Este libro de Polanyi es un clásico, un ladrillo sociológico – económico de cerca de 500 páginas en el que su autor explica claramente los inicios, crecimiento y explosión del capitalismo hasta después de la segunda Guerra Mundial. Aunque es cierto que algunos pasajes del libro son excesivamente técnicos, me parece imprescindible su lectura para entender como se obligó al ser humano, en apenas 3 siglos, a pasar de vivir en comunidades autogestionadas y protectoras de los suyos a necesitar trabajar forzosamente para otro ser humano en régimen de miseria y explotación absoluta.

Aunque ahora parece que toda la vida hemos vivido en esta lógica neoliberal de egoismo y radical competencia entre individuos, hace 200 años no existían el trabajo por cuenta ajena. La pregunta clave es ¿porque los seres humanos pasaron voluntariamente de vivir en el campo, de su propio esfuerzo y en un régimen de subsistencia ciertamente precario pero fiable, a pasar a formar parte de una masa informe de hombres, mujeres y niños miserables trabajando en fábricas insalubres en régimen de explotación radical por sueldos que apenas les permitían la supervivencia en estados famélicos? La respuesta es clara: se les obligó a ello. Fue un proceso violento, dirigido y ordenado, basado en prohibir lo comunal -la confiscación de derechos en las tierras comunales- y legislar contra la mayoría rural y Polanyi lo explica concienzudamente.

Este libro es un clásico en las facultades de Ciencias Políticas, por algo será.

 

Citas del libro:

 

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los intereses, como las intenciones, siguen siendo inevitablemente platónicos si no se traducen en política por medio de algún instrumento social.
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Ni siquiera un sistema organizado de balanza de poder podrá asegurar la paz, sin la amenaza permanente de la guerra, si no puede actuar directamente sobre estos factores internos e impedir el desequilibrio in statu nascendi. Una vez que el desequilibrio ha cobrado impulso, sólo la fuerza podrá corregirlo. Es un lugar común la aseveración de que, a fin de asegurar la paz, debemos eliminar las causas de la guerra; pero no suele advertirse que, para lograr tal cosa, el flujo de la vida debe ser controlado en su fuente.
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Las finanzas —éstas eran uno de sus canales de influencia— actuaban como un moderador poderoso en los consejos y las políticas de varios Estados soberanos más pequeños. Los préstamos, y la renovación de los préstamos, dependían del crédito, y el crédito dependía del buen comportamiento. Dado que bajo el gobierno constitucional (los gobiernos inconstitucionales eran severamente rechazados), el comportamiento se refleja en el presupuesto y el valor externo de la moneda no puede separarse de la apreciación del presupuesto, los gobiernos deudores debían vigilar sus tasas de cambio con cuidado y evitar las políticas que pudieran afectar la solidez de la posición presupuestaria. Esta máxima útil se convirtió en una sólida regla de conducta una vez que un país hubiese adoptado el patrón oro, que limitaba al mínimo las fluctuaciones permisibles.

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En ausencia de tasas de cambio estables y de la libertad de comercio, los gobiernos de las diversas naciones considerarían la paz como un interés menor, por el que sólo lucharían en la medida en que no interfiriera con ninguno de sus grandes intereses, como lo habían hecho en el pasado. El primero entre los estadistas de la época, Woodrow Wilson, parece haber advertido la interdependencia de la paz y el comercio,
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Esto conduce a nuestra tesis que aún no ha sido probada: que el origen del cataclismo se encontraba en el esfuerzo utópico del liberalismo económico por establecer un sistema de mercado autorregulado.
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Primero se desacreditaron y luego se olvidaron las verdades elementales de la ciencia política y la administración estatal. No hay necesidad de insistir en que un proceso de cambio sin dirección, cuyo ritmo se considera demasiado rápido, debiera frenarse, si ello es posible, para salvaguardar el bienestar de la comunidad. Tales verdades elementales de la administración pública tradicional, que a menudo reflejaban sólo las enseñanzas de una filosofía social heredada de los antiguos, se borraron durante el siglo XIX, de la mente de las personas educadas, por la acción corrosiva de un crudo utilitarismo combinado con una aceptación irreflexiva de las supuestas virtudes autocurativas del crecimiento inconsciente. El liberalismo económico leyó mal la historia de la Revolución industrial porque insistía en juzgar los eventos sociales desde el punto de vista económico.
