Paul Mason aborda el presente y futuro del capitalismo desarrollando toda una teoría de lo que puede llegar a ser el final del capitalismo tal cual lo hemos entendido hasta hoy y las causas y posibles consecuencias de este apocalipsis del capital. La base de su planteamiento es la robotización, la sociendad de la información como ente capaz de colaborar en red de forma gratuita y altruista y el final de la estructura del mercado de trabajo actual.
Aunque todos sus platenamientos tienen una base de fundamentos muy clara y precisa que le otorgan mucha credibilidad en sus hipótesis de las consecuencias de la nueva revolución industrial que ya está aquí, creo que le ha faltado predecir la manera en la que el sistema capitalista gira sobre si mismo y crea nuevas formas de explotación encubierta para sobrevivir a las crisis que el mismo genera: una prueba de ello es la nueva explotación laboral en los trabajos de engañosa economía colaborativa en la que los dueños de una simple app para movil son capaces de hacer que miles de personas trabajen como falsos autónomos para ellos elundiendo con ello las cargas laborales de lo que realmente debería ser una plantilla de empleados.

Es un libro necesario para entender a dónde vamos a llegar en breve. Nos sirve para actualizar ciertos paradigmas de la lucha de clases que ya no sirven: el marxismo del siglo XIX y XX no valen tal cual se presentarón en su día para un hoy con otro muchos problemas diferentes a los de entonces: la clase obrera ya no existe como tal. La clase media tampoco. Pero la mayoría sigue teniendo que defenderse de un poder que no para de explotarlos.

Aquí todas las citas subrayadas del libro que definen un poco sus ideas:

El neoliberalismo es la doctrina que aboga por la ausencia de controles en los mercados: nos dice que la ruta óptima hacia la prosperidad pasa por que los individuos persigan su propio interés particular, y que el mercado es la única vía de expresión de ese interés propio. Nos dice también que el Estado debe ser mínimo (reducido a las brigadas antidisturbios y la policía secreta), que la especulación financiera es positiva, que la desigualdad es buena y que, en su estado natural, la humanidad no es más que un conjunto de individuos despiadados que compiten ferozmente entre sí.
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El capitalismo es un organismo: tiene un ciclo de vida, es decir, un principio, un periodo intermedio y un final.
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el proyecto de la izquierda el que se ha venido abajo. El mercado destruyó la planificación; el individualismo ocupó el lugar del colectivismo y la solidaridad; y la hoy inmensamente ampliada mano de obra mundial produce la impresión externa de un «proletariado», pero ya no piensa ni se comporta como tal.
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La principal contradicción en estos momentos es la que enfrenta la posibilidad de unos bienes y una información gratuitos y abundantes con un sistema de monopolios, bancos y Gobiernos empeñados en mantener el carácter privado, escaso y comercial de las cosas. Todo se reduce, pues, a la pugna entre la red y la jerarquía, entre viejas formas de sociedad moldeadas en el torno del capitalismo y otras nuevas que prefiguran lo que ya está viniendo a continuación.
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El neoliberalismo, desde su fe en el carácter permanente y definitivo de los mercados libres, trató de reescribir toda la historia anterior de la humanidad convirtiéndola en «lo que no funcionaba antes de que llegáramos nosotros».
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la idea básica que subyace al sistema neoliberal es una sola, y no es otra que la de que los mercados se corrigen solos. De ahí que la posibilidad de que el neoliberalismo se viniera abajo vencido por el peso de sus propias contradicciones fuera —entonces como aún sigue siéndolo hoy en día— inaceptable para una gran mayoría.
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Siete años después, el sistema ha sido estabilizado. A base de incrementar la deuda pública de muchos países hasta niveles próximos al 100% del PIB,
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Salvaron a los bancos enterrando sus deudas incobrables; algunas de ellas fueron simplemente canceladas, otras fueron asumidas por los Estados en forma de deuda soberana, otras fueron sepultadas en entidades financieras a las que los bancos centrales de sus respectivos países dieron una apariencia de seguridad jugándose su propia credibilidad en ello. A partir de ahí, valiéndose de las políticas de austeridad, aliviaron a quienes habían invertido estúpidamente el dinero de la dolorosa carga de costear todas esas medidas estabilizadoras e hicieron recaer dicha carga sobre los hombros de las personas perceptoras de ayudas sociales, los trabajadores del sector público, los pensionistas y, principalmente, sobre las generaciones futuras. Esto ha supuesto que, en los países más afectados, los sistemas de pensiones hayan quedado prácticamente destruidos, se haya retrasado la edad de jubilación (quienes hoy terminan sus estudios universitarios tendrán que jubilarse a los setenta años) y se haya privatizado la educación hasta tal punto que los graduados se verán abocados a soportar deudas por préstamos de estudios durante toda la vida,
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lo verdaderamente crucial fue el cambio que se produjo en términos humanos. El componente más fundamental del neoliberalismo —el trabajador y el consumidor individualizados que renacen convertidos en «capital humano» todas las mañanas y compiten ferozmente con otros como ellos—
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El 15 de septiembre de 2008, los Nokia y los Motorola que apuntaban hacia la sede central de Lehman Brothers, y la señal gratuita de wifi del café Starbucks de la acera de enfrente, eran a su modo igual de significativos que el banco que acababa de quebrar. Estaban transmitiendo la mayor señal de mercado que el futuro podía transmitir al presente: concretamente, que una economía de la información posiblemente no es compatible con una economía de mercado, o, cuando menos, con una economía dominada y regulada primordialmente por fuerzas de mercado. Aquí sostendré que esa es la causa fundamental del colapso, la fibrilación cardiaca y el actual estado zombi del neoliberalismo. A todo el dinero creado, y a toda la velocidad y el impulso financieros acumulados durante los últimos veinticinco años, cabe contraponer la posibilidad de que el capitalismo (un sistema basado en los mercados, la propiedad y los intercambios) no sea capaz de capturar el «valor» generado por la nueva tecnología. Por así decirlo, resulta cada vez más evidente que los bienes informacionales son esencialmente incompatibles con los mecanismos de mercado.
