busca del tiempo perdido, pero sin su fuerza descriptiva,sin enseñar las distintas máscaras de la realidad que evidencia- Y es que en Campo de Agramante no pasa nada. Es cierto que se cuenta la historia con una virtuosidad estética impecable, que las descripciones examinan perfectamente los universos que presentan: el mundo de la producción de madera y de la botánica, la construcción naútica, el pasar lento de la vida de la gente del sur… pero me resulta insuficiente para enamorarme de lo que cuenta. Para mi falla la historia: pareciera que Bonald no tenía nada que contarnos realmente.