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Con razón se ha dicho que los cercamientos fueron una revolución de los ricos contra los pobres. Los señores y los nobles estaban perturbando el orden social, derogando antiguas leyes y costumbres, a veces por medios violentos, a menudo por la presión y la intimidación. Estaban literalmente robando a los pobres su participación en las tierras comunales, derribando las casas que, por la fuerza insuperable de la costumbre, los pobres habían considerado durante mucho tiempo como suyas y de sus herederos. Se estaba perturbando la urdimbre de la sociedad; las aldeas desoladas y las ruinas de viviendas humanas atestiguaban la fiereza con que arrasaba la revolución, poniendo en peligro las defensas del país, vaciando sus pueblos, diezmando a su población, convirtiendo en polvo su suelo sobrecargado, hostigando a sus habitantes y convirtiéndolos en una muchedumbre de pordioseros y ladrones cuando antes eran agricultores inquilinos.
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Por lo que se refiere a Inglaterra, no hay duda de que el desarrollo de la industria lanar era un activo para el país, ya que condujo al establecimiento de la industria algodonera, el vehículo de la Revolución industrial. Además, es claro que el incremento de los tejidos domésticos dependía del incremento de un abasto interno de lana. Estos hechos bastan para identificar el cambio de la tierra cultivable a los pastos y el movimiento consiguiente de los cercamientos como la tendencia del progreso económico.
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por natural que pueda parecemos: la economía de mercado es una estructura institucional que, aunque lo olvidamos con gran facilidad, sólo ha existido en nuestra época, y sólo en forma parcial.
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la conversión de tierras de cultivo en pastos involucra la destrucción de cierto número de viviendas, la destrucción de cierta cantidad de empleos y la disminución del abasto de provisiones alimenticias disponibles en la localidad,
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Inglaterra soportó sin graves daños la calamidad de los cercamientos sólo porque los Tudor y los primeros Estuardo usaron el poder de la corona para frenar el proceso del mejoramiento económico hasta que se volviera socialmente tolerable: empleando el poder del gobierno central para ayudar a las víctimas de la transformación, y tratando de canalizar el proceso de cambio para lograr que su curso fuese menos devastador. Sus cancillerías y tribunales de prerrogativas no tenían ninguna perspectiva conservadora: representaban el espíritu científico de la nueva gobernación, favoreciendo la inmigración de artesanos extranjeros, implantando con avidez técnicas nuevas, adoptando métodos estadísticos y hábitos de reportes precisos, rechazando la costumbre y la tradición, oponiéndose a los derechos prescriptivos, reduciendo las prerrogativas eclesiásticas, pasando por alto el Derecho común. Si la innovación hace al revolucionario, ellos eran los revolucionarios de la época.
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El gobierno de la corona dejó su lugar al gobierno de una clase: la que dirigió el progreso industrial y comercial. El gran principio del constitucionalismo se ligó a la revolución política que despojó a la corona, que para esa época había perdido casi todas sus facultades creativas, mientras que su función protectora ya no era vital para un país que había sorteado la tormenta de la transición.
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Su brillante administración de la mano de obra y de la industria, su control circunspecto del movimiento de los cercamientos, fue su última hazaña. Pero esto se olvidó con gran facilidad, porque los capitalistas y empleadores de la clase media en ascenso eran las víctimas principales de sus actividades protectoras. Debieron transcurrir otros dos siglos para que Inglaterra disfrutara otra administración social tan eficaz y bien ordenada como la que destruyó la mancomunidad. Desde luego, ahora era menos necesaria una administración de esta clase paternalista. Pero en cierto sentido el cambio causó daños indudables, ya que ayudó a borrar de la memoria de la nación los horrores del periodo de los cercamientos, así como las hazañas gubernamentales al superar el peligro de la despoblación. Es posible que esto ayude a explicar que no se haya advertido la naturaleza real de la crisis cuando, cerca de 150 años más tarde, una catástrofe similar —bajo la forma de la Revolución industrial— amenazó la vida y el bienestar del país.
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La Revolución industrial fue sólo el inicio de una revolución tan extrema y radical como jamás había inflamado la mente de los sectarios, pero el nuevo credo era completamente materialista y creía que todos los problemas humanos podrían resolverse si se contara con una cantidad ilimitada de bienes materiales.