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Imaginemos una vía de escape para el capitalismo. Durante la próxima década, los bancos centrales abandonan la QE de forma ordenada. Se abstienen de usar el dinero impreso para cancelar las deudas de sus propios Estados; el mercado privado de bonos soberanos, asfixiado durante una década, se reactiva. Además, los Gobiernos acceden a reprimir su «finanzamanía» de una vez por todas: concretamente, se comprometen a subir los tipos de interés como respuesta a todas las burbujas futuras; y retiran la garantía implícita de que siempre vaya a haber rescates bancarios. Todos los demás mercados —el crediticio, el bursátil, el de derivados— se corregirían entonces como reacción al incremento de riesgo asociado al capitalismo financiero. De ese modo, el capital se reasignaría hacia la inversión productiva en detrimento de las finanzas especulativas. En último término, el mundo tendría que regresar a un sistema de tipos de cambio vinculados a una moneda global, una nueva moneda, gestionada por el FMI; el RMB chino se convertiría en una moneda de reserva perfectamente convertible y comercializable, como el dólar. Eso desactivaría la amenaza sistémica planteada por el dinero fiduciario, que no es otra que la falta de credibilidad que se deriva del peligro de que la globalización termine por desintegrarse algún día. Pero el precio de todo ello sería el fin permanente de los actuales desequilibrios globales: las monedas de países con superávit se encarecerían, y China, India y el resto tendrían que renunciar a la ventaja en forma de mano de obra barata de la que disponen actualmente. Al mismo tiempo, la financiarización tendría que remitir. Sería necesario desplazar poder político desde la banca y los políticos que la apoyan hacia políticas que favorezcan la relocalización de la industria y los servicios en Occidente a fin de crear empleo de alta remuneración en todo el mundo desarrollado. De resultas de ello, la complejidad financiera disminuiría, los salarios subirían y la participación del sector financiero en el PIB se reduciría, como también descendería nuestra dependencia del crédito.
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Según Marx, una economía de mercado hecha y derecha acarrea una inestabilidad inherente, pues da pie a que, por primera vez en la historia, existan crisis en medio de la abundancia, a que se fabriquen cosas que no pueden comprarse ni usarse: una situación que habría sido inimaginable por absurda en tiempos del feudalismo o del mundo antiguo.
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95 | Pos. 1449-52 | Añadido el miércoles 25 de enero de 2017 01H36′ GMT+01:05

El valor real de las cosas viene dictado por la cantidad de trabajo, maquinaria y materias primas usada para hacerlas —medida en todos los casos en términos de valor-trabajo—, pero eso es algo imposible de calcular por adelantado. Tampoco podemos verlo, pues las leyes de la economía funcionan «a espaldas» de todos los agentes implicados.
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fuente última de las ganancias es el trabajo y, en concreto, el valor extra obtenido coactivamente de los empleados debido a las relaciones desiguales de poder imperantes en el lugar de trabajo.
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Pero existe una tendencia innata del propio sistema a reemplazar mano de obra por maquinaria, una tendencia impulsada por la necesidad de incrementar la productividad. Puesto que el trabajo es la fuente última de la rentabilidad, esta dinámica tenderá a su vez —a medida que la mecanización alcance al conjunto de la economía— a reducir la tasa de ganancia. En una compañía, en un sector o en una economía entera donde una proporción creciente de capital se invierte en maquinaria, materias primas y otros insumos no laborales, se reduce el alcance del factor trabajo para generar rentabilidad. Marx dijo que esta era «la ley más fundamental del capitalismo».
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Marx vio en el auge de las finanzas una «contratendencia» más estratégica, pues no dejaba de ser un fenómeno por el que una proporción sensible de inversores comienza a aceptar intereses como retribución normal por la posesión de grandes sumas de dinero, en vez de los beneficios empresariales directos que se derivan del establecimiento de una empresa y de la gestión de esta. Seguirá habiendo emprendedores que asuman riesgos más elevados —como sucede hoy en día con los fondos de capital privado o de alto riesgo—, pero una parte cada vez mayor del sistema se irá orientando a subsistir con inversiones de bajo riesgo y baja remuneración a través del sistema financiero, un sistema que, según Marx, permite que el capitalismo continúe funcionando aún después de que sus tasas de rentabilidad hayan descendido. Debemos dejar esto muy claro: Marx entendía que estas contratendencias actúan constantemente. No hay crisis propiamente dicha hasta que se agotan o se colapsan[74], o lo que es lo mismo, hasta que se acaba la mano de obra barata, o ya no aparecen nuevos mercados, o el sistema financiero ya no puede dar cabida segura a todo el capital que los inversores —que tienen aversión al riesgo— han intentado almacenar en él.
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«La competencia significa la guerra de la industria —escribió James Logan, mandamás de la US Envelope Company, en 1901—. La competencia sin conocimiento de causa y sin restricciones, llevada hasta sus últimas consecuencias lógicas, conlleva la muerte de algunos de los combatientes y lesiones para todos[79].» En aquel entonces, su empresa disfrutaba de un dominio casi total del mercado estadounidense en su sector.
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La competencia, según decían los magnates de las grandes empresas de entonces, llevaba el caos a la producción y deprimía los precios hasta tal punto que no resultaba rentable desplegar nuevas tecnologías. Así que se buscaron soluciones en tres niveles: la formación de monopolios, la fijación de precios y la protección de mercados. Los medios aplicados para conseguir tales fines fueron: a) las fusiones empresariales, fomentadas por la nueva (y muy agresiva) banca de inversiones; b) la creación de cárteles y «sociedades» para fijar precios; c) la imposición por parte del Estado de restricciones a la importación de bienes.
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un sistema donde no eran la oferta y la demanda las que determinaban los precios, sino los grandes millonarios de la época.
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las finanzas apostaron por el control de la industria, labrándose posiciones monopolísticas allí donde les fue posible y reprimiendo las fuerzas del mercado. Y el Estado actuó como su aliado directo durante todo ese proyecto.
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durante los años de lo que podríamos llamar la Belle Époque (o la Era Progresista en Estados Unidos) —que fue un momento de rápido crecimiento, liberalización y gran entusiasmo cultural—, el mundo prosperó, no por obra y gracia del mercado, sino mediante la represión controlada del mismo. En aquel entonces, esto no representó motivo de confusión alguno para los conservadores. A quienes sí confundió, sin embargo, fue a los marxistas.
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Los obreros izquierdistas podían creer racionalmente aún que ese mundo de compañías aéreas, siderúrgicas y automovilísticas de propiedad estatal era la fase dos de la siguiente progresión: mercados libres ⇒ monopolio ⇒ socialismo. Esa fue la idea que murió tras 1989, con la caída del bloque soviético, el auge de la globalización y la creación de la economía fragmentaria, privatizada y altamente expuesta a las fuerzas de mercado que vemos hoy a nuestro alrededor.