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¿Pero cómo se definirá esta revolución? ¿Cuál fue su característica básica? ¿Fue el surgimiento de los pueblos fabriles, la aparición de barrios miserables, las largas jornadas de trabajo de los niños, los bajos salarios de ciertas categorías de trabajadores, la elevación de la tasa del crecimiento demográfico, o la concentración de las industrias? Postulamos que todos estos eventos fueron meramente incidentales de un cambio básico: el establecimiento de la economía de mercado, y que la naturaleza de esta institución no puede captarse plenamente si no se advierte el impacto de la máquina sobre una sociedad comercial.
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Dado que las máquinas refinadas son caras, sólo son costeables si se producen grandes cantidades de bienes[47]. Tales máquinas pueden operar sin pérdida sólo si la venta de los bienes se encuentra razonablemente asegurada y si la producción no tiene que interrumpirse por falta de los bienes primarios necesarios para su alimentación. Esto significa, para el comerciante, que todos los factores involucrados deberán estar en venta, es decir, deben estar disponibles en las cantidades necesarias para cualquiera que esté dispuesto a pagar por ellos. Si no se satisface esta condición, la producción con el auxilio de máquinas especializadas resulta demasiado riesgosa
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Tales condiciones no estarían naturalmente dadas en una sociedad agrícola, sino que tendrían que crearse. El hecho de que se crearan gradualmente no afecta en modo alguno la naturaleza sorprendente de los cambios involucrados. La transformación implica un cambio en la motivación de la acción de parte de los miembros de la sociedad: la motivación de la subsistencia debe ser sustituida por la motivación de la ganancia.
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Contrástense, por ejemplo, las actividades de venta del comerciante-productor con sus actividades de compra; sus ventas se refieren sólo a artefactos; la urdimbre de la sociedad no se verá afectada necesariamente si tales actividades tienen éxito o no. Pero lo que compra son materias primas y mano de obra: naturaleza y hombre. En efecto, la producción de máquinas en una sociedad comercial involucra nada menos que una transformación de la sustancia natural y humana de la sociedad en mercancías. La conclusión, horrible, es inevitable; nada menos que eso servirá al propósito: obviamente, la dislocación causada por tales instrumentos deberá destruir las relaciones humanas y amenazar con la aniquilación de su hábitat natural.
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Porque sí hay una conclusión que destaque más que cualquiera otra en el estudio reciente de las sociedades primitivas, tal es la inmutabilidad del hombre como un ser social. Sus dotaciones naturales reaparecen con una constancia notable en las sociedades de todos los tiempos y lugares; y las condiciones necesarias para la supervivencia de la sociedad humana parecen ser siempre las mismas.
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El hombre no actúa para salvaguardar sus intereses individuales en la posesión de bienes materiales, sino para salvaguardar su posición social, sus derechos sociales, sus activos sociales. El hombre valúa los bienes materiales sólo en la medida en que sirvan a este fin.
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La explicación es simple en términos de la supervivencia. Veamos el caso de una sociedad tribal. El interés económico del individuo es raras veces predominante, porque la comunidad protege a todos sus miembros contra la inanición, a menos que ella misma afronte una catástrofe, en cuyo caso los intereses se verán de nuevo amenazados en forma colectiva, no individual. Por otra parte, el mantenimiento de los lazos sociales es fundamental. Primero, porque al violar el código de honor o de generosidad aceptado se separará el individuo de la comunidad y se convertirá en un desterrado; segundo, porque a la larga son recíprocas todas las obligaciones sociales, y su cumplimiento sirve mejor también a los intereses egoístas del individuo. Tal situación debe ejercer sobre el individuo una presión continua para eliminar de su conciencia el interés económico propio,
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mientras que los mercados y el dinero fuesen meros accesorios para una familia por lo demás autosuficiente, podría operar el principio de la producción para el uso.
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los mercados no desempeñaron ningún papel importante en el sistema económico hasta el final de la Edad media; prevalecían otros patrones institucionales.
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Los mercados no son instituciones que funcionen principalmente dentro de una economía, sino fuera de ella.
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Que la competencia debe conducir en última instancia al monopolio era una verdad bien entendida en esa época, mientras que el monopolio era más temido ahora que más tarde,
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antes de nuestra época los mercados no fueron jamás otra cosa que accesorios de la vida económica. Por regla general, el sistema económico quedaba absorbido en el sistema social, y cualquiera que fuese el principio de comportamiento que predominara en la economía, la presencia del patrón de mercados resultaba compatible con el sistema social. El principio del trueque o el intercambio que se encuentra detrás de este patrón no revelaba ninguna tendencia hacia la expansión a expensas del resto.
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Una economía de mercado es un sistema económico controlado, regulado y dirigido sólo por los precios del mercado; el orden en la producción y distribución de bienes se encomienda a este mecanismo autorregulado. Una economía de esta clase deriva de la expectativa de que los seres humanos se comporten de tal manera que alcancen las máximas ganancias monetarias.
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La autorregulación implica que toda la producción se destine a la venta en el mercado, y que todos los ingresos deriven de tales ventas. En consecuencia, hay mercados para todos los elementos de la industria, no sólo para los bienes (siempre incluidos los servicios), sino también para la mano de obra, la tierra y el dinero, cuyos precios se llaman respectivamente precios de las mercancías, salarios, renta e intereses.
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el interés es el precio del uso del dinero y forma el ingreso de quienes se encuentren en posición de proveerlo; la renta es el precio del uso de la tierra y forma el ingreso de quienes la aportan; los salarios son el precio del uso del poder de trabajo y forman el ingreso de quienes lo venden;
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no sólo debe haber mercados para todos los elementos de la industria[57], sino que ninguna medida o política deberá influir sobre la acción de estos mercados. Ni el precio, ni la oferta ni la demanda deben ser fijados o regulados; sólo se permitirán las políticas y medidas que ayuden a asegurar la autorregulación del mercado creando condiciones que conviertan al mercado en el único poder organizador en la esfera económica.
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Bajo el sistema gremial, como en todos los sistemas económicos de la historia anterior, las motivaciones y las circunstancias de las actividades productivas estaban incorporadas en la organización general de la sociedad. Las relaciones del maestro, el oficial y el aprendiz; los términos del oficio; el número de aprendices, y los salarios de los trabajadores, estaban regulados por la costumbre y por la ley del gremio y de la ciudad.
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El mercantilismo, con toda su tendencia hacia la comercialización, jamás atacó las salvaguardias que protegían a estos dos elementos básicos de la producción —la mano de obra y la tierra— para que no se volvieran objeto del comercio.
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el cambio de los mercados regulados a los mercados autorregulados, a fines del siglo XVIII, representaba una transformación completa en la estructura de la sociedad.
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Un mercado autorregulado requiere nada menos que la separación institucional de la sociedad en una esfera económica y una esfera política.
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implica la existencia de instituciones económicas separadas; normalmente, el orden económico es sólo una función del orden social en el que se contiene. Como hemos visto, ni bajo las condiciones tribales, ni feudales, ni mercantilistas, había un sistema económico separado en la sociedad.
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Una economía de mercado debe comprender todos los elementos de la industria, incluidos la mano de obra, la tierra y el dinero.
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Cuando se incluyen tales elementos en el mecanismo del mercado, se subordina la sustancia de la sociedad misma a las leyes del mercado.
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Al disponer de la fuerza de trabajo de un hombre, el sistema dispondría incidentalmente de la entidad física, psicológica y moral que es el «hombre» al que se aplica ese título.
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La supuesta mercancía llamada «fuerza de trabajo» no puede ser manipulada, usada indiscriminadamente, o incluso dejarse ociosa, sin afectar también al individuo humano que sea el poseedor de esta mercancía peculiar. Al disponer de la fuerza de trabajo de un hombre, el sistema dispondría incidentalmente de la entidad física, psicológica y moral que es el «hombre» al que se aplica ese título.
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la mano de obra es el término técnico usado para los seres humanos, en la medida en que no sean empleadores sino empleados; se sigue que la organización del trabajo cambiaría en adelante junto con la organización del sistema de mercado. Pero en virtud de que la organización del trabajo es sólo otra palabra para designar las formas de la vida de la gente común, esto significa que el desarrollo del sistema de mercado iría acompañado de un cambio en la organización de la sociedad misma. La sociedad humana se había convertido en un accesorio del sistema económico.