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Rosa Luxemburgo mantiene aún mucha de su vigencia de antaño porque logró detectar un aspecto crucial para nuestro debate actual sobre el postcapitalismo: me refiero a la importancia del «mundo exterior» para aquellos sistemas que se caracterizan por su eficacia adaptativa. Si pasamos por alto la obsesión de la autora por las colonias y el gasto militar y nos limitamos a afirmar (como ella) que «el capitalismo es un sistema abierto», podremos reconocer con más facilidad la naturaleza adaptativa de este que aquellos otros pensadores que siguieron a Marx tratando de elaborar un modelo del mismo como si se tratara de un sistema cerrado. La parte de las ideas de Luxemburgo que irritaba especialmente a los profesores socialistas era precisamente la tesis de que, a lo largo de toda su historia y como parte de su esencia misma, el capitalismo ha estado obligado a interactuar con un mundo exterior que no es capitalista. Y que, en cuanto logra transformar la parte más inmediata de ese mundo exterior —aniquilando sociedades indígenas, echando a los campesinos de sus antiguas tierras, etcétera—, tiene que encontrar nuevos lugares en los que repetir ese proceso. Pero Rosa Luxemburgo se equivocó circunscribiendo ese fenómeno a la mera posesión de colonias. Es igualmente posible crear nuevos mercados sin salir de la metrópoli, no solo aumentando el poder adquisitivo de los trabajadores, sino también transformando actividades que estaban fuera del alcance de las fuerzas de mercado para que pasen a estar sometidas a estas. Y es curioso que Luxemburgo no se percatara de esto, pues esa era una transformación que, en aquel mismo momento, estaba ya teniendo lugar por doquier a su alrededor. Mientras escribía su libro, salieron los primeros automóviles de la cadena de montaje de Ford en Highland Park, Detroit. También por entonces, la compañía Victor Gramophone vendía 250 000 aparatos al año en Estados Unidos. De hecho, cuando empezó a escribir La acumulación de capital, allá por 1911, Berlín contaba solamente con un local dedicado exclusivamente a la exhibición de películas; en 1915, había ya 168 cines en la ciudad[92]. La espectacular fase ascendente de la tercera onda larga (1896-1945) se manifestaba, sobre todo, en forma de expansión de un nuevo mercado de consumo para la clase media-baja y para los obreros cualificados. El ocio, la actividad no mercantil por excelencia durante el siglo XIX, se estaba mercantilizando a pasos agigantados.
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¿qué sucede si no puede crear mercados nuevos dentro de la economía existente? Como veremos, este es justamente el problema que la tecnología de la información representa para el capitalismo hoy en día.
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El panfleto de Bujarin, escrito en 1915 en una biblioteca de Nueva York que no cerraba por las noches, fue más allá aún. Su autor afirmó que, puesto que los Estados-nación se habían terminado alineando con los intereses de sus compañías industriales dominantes, la única forma de competencia que les quedaba era la guerra
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¿y si el capitalismo sí encuentra tarde o temprano un modo de remediar el bajo poder adquisitivo de las masas?
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El comienzo de una onda suele venir precedido de una acumulación de capital en el sistema financiero, la cual estimula la búsqueda de nuevos mercados y activa el despliegue de cúmulos de nuevas tecnologías. La oleada inicial desencadena guerras y revoluciones, tras las que el mercado mundial termina estabilizándose en torno a un nuevo conjunto de reglas u órdenes.
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En cuanto ese nuevo conjunto de tecnologías, modelos de negocio y estructuras de mercado comienza a funcionar de manera sinérgica —y se hace obvio el afianzamiento de un nuevo «paradigma tecnológico»—, el capital afluye al sector productivo y propicia así una nueva época dorada de crecimiento superior a la media con muy escasas recesiones.
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Durante todo el ciclo, la tendencia a sustituir mano de obra por maquinaria perdura. Pero durante la fase ascendente del mismo, toda caída en la tasa de ganancias es contrarrestada por la expansión de la escala de la producción, por lo que la rentabilidad total aumenta. En cada uno de los ciclos ascendentes, la economía no tiene problemas en incorporar nuevos trabajadores a la población ocupada, aun a pesar de que la productividad aumente.
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Cuando esa era de bonanza se estanca, suele deberse a que la euforia ha derivado en una inversión excesiva en ciertos sectores, o en inflación, o en una guerra potenciada por la arrogancia de las potencias dominantes.
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Es entonces cuando se inicia la primera adaptación: se lanza una ofensiva contra los salarios y se intenta reducir la cualificación de la fuerza de trabajo necesaria. La continuidad de los proyectos de redistribución (ya sea el Estado del bienestar, ya sea la provisión pública de infraestructuras urbanas) pasa a estar sometida a fuertes presiones adversas.
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Si el intento inicial de adaptación fracasa (como ocurrió en las décadas de 1830, 1870 y 1920), el capital se retira del sector productivo y se refugia en las finanzas, de manera que las crisis pasan a ser de índole explícitamente financiera. Caen los precios. Al pánico le sigue la depresión. Comienza entonces una búsqueda de nuevas tecnologías, modelos de negocio y nuevas fuentes de dinero más radicales.
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Si la clase obrera es capaz de resistir los recortes salariales y los ataques al sistema de protecciones sociales, los innovadores entonces se ven obligados a buscar nuevas tecnologías y modelos de negocio que puedan restablecer el dinamismo sobre la base de unos sueldos más elevados; es decir, a través de la innovación y del aumento de la productividad, y no de la explotación. En general, en el caso de los tres primeros ciclos largos, la resistencia de la clase trabajadora sí obligó al capitalismo a reinventarse sobre la base de los niveles de consumo existentes, cuando no superiores (aunque el reverso de esa moneda fuese que las potencias imperiales se dedicasen entonces a buscar formas cada vez más brutales de extraer ganancias de la periferia global).
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Los ciclos largos no son producto simplemente de la suma de la tecnología y la economía; el tercer factor crucial que los impulsa es la lucha de clases. Y es en ese contexto donde la teoría original de las crisis formulada por Marx nos proporciona una herramienta mejor para entender el desarrollo y las implicaciones de estas que la teoría del «agotamiento de la inversión» de Kondratiev.
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Podemos dar por supuesto que tanto la tasa decreciente de ganancia como las tendencias compensatorias que la contrarrestan están vigentes durante todo el periodo de cincuenta años que dura un ciclo largo. Los colapsos tienen lugar cuando esas «contratendencias» se agotan.