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El pauperismo, la economía política y el descubrimiento de la sociedad se entrelazaban estrechamente. El pauperismo centraba la atención en el hecho incomprensible de que la pobreza parecía ir de la mano con la abundancia. Pero ésta era sólo la primera de las intrigantes paradojas que la sociedad industrial habría de plantear al hombre moderno, quien había entrado a su nuevo mundo por la puerta de la economía, y esta circunstancia adventicia investía a la época de una aureola materialista.
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fue en relación con el problema de la pobreza que la gente empezó a explorar el significado de la vida en una sociedad compleja. La inducción de la economía política en el campo de lo universal ocurrió en dos perspectivas opuestas, la del progreso y la perfectibilidad por una parte, y el determinismo y la condenación por la otra; su traslado a la práctica se logró también en dos formas opuestas: a través del principio de la armonía y la autorregulación por un lado, de la competencia y el conflicto por el otro lado. En estas contradicciones se configuró el liberalismo económico y el concepto de clase. Con el carácter inapelable de un evento elemental, un nuevo conjunto de ideas entraba a nuestra conciencia.
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El Estatuto de artífices se complementó así con las Leyes de pobres, un término muy confuso para los oídos modernos, para los que «pobre» e «indigente» suenan muy parecidos. En realidad, los caballeros de Inglaterra juzgaban pobres a todas las personas que no obtuvieran un ingreso suficiente para mantenerlas en el ocio. «Pobre» era así prácticamente sinónimo de «gente común» y la gente común comprendía a todos, fuera de las clases terratenientes
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La mendicidad se castigaba severamente; la vagancia, en caso de repetición, era una ofensa capital. La Ley de pobres de 1601 decretó que los pobres en capacidad de trabajar debían trabajar para ganar su sustento,
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Después de la Restauración se promulgó la Ley de asentamiento y remoción para protegerá las «mejores» parroquias contra la llegada de indigentes. Más de un siglo después, Adam Smith censuraba esta Ley porque inmovilizaba a la gente y así le impedía que encontrara un empleo útil al impedir que el capitalista encontrara empleados. Sólo con la buena voluntad del magistrado local y las autoridades parroquiales podría permanecer un individuo en cualquier parroquia que no fuese la suya; en cualquiera otra parte estaba expuesto a la expulsión aunque se encontrara en buena posición y empleado. Por lo tanto, la situación legal de la gente era de libertad e igualdad sujetas a incisivas limitaciones. Eran iguales ante la ley y libres como personas. Pero no eran libres para escoger sus ocupaciones o las de sus hijos; no eran libres para asentarse donde quisieran, y estaban obligados a trabajar.
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La invasión de las industrias domésticas, la absorción de los huertos y las tierras domésticas, la confiscación de derechos en las tierras comunales, privaban a la industria doméstica de sus elementos principales: los ingresos familiares y las raíces agrícolas. Mientras que la industria doméstica se viera complementada por las facilidades y amenidades de un huerto, un pedazo de tierra, o derechos de pastoreo, la dependencia del trabajador frente a los ingresos monetarios no era absoluta;
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se eliminó la compasión de los corazones, y que una determinación estoica de renunciar a la solidaridad humana en nombre de la mayor felicidad del mayor número obtuvo la dignidad de una religión secular.
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máximas siguientes que Townsend dedujo de sus cabras y perros y que deseaba aplicar a la Ley de pobres: El hambre domará a los animales más feroces, les enseñará decencia y civilidad, obediencia y sujeción, al más perverso. En general, es sólo el hambre lo que puede aguijonearlos y moverlos [a los pobres] a trabajar; pero nuestras leyes han dicho que los pobres no tendrán hambre jamás. Debemos confesar que las leyes han dicho también que los pobres serán obligados a trabajar. Pero entonces la restricción legal se atiende con grandes problemas, violencias y ruidos; crea mala voluntad y nunca puede producir un servicio bueno y aceptable; en cambio, el hambre no es sólo pacífica, silenciosa, una presión constante, sino que, como la motivación más natural para la industria y el trabajo, induce los esfuerzos más poderosos; y cuando se satisface por la libre abundancia de otros, establece fundamentos duraderos y seguros para la buena voluntad y la gratitud.
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Townsend insistió en que los hombres son efectivamente bestias, y que precisamente por esa razón sólo se requiere un mínimo de gobierno. Desde este punto de vista novedoso, una sociedad libre podía considerarse integrada por dos razas: la de los propietarios y la de los trabajadores. El número de estos últimos estaba limitado por la cantidad de alimentos; y mientras que la propiedad estuviese segura, el hambre los impulsaría a trabajar. No había necesidad de magistrados, ya que el hambre era más disciplinante que los magistrados. Apelar a los magistrados —observaba agudamente Townsend— sería «una apelación de la autoridad más fuerte a la más débil».
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Una vez que la organización de mercado de la vida industrial se había vuelto dominante, todos los demás campos institucionales se subordinaban a este patrón; el genio de los artefactos sociales se había quedado sin hogar.
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El efecto más obvio del nuevo sistema institucional fue la destrucción del carácter tradicional de las poblaciones asentadas y su transmutación en un nuevo tipo de personas, migrantes, nómadas, carentes de respeto a sí mismas y de disciplina: seres rudos, insensibles, ejemplificados por el trabajador y el capitalista. De aquí pasó a la generalización de que el principio involucrado era desfavorable para la felicidad individual y social. Así se producirían graves males, a menos que las tendencias inherentes a las instituciones del mercado fuesen frenadas por la dirección social consciente, puesta en práctica por medio de una legislación.
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En términos económicos, el trabajador estaba siendo ciertamente explotado: no recibía en el intercambio lo que le correspondía. Esto era importante, pero no era todo. A pesar de la explotación, el trabajador podría haber estado mejor que antes en términos financieros. Pero un principio muy desfavorable para la felicidad individual y general estaba destruyendo su ambiente social, su vecindad, su posición dentro de la comunidad, su oficio; en una palabra, estaba destruyendo las relaciones con la naturaleza y con el hombre en las que se materializaba anteriormente su existencia económica. La Revolución industrial estaba provocando una dislocación social de enormes proporciones, y el problema de la pobreza era sólo el aspecto económico de este evento. Con razón pronosticó Owen que se causarían males grandes y permanentes si la interferencia y la dirección legislativas no contrarrestaban estas fuerzas devastadoras.
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La producción es interacción entre el hombre y la naturaleza; para que este proceso se organice a través de un mecanismo autorregulador de trueque e intercambio, el hombre y la naturaleza deberán ser atraídos a su órbita; deberán quedar sujetos a la oferta y la demanda, es decir, deberán ser tratados como mercancías, como bienes producidos para la venta.
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El hombre con la denominación de fuerza de trabajo, la naturaleza con la denominación de tierra, quedaban disponibles para su venta; el uso de la fuerza de trabajo podía comprarse y venderse universalmente a un precio llamado salario, y el uso de la tierra podía negociarse por un precio llamado renta. Había un mercado de mano de obra y un mercado de tierra, y la olería y la demanda de cada mercado estaban reguladas por el nivel de los salarios y de las rentas, respectivamente;
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frenar la acción del mercado respecto de los factores de la producción: la mano de obra y la tierra. Ésta era la función principal del intervencionismo.
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La clase manufacturera estaba presionando por la enmienda de la Ley de pobres, ya que impedía el surgimiento de una clase trabajadora industrial cuyo ingreso dependiera de lo que hiciera. Ahora se hacía evidente la magnitud de la aventura implicada en la creación de un mercado libre de mano de obra, así como la extensión de la miseria que habría de infligirse a las víctimas del progreso.
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los mercados libres no podrían haber surgido jamás con sólo permitir que las cosas tomaran su curso. Así como las manufacturas de algodón —la principal industria del libre comercio— se crearon con el auxilio de los aranceles protectores, los subsidios a la exportación y los subsidios indirectos a los salarios, el propio laissez-faire fue impuesto por el Estado. Los años treinta y cuarenta no presenciaron sólo una avalancha de leyes que repelían las regulaciones restrictivas, sino también un incremento enorme de las funciones administrativas del Estado, que ahora estaba siendo dotado de una burocracia central capacitada para realizar las tareas fijadas por los defensores del liberalismo.