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cada onda genera durante la fase ascendente una solución específica y concreta para la caída de las tasas de ganancia —un conjunto de modelos de negocio, cualificaciones y tecnologías—, y que la fase descendente comienza cuando esa solución se agota o se deteriora.
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Por decirlo en términos muy simples: los ciclos de cincuenta años son el ritmo a largo plazo del sistema de ganancias y rentabilidades.
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Una coyuntura que permite la rápida sustitución de mano de obra por maquinaria es viable por un tiempo, durante el que genera beneficios cada vez mayores. Pero la situación termina por deteriorarse y colapsarse. Esa es mi explicación alternativa a la tesis del «agotamiento de la inversión» postulada por
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A medida que el capital fluye huyendo del sector productivo con problemas y buscando refugio en las finanzas, desestabiliza el sector financiero en general,
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El patrón de las ondas largas ha sido alterado. El cuarto ciclo largo fue prolongado, distorsionado y, en último término, roto por factores que no habían sucedido antes en la historia del capitalismo: la derrota y la rendición moral del movimiento obrero organizado, el ascenso de la tecnología de la información y el hecho de que una superpotencia sin rival pueda seguir creando dinero de la nada durante mucho
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Tras 1979, el fracaso de la resistencia obrera permitió a ciertos países capitalistas clave buscar una solución a la crisis a base de reducir los salarios y de optar por modelos de producción de bajo valor añadido. Ese es el hecho fundamental, la clave para entender todo lo que ha sucedido después. La derrota del movimiento obrero organizado no posibilitó —como creían los neoliberales— un «nuevo tipo de capitalismo»: solo sirvió para que se prolongase la cuarta onda larga, sostenida sobre el estancamiento de los salarios y la atomización. En lugar de innovar para salir de la crisis recurriendo a la tecnología, como hizo —forzado por la resistencia de entonces— durante la fase final de los tres ciclos previos, el «1%» se limitó simplemente a imponer miseria y atomización a la clase obrera.
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En resumen, la gráfica muestra los límites de lo que se puede conseguir deslocalizando la producción. Esa creciente cuña de trabajadores que cobran hasta 13 dólares diarios está abriéndose paso a empujones hacia el intervalo de rentas de los trabajadores estadounidenses más pobres. Eso significa que los tiempos de ganancias fáciles para las empresas que externalizaban su producción en otros países están tocando a su fin.
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La diferencia crítica en esta última onda larga fue la siguiente: en los tres ciclos previos, los trabajadores lograron oponer resistencia a la vía más barata y cruel para solucionar la crisis (la de los recortes salariales, el aumento de la proporción de empleos de baja cualificación y la reducción de las prestaciones sociales), pero, en la cuarta onda, sin embargo, y por razones que estudiaremos más a fondo en el capítulo 7, esa resistencia obrera no fue tal.
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Pero todo esto tiene muy poco de orden social y mucho de desorden. Es lo que cabe esperar de combinar un desplazamiento de la actividad desde la producción hacia las finanzas (como la que Kondratiev hubiese predicho) con la derrota y la atomización de la fuerza de trabajo y la existencia de una élite de superricos que viven de las ganancias financieras.
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El gran avance tecnológico de comienzos del siglo XXI consiste, no en la aparición de nuevos objetos, sino en la conversión de otros ya existentes en objetos inteligentes. El contenido en conocimiento de los productos se está convirtiendo en algo más valioso que los elementos físicos utilizados para producirlos.
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Existe un conjunto creciente de pruebas que atestiguan que la tecnología de la información, lejos de crear una forma nueva y estable de capitalismo, está disolviendo el sistema capitalista en general, porque corroe los mecanismos de mercado, socava los derechos de propiedad y destruye la tradicional relación entre salarios, trabajo y ganancias.
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La información —según Romer— es como un modelo o una receta para hacer algo en el mundo físico o en el digital. De ahí cabía extraer lo que él consideraba que era una nueva premisa fundamental: «Que las instrucciones para trabajar con materias primas son inherentemente diferentes de cualquier otro bien económico[166]». Un producto informacional es distinto de cualquier mercancía física hasta hoy producida.
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Desde el momento en que podemos cortar y pegar algo, es posible reproducirlo gratis indefinidamente. Tiene lo que en el argot económico se conoce como un «coste marginal cero».
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Si a alguno de ustedes le interesa ser «propietario» de un pedazo de información determinado (ya sea usted el líder de un grupo de rock, ya sea usted un fabricante de motores para la aviación), va a tener que enfrentarse con un importante problema, y es que esa información no se degrada con el uso, y el hecho de que una persona la consuma no impide que otra lo haga también. Los economistas denominan ese fenómeno «no rivalidad».
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En el caso de los bienes físicos puros, el consumo que de ellos hace una persona bloquea generalmente la posibilidad de consumo de otra: es mi cigarrillo (no el tuyo), mi coche de alquiler, mi capuchino, mi media hora de psicoterapia. No los tuyos. Pero en el caso de una pista de MP3, la información es la mercancía. Es técnicamente posible que exista en múltiples formatos físicos
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La existencia de una oferta y una demanda presupone una escasez. Ahora, sin embargo, ciertos bienes no son escasos, sino eternamente abundantes, por lo que oferta y demanda pasan a ser irrelevantes.
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Solo la legislación sobre propiedad intelectual y un pequeño fragmento de código en la pista de iTunes correspondiente impiden que todos los habitantes de la Tierra posean hasta la última pieza de música jamás grabada. A decir verdad, la misión empresarial de Apple, en esencia, es impedir que la música sea un bien abundante.
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La tierra, el trabajo y el capital dejaron de ser las categorías fundamentales del análisis económico que habían sido durante doscientos años. Los elementos de esa clasificación elemental pasaron a ser las personas, las ideas y las cosas […], y el conocido principio de la escasez se vio complementado de pronto por el también importante principio de la abundancia
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En definitiva, pues, la tecnología de la información está corroyendo el funcionamiento normal del mecanismo de formación de precios, lo cual tiene una serie de implicaciones revolucionarias en todos los ámbitos,
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la infotecnología hace posible una economía no mercantil y que crea un grupo demográfico preparado para satisfacer su interés propio por medio de acciones desligadas del mercado.
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Si hay algo que merece una recompensa, es la contribución social. La creatividad puede ser una contribución social, pero solo en la medida en que la sociedad sea libre de aprovechar los resultados. […] Extraer dinero de los usuarios de un programa limitando su uso es destructivo porque las restricciones reducen la cantidad y las formas en que el programa puede ser utilizado. Esto reduce la cantidad de beneficios que la humanidad obtiene del programa[172]. Quien así se expresó fue Richard Stallman en «El manifiesto de GNU», documento fundacional del movimiento del software libre, en 1985.
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Según la teoría económica convencional, una persona como Richard Stallman no debería existir: no está persiguiendo su propio interés, sino que lo está inhibiendo en beneficio de un interés colectivo que no es solamente económico, sino también moral.
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él, el auge de los dispositivos físicos de alta potencia computacional a precios económicos y el de las redes de comunicaciones había puesto en manos de muchas personas los medios precisos para la producción de bienes intelectuales. Las personas pueden hoy escribir blogs, pueden realizar películas y distribuirlas, pueden autopublicarse libros electrónicos, etcétera. Y en algunos casos, lo hacen para públicos de un millón o más de seguidores que se forman antes incluso de que las productoras y las editoriales tradicionales sepan siquiera de la existencia de esos autores: «El resultado es que muchas más de las cosas que los seres humanos valoran y aprecian pueden ser hechas hoy por individuos en interacción social mutua, como seres humanos y como seres sociales, en vez de como actores de un mercado relacionados entre sí por el sistema de precios[185]».
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la red hace posible organizar la producción de un modo descentralizado y colaborativo, sin recurrir ni al mercado ni a la jerarquía de los órganos de dirección.
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Nada ha cambiado en la condición humana. Lo único que sucede es que nuestro humano deseo de hacer amigos y construir relaciones basadas en la confianza y las obligaciones mutuas que satisfagan unas necesidades emocionales y psicológicas se ha extendido también a la vida económica. En el momento mismo de la historia en que la tecnología permitió producir cosas sin la intervención del mercado o de la empresa, un número significativo de personas comenzó a producirlas.
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la tecnología barata y las formas modulares de producción nos han impulsado hacia las actuales modalidades de trabajo colaborativo no mercantil. No es una moda pasajera, afirma él, sino «un patrón sostenible de producción humana».
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La infotecnología expulsa la mano de obra del proceso de producción, reduce el precio de mercado de las mercancías, destruye algunos modelos de rentabilidad y produce una generación de consumidores psicológicamente acostumbrados a la gratuidad de las cosas.
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según argumentó Marx, el capitalismo impulsado por el conocimiento no puede sostener un mecanismo de formación de precios en el que el valor de algo viene dictado por el valor de los insumos necesarios para producirlo. Es imposible valorar adecuadamente unos insumos cuando estos tienen forma de conocimiento social. La producción impulsada por el conocimiento tiende a la creación ilimitada de riqueza, con independencia de la mano de obra empleada en ella. Sin embargo, el sistema capitalista normal se basa en unos precios determinados por el coste de los insumos y parte del principio de que de todos los insumos hay unas existencias limitadas.
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el capitalismo se hunde porque no puede coexistir con el saber compartido. La lucha de clases se convierte en la lucha por mantenernos humanos y cultos durante nuestro tiempo libre.
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sostiene que la producción entre iguales y el capitalismo son dos sistemas diferentes; actualmente, coexisten e incluso se alimentan cada uno de la energía del otro, pero, en último término, la producción entre iguales reducirá el sector capitalista de la economía a unos pocos nichos.
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La revolución producida desde mediados de la década de 1990 en nuestro modo de procesar, almacenar y comunicar información ha creado los rudimentos de una economía en red, una economía que ha comenzado a corroer las relaciones de propiedad tradicionales del capitalismo en los sentidos siguientes. • Corroe el mecanismo de formación de precios de los bienes digitales, según se entiende tal mecanismo en la teoría económica convencional, porque impulsa a la baja el coste de reproducción de los bienes informacionales hasta aproximarlo (o igualarlo) a cero.
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Añade un elevado contenido en información a los bienes físicos, succionándolos así hacia el mismo vórtice de precio cero hacia el que se ven arrastrados los bienes informacionales puros
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Lleva camino de revolucionar la productividad de las cosas físicas, los procesos y las redes energéticas a medida que las conexiones de máquina a máquina por internet comiencen a superar en número a los enlaces de persona a persona.
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Ante el hecho de que la información corroe el valor, las empresas responden con tres tipos de estrategia de supervivencia: la creación de monopolios sobre esa información y la defensa enérgica de la propiedad intelectual; el enfoque consistente en «patinar hasta el filo del caos», tratando de sobrevivir en ese diferencial que queda entre la oferta en expansión y la caída de los precios; y el intento de capturar y explotar una información producida socialmente, ya sea obteniendo datos cedidos por sus consumidores, ya sea imponiendo contratos a sus programadores que estipulan que la empresa es dueña del código
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también somos testigos del auge de la producción no mercantil: redes horizontalmente distribuidas de producción entre iguales que no están administradas desde un centro y que producen bienes que son completamente gratuitos, o que —por ser de código abierto— tienen un valor comercial muy limitado. El material gratuito producido entre iguales expulsa otras mercancías producidas comercialmente.
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La proliferación de estas actividades económicas no mercantiles está posibilitando el surgimiento de una sociedad cooperativa y socialmente justa.
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la teoría clásica del valor-trabajo: nos dice que el trabajo requerido para hacer algo determina cuánto vale ese algo.
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La magia de la maquinaria radicaba más bien en su capacidad para incrementar la productividad[214]. Si se puede usar menos trabajo para fabricar algo, ese algo será presumiblemente más barato y más rentable.
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David Ricardo, el economista más influyente de las primeras décadas del siglo XIX, creó un modelo más elaborado que publicó en 1817. Con él fijó la teoría del valor-trabajo tan firmemente en la mentalidad popular como actualmente lo está la ley de la oferta y la demanda.
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Tras Ricardo, la teoría del valor-trabajo se convirtió en la idea señera del capitalismo industrial. Se usó para justificar las ganancias, que recompensaban el trabajo del propietario de la fábrica; se usó para atacar a la aristocracia terrateniente, que no vivía del trabajo, sino de las rentas; y se usó para negarse a atender las demandas obreras de jornadas laborales más cortas y de reconocimiento del derecho de sindicación, pues se entendía que tales medidas dispararían el precio del trabajo hasta niveles «artificiales», es decir, por encima del mínimo imprescindible necesario para que una familia obrera pueda alimentarse, vestirse y alojarse en una vivienda.
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Los intelectuales obreros de la década de 1820 se dieron cuenta de las revolucionarias implicaciones de la teoría del valor-trabajo: si la fuente de toda la riqueza es el trabajo, entonces es legítimo preguntarse cómo debería repartirse esa riqueza. Del mismo modo que esa teoría pone de manifiesto que una aristocracia rentista es parasitaria de la economía productiva, también podría entenderse que coloca en parecida situación a los capitalistas, parásitos a su vez de la mano de obra de otros.
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Suele afirmarse que Marx se basó en las teorías de Smith y Ricardo. En realidad, las demolió.
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Afirmó —mucho antes de que los economistas convencionales lo hicieran en la década de 1870— que la versión ricardiana de la teoría del valor-trabajo era un desastre y que había que reescribirla desde cero. Sin embargo, Marx reconoció que, de la teoría del valor-trabajo, y pese a sus muchos defectos, podía rescatarse una posible explicación del funcionamiento del capitalismo y de por qué podría este dejar de funcionar algún día. La versión marxiana de esa teoría es coherente y ha resistido la prueba del paso del tiempo.
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Pero ¿qué determina el valor del trabajo? La respuesta, congruente con el resto del argumento, es: el trabajo de otras personas, es decir, la cantidad media de esfuerzo de mano de obra que se necesita para que el trabajador pueda presentarse en la fábrica preparado para trabajar.
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De media, el salario mensual de un trabajador reflejará la cantidad de trabajo de otros necesaria para producir el consumo de comida, energía, ropa, etcétera, que realiza ese trabajador. Ahora bien, su empleador obtiene algo más.
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Si el coste de que Nazma entre a trabajar en la fábrica seis días a la semana es de treinta horas de trabajo de otras personas repartidas entre el conjunto de la sociedad (es decir, las horas que se precisan para producir la comida, la ropa, la energía, la atención infantil, la vivienda, etcétera, de las que ella debe disponer para poder acudir a su trabajo cada día), y ella trabaja luego sesenta horas a la semana, su mano de obra está proporcionando el doble de producto por unidad de insumo. Toda esa mejora va a parar a su empleador. De una transacción totalmente equitativa resulta una situación que no lo es. Eso es lo que Marx llamó «plusvalía»
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Pero ¿por qué, si el valor semanal real de mi trabajo es de treinta horas del trabajo de otras personas, voy yo a trabajar sesenta horas? La respuesta es que el mercado laboral nunca es libre. Fue creado a partir de la coacción y es recreado a diario por medio de leyes, regulaciones, prohibiciones, multas y el miedo al desempleo.
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Trabajar por un salario es la base del sistema. Lo aceptamos porque, como bien aprendieron nuestros antepasados por las malas, si no obedecemos, no comemos.
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la teoría del valor-trabajo describe tanto un proceso cíclico regular como otro que conduce a un colapso final a largo plazo.
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Según la teoría del valor-trabajo, hay dos tipos de mejoras de productividad posibles. En primer lugar, los trabajadores pueden volverse más cualificados.
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El trabajo del operario experimentado es más valioso porque, o bien fabrica algo corriente de un modo más rápido y con menos defectos, o bien fabrica algo extraordinario que el operario no tan experimentado no podría hacer. Pero el coste de formar a unos trabajadores para que sean más cualificados suele ser proporcionalmente más alto: la mano de obra de estos vale más porque se necesitó más trabajo para producirla y mantenerla.
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El segundo tipo de mejora de la productividad es el impulsado por la introducción de nueva maquinaria, o por una reorganización del proceso productivo, o por algún invento nuevo. Este es el caso más común y Marx lo trató del modo siguiente. Una hora de trabajo siempre añade una hora de valor a los productos fabricados. Así que el efecto de aumentar la productividad consiste en reducir la cantidad de valor representada por cada producto.
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Si nuestra factoría es la primera en introducir el cambio, las prendas que producimos van a parar a un mercado en el que el tiempo socialmente necesario para fabricarlas sigue siendo de veinte mil horas. Ese es el precio que deberíamos recibir por ellas en el mercado, pero nosotros solo hemos necesitado quince mil horas para producirlas. Por lo tanto, nuestra fábrica cosecha los beneficios de esa mejora en productividad en forma de incremento de las ganancias.
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Expulsamos a seres humanos del proceso de producción y, a corto plazo (a nivel de empresa o de sector), aumentamos las ganancias. Pero como el trabajo es la única fuente del valor adicional, en cuanto una innovación se haya desplegado en todo un sector, y se haya instaurado ya un nuevo promedio social (más bajo), habrá menos mano de obra y más máquina; la parte de toda la actividad productiva que genera el valor añadido se habrá reducido; y si esa dinámica no se frena, presionará a la baja la tasa de beneficios del sector.
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la llamada teoría de la utilidad marginal, según la cual nada tiene un valor intrínseco más allá de lo que un comprador esté dispuesto a pagar por ello en un momento dado. Léon Walras, uno de los fundadores del marginalismo, lo recalcaba así: «Los precios de venta de los productos se determinan en el mercado […] en virtud de su utilidad y su cantidad.
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La economía académica de manual está erigida actualmente sobre los descubrimientos del marginalismo. Pero en su afán por priorizar las matemáticas sobre la «economía política», los marginalistas crearon una disciplina que ignoró el proceso de producción, redujo la psicología de la compra y la venta a un balance bidimensional entre placer y dolor, no halló papel especial alguno para el trabajo[232], descontó la posibilidad de que las leyes económicas actuaran a un nivel profundo e inobservable (independiente de la voluntad racional de los seres humanos), y redujo todos los agentes económicos a la condición de comerciantes (compradores y vendedores), abstraídos de toda condición de clase social y de todas las demás relaciones de poder.
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El marginalismo surgió y triunfó porque tanto los directivos de empresa como los dirigentes políticos necesitaban un tipo de economía que fuera menos restringida que la contabilidad, pero más que una teoría de la historia; una ciencia económica que describiera detalladamente el funcionamiento del sistema de formación de los precios, pero sin interesarse en ningún caso por las dinámicas de clase ni por la justicia social.
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El auge de los bienes informacionales pone en entredicho los cimientos mismos del marginalismo porque el supuesto básico de partida de este era la escasez y, sin embargo, la información es abundante. Walras, por ejemplo, fue categórico al respecto: «No hay productos que puedan multiplicarse sin límite. Todo lo que forma parte de la riqueza social […] existe únicamente en cantidades limitadas
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¿Qué ocurre si insertamos parte de esta maquinaria gratuita en la teoría del valor-trabajo? Marx, sorpréndanse ustedes, ya había reflexionado a fondo sobre esta posibilidad.
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El ejemplo aquí ya analizado que Marx utiliza en los Grundrisse lo pone de manifiesto con toda claridad: una máquina que dure para siempre, o que pueda fabricarse sin trabajo, no puede añadir horas de trabajo al valor de los productos que fabrique. Si una máquina dura eternamente, transfiere de aquí a la eternidad una cantidad de valor-trabajo al producto que equivale prácticamente a cero, por lo que el valor de cada producto se ve correspondientemente reducido[243].
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solo la teoría del valor-trabajo nos permite construir modelos donde se observen efectos de coste cero descendiendo en cascada desde la información hacia el terreno de las máquinas y los productos, y de ahí hacia el de los costes laborales.
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el verdadero peligro inherente a la robotización es un peligro mayor incluso que el desempleo masivo, porque es el agotamiento de la tendencia del capitalismo durante doscientos cincuenta años a crear nuevos mercados cuando los antiguos se agotan.
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Una economía basada en la información, por su tendencia misma a los productos de coste cero y a la debilidad de los derechos de propiedad, no puede ser una economía capitalista.
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un mundo de máquinas gratuitas, de bienes básicos a precio cero y de niveles mínimos de tiempo de trabajo necesario.
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la tecnología de la información expulsa el factor trabajo del proceso de producción, destruye los mecanismos de formación de precios y favorece formas de intercambio no mercantiles. Y, en último término, desgastará por completo el vínculo entre trabajo y valor.
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Cuando entendemos lo que le ha sucedido realmente al trabajo durante los cuatro ciclos largos del capitalismo industrial, resulta evidente la significación de su transformación en el que debería ser el quinto ciclo. La infotecnología posibilita la abolición del trabajo. Lo único que impide que esta se haga realidad es esa estructura social a la que llamamos capitalismo.
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Cuando entendemos lo que le ha sucedido realmente al trabajo durante los cuatro ciclos largos del capitalismo industrial, resulta evidente la significación de su transformación en el que debería ser el quinto ciclo. La infotecnología posibilita la abolición del trabajo. Lo único que impide que esta se haga realidad es esa estructura social a la que llamamos capitalismo.
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En el mundo desarrollado, el modelo «centro-periferia» ideado inicialmente en Japón se ha convertido en la norma y ha reemplazado a la división entre obreros cualificados y no cualificados como la principal línea de separación entre sectores de la propia clase obrera. El «centro» de la fuerza de trabajo actual lo componen trabajadores que han conseguido aferrarse a empleos estables y fijos (algunos con seguro médico y otras ventajas extrasalariales incluidas). La periferia que se relaciona con ese centro gravitacional es la que forman los trabajadores reclutados a través de agencias de empleo temporal, o los que trabajan para empresas subcontratadas. Pero el «centro» se encoge a cada día que pasa. Tras siete años de crisis post-2008, obtener un contrato de empleo fijo con un sueldo digno se ha convertido en un privilegio inalcanzable para muchas personas. El «precariado» es una realidad vigente que engloba ya a una cuarta parte de la población.
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el profesor de la LSE Richard Sennett comenzó a estudiar hace pocos años las novedosas características de una fuerza de trabajo de alta tecnología[307]. Según Sennett, el hecho de que el trabajo recompense una cierta actitud de desapego y una conformidad superficial, y valore la adaptabilidad más que la cualificación, y la capacidad de relacionarse en red más que la lealtad, propicia la aparición y propagación de un nuevo tipo de trabajador: alguien centrado en el corto plazo, tanto en lo laboral como en la vida en general, y carente de una actitud de compromiso con las jerarquías y las estructuras, tanto en el trabajo como en la dimensión del activismo.
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El centro de gravedad de la producción capitalista ya no reside en la fábrica, sino que se ha visto arrastrado fuera de sus muros. La sociedad se ha convertido en una fábrica […]. Con este desplazamiento también cambia el principal compromiso entre capitalista y obrero […]. La explotación se basa hoy principalmente, no en el intercambio (igual o desigual), sino en la deuda[309].
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en los últimos veinte años, e igual que propició la aparición del proletariado fabril en el siglo XIX, el capitalismo ha formado de la nada una nueva fuerza social que terminará cavando la tumba del propio sistema capitalista. Me refiero a los individuos conectados en red: esos que han acampado en grandes plazas urbanas, que han bloqueado accesos a los yacimientos de fracking, que han realizado actuaciones de punk rock en los tejados de catedrales rusas, que han alzado latas de cerveza desafiando al islamismo sobre la hierba del parque Gezi, que han sacado a un millón de personas a las calles de Río y São Paulo, y que ahora organizan huelgas masivas en toda la China meridional. Son la clase obrera «sublimada», es decir, mejorada y reemplazada. Tal vez estén tan perdidos en cuanto a la estrategia que deben seguir como lo estaban los obreros de los primeros años del siglo XIX, pero ya han dejado de ser esclavos del sistema. De hecho, están sumamente insatisfechos con él. Forman un grupo cuyos intereses diversos convergen en torno a la necesidad de hacer realidad el postcapitalismo, de conseguir que la revolución infotecnológica cree un nuevo tipo de economía donde se produzca gratuitamente lo máximo posible destinándolo a un uso colaborativo común, a fin de invertir la tendencia a la desigualdad creciente.
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Y sin embargo, como Mises ya había señalado, si la teoría del valor-trabajo es correcta, deja de haber un «problema» del cálculo. Un sistema basado en valores-trabajo permitiría aprehender las dificultades relacionadas con la asignación de bienes, la decisión de prioridades y la incentivación de las personas innovadoras, porque todo podría medirse entonces conforme a un mismo patrón. El socialismo sería posible, según admitía el propio Mises, pero solo si existiera una «unidad de valor reconocible que permitiera el cálculo económico en una economía donde ni el dinero ni el intercambio estuvieran presentes. Y solo el trabajo podría ser concebido como algo así
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Aun así, Mises descartaba la teoría del valor-trabajo por las razones convencionalmente aceptadas en la Viena de los años veinte del siglo pasado y que se resumen en la incapacidad de dicha teoría para medir diferentes niveles de cualificación y para aplicar un valor de mercado a los recursos naturales. Esas dos críticas son fácilmente refutables, pues constituyen, de hecho, interpretaciones erróneas de la teoría de Marx. Este explicó claramente cómo puede medirse el trabajo altamente cualificado concibiéndolo en forma de múltiples capas de trabajo de menor cualificación, y cómo el valor-trabajo integrado en las materias primas no era otro que el del esfuerzo de extraerlas y transportarlas.
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«llegará un momento en el que habrá una relativa abundancia en comparación con la escasez que ha servido de motor para todos los modelos económicos previos»,
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Lo que actualmente está corroyendo al capitalismo —aunque la economía convencional apenas haya teorizado sobre el tema— es la información. El equivalente contemporáneo de la imprenta y del método científico de siglos atrás es la tecnología de la información y su efecto indirecto sobre todas las demás formas de tecnología, desde la genética hasta la sanitaria, pasando por la agrícola o la cinematográfica.
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Hablamos de la ascensión de la producción no mercantil, de la información imposible de convertir en propiedad privada de nadie, de las redes de iguales y de las empresas no administradas por una dirección central.
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Cuando entendemos la transición de ese modo, lo que necesitamos para guiarla no es un plan quinquenal controlado por un superordenador; lo que necesitamos es un proyecto gradual, iterativo, modular. El objeto de este debería ser el expandir aquellas tecnologías, modelos de negocio y conductas que disuelven las fuerzas de mercado, erradican la necesidad del trabajo y hacen que la economía mundial progrese hacia la abundancia.
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Pues bien, lo más valiente que una izquierda adaptativa podría hacer es abandonar esa convicción. Es perfectamente posible construir los elementos del nuevo sistema de forma molecular dentro del antiguo. En las cooperativas de productores, en las cooperativas de crédito, en las redes de iguales, en las empresas no administradas por una dirección central y en las economías subculturales paralelas, ya se dan todos esos elementos. Tenemos que dejar de verlas como si fueran experimentos pintorescos; tenemos que fomentarlas con normativas tan enérgicas como las que el capitalismo empleó en el siglo XVIII para expulsar a los campesinos de las tierras o para destruir el trabajo artesano.
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El cambio climático no nos deja elegir entre rutas alternativas (una basada en el mercado y otra no) para cumplir con los objetivos de emisiones de carbono, sino que nos obliga, bien a la sustitución ordenada de la economía de mercado, bien al derrumbe desordenado de esta por fases bruscas. El envejecimiento de las poblaciones de muchos países hace que corramos el riesgo de que se hundan los mercados financieros mundiales, y algunos Estados tendrán que librar una auténtica guerra social contra sus propios ciudadanos con el único objetivo de mantener la solvencia de sus haciendas nacionales.
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Los objetivos de máximo nivel de un proyecto postcapitalista deberían ser:
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1. Reducir rápidamente las emisiones de carbono para que el mundo no se caliente más de dos grados centígrados hasta el año 2050, impedir una crisis energética y mitigar el caos causado por los incidentes climáticos. 2. Estabilizar el sistema financiero de aquí a 2050 socializándolo, a fin de que el envejecimiento de la población, el cambio climático y el desbordamiento de la deuda no contribuyan conjuntamente a detonar un nuevo ciclo de expansión y contracción abruptas que destruya definitivamente la economía mundial. 3. Procurar elevados niveles de prosperidad material y bienestar a la mayoría de las personas, principalmente a base de priorizar el uso de las tecnologías ricas en contenido informacional para la solución de grandes problemas sociales, como la mala salud, la dependencia crónica de las prestaciones económicas públicas, la explotación social y la educación de mala calidad. 4. Orientar la tecnología hacia la reducción del trabajo necesario con el propósito de fomentar una rápida transición hacia una economía automatizada. En último término, el trabajo se convertirá en voluntario, los bienes básicos y los servicios públicos serán gratuitos, y la gestión económica girará fundamentalmente en torno a la energía y los recursos, y no al capital y la mano de obra.
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En realidad, el sistema neoliberal no puede existir sin una intervención constante y activa del Estado como promotor de la expansión del mercado, de las privatizaciones y de los intereses del sector financiero. El neoliberalismo desregula las finanzas, fuerza la externalización de servicios que el Estado proveía hasta entonces y propicia que la sanidad, la educación y el transporte públicos pierdan calidad, con lo que se propicia el paso de muchos usuarios a proveedores privados de esos mismos servicios. Un Estado que se tome en serio el postcapitalismo transmitiría una señal clara renunciando públicamente a una expansión proactiva de las fuerzas de mercado.
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la versión postcapitalista de la cooperativa de toda la vida tendrá que esforzarse también por expandir la actividad no mercantil, no gestionada por una dirección central y no basada en el dinero,
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La creación de monopolios con el fin de oponer resistencia a la actual tendencia natural de los precios a caer hacia niveles cero es la respuesta refleja más importante activada por el capitalismo contra el postcapitalismo. De ahí que, para promover la transición, haya que suprimir este mecanismo de autodefensa del viejo sistema. Allí donde sea posible, habrá que ilegalizar los monopolios y habrá que imponer y aplicar rigurosamente reglas contra la fijación de precios.
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Y es que la privatización de esos sectores a lo largo de los últimos treinta años fue el modo que hallaron los neoliberales de bombear en el sector privado la rentabilidad perdida. Los monopolios sobre determinados servicios constituyen actualmente el núcleo central del sector privado en no pocos países despojados ya de industrias productivas y, junto con la banca, forman la columna vertebral de sus mercados bursátiles.
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Y proveer esos servicios a precio de coste representaría un acto estratégico de redistribución inmensamente más eficaz que un aumento directo de los salarios reales.
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El objetivo más inmediato sería salvar la globalización matando el neoliberalismo.
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los equipos cooperativos, autogestionados y no jerarquizados son la forma de trabajo tecnológicamente más avanzada. Y, sin embargo, amplios sectores de la fuerza de trabajo mundial permanecen anclados en un mundo laboral de multas, disciplina, violencia y jerarquías de poder, y simplemente porque una cultura de mano de obra barata permite que ese mundo perviva.
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Su ideología les dice que su éxito se debe a sus cualidades personales únicas, pero lo cierto es que todas ellas exhiben un aspecto y conducta idénticos.
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Su confiada fe en sí mismos y en lo que están haciendo les dice que el capitalismo es bueno porque es dinámico, pero su dinamismo solo se deja sentir realmente cuando hay sobradas existencias de mano de obra barata, cuando se reprime la democracia y cuando aumenta la desigualdad.
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