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El papel esencial desempeñado por los intereses clasistas en el cambio social se encuentra en la naturaleza de las cosas. Toda forma generalizada del cambio debe afectar a las diversas partes de la comunidad en formas diferentes, aunque sólo sea por las diferencias existentes en la ubicación geográfica o en el equipo económico y cultural. Los intereses seccionales son así el vehículo natural del cambio social y político. Ya sea la fuente del cambio la guerra o el comercio, las invenciones sorprendentes o los cambios de las condiciones naturales, las diversas secciones de la sociedad defenderán diferentes métodos de ajuste (incluidos los violentos) y ajustarán sus intereses en forma diferente de los de otros grupos a los que podrían tratar de guiar; por lo tanto, sólo cuando podamos señalar al guipo o los grupos que efectuaron un cambio se explicará cómo ha ocurrido ese cambio.
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Las cuestiones puramente económicas que afectan la satisfacción de las necesidades son incomparablemente menos relevantes que las cuestiones del reconocimiento social para el comportamiento clasista. Por supuesto, la satisfacción de las necesidades podría ser el resultado de tal reconocimiento, sobre todo como su señal o su premio exterior. Pero los intereses de una clase se refieren muy directamente a la posición y el rango, a la calidad y la seguridad; es decir, son primordialmente sociales, no económicos.
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Los críticos del capitalismo liberal estaban desconcertados. Durante cerca de 60 años, los académicos y las Comisiones reales por igual habían denunciado los honores de la Revolución industrial, y una miríada de poetas, pensadores y escritores había destacado sus crueldades. Se consideraba un hecho establecido que las masas habían sido sacrificadas y mantenidas en la inanición por los insensibles explotadores de su indefensión; que los cercamientos habían privado a los habitantes rurales de sus viviendas y sus predios, y los habían arrojado al mercado de mano de obra
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la Revolución industrial, un terremoto económico que transformó, en menos de medio siglo, vastas masas de los habitantes del campo inglés, de campesinos asentados en migrantes sin recursos. Pero si tales avalanchas destructivas son excepcionales en la historia de las clases, son un evento común en la esfera de los contactos culturales entre pueblos de diversas razas. Intrínsecamente, las condiciones son las mismas. La diferencia reside principalmente en el hecho de que una clase social forma parte de una sociedad que habita la misma área geográfica, mientras que el contacto cultural ocurre de ordinario entre sociedades asentadas en diferentes regiones geográficas. En ambos casos, es posible que el contacto tenga un efecto devastador sobre la parte más débil. La causa de la degradación no es entonces la explotación económica, como suele suponerse, sino la desintegración del ambiente cultural de la víctima. Naturalmente, el proceso económico podría proveer el vehículo de la destrucción, y casi invariablemente la inferioridad económica hará que el débil se rinda, pero la causa inmediata de tal rendición no es por esa razón económica, sino que reside en el daño letal causado a las instituciones donde está incorporada su existencia social. El resultado es una pérdida del respeto a sí mismo y de los niveles de vida, ya sea la unidad un pueblo o una clase, ya derive el proceso del llamado «conflicto cultural» o de un cambio en la posición de una clase dentro de los confines de una sociedad.
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«Las metas por las que trabajarán los individuos están culturalmente determinadas, y no son una respuesta del organismo a una situación externa culturalmente indefinida, como una mera escasez de alimento»,
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Si se define la explotación en términos estrictamente económicos como una inadecuación permanente de las razones del intercambio, resulta dudoso que haya en efecto una explotación. La catástrofe de la comunidad nativa es un resultado directo de la destrucción rápida y violenta de las instituciones básicas de la víctima (parece enteramente irrelevante que se use o no la fuerza en el proceso). Estas instituciones son destruidas por el hecho mismo de que se introduce una economía de mercado en una comunidad organizada de modo enteramente diferente; la mano de obra y la tierra se convierten en mercancías, lo que de nuevo es una fórmula breve para la liquidación de toda institución cultural en una sociedad orgánica.
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Mientras que bajo el régimen del feudalismo y de la comunidad aldeana la noblesse oblige, la solidaridad del clan y la regulación del mercado de granos prevenían las hambrunas, bajo la regla del mercado no podía impedirse que la gente pasara hambre de acuerdo con las reglas del juego.
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Los puntos de peligro se determinaron por las direcciones principales del ataque. El mercado de mano de obra competitivo afectó al poseedor de la fuerza de trabajo, es decir, al hombre. El libre comercio internacional era primordialmente una amenaza para la mayor de las industrias dependientes de la naturaleza, es decir, la agricultura. El patrón oro ponía en peligro a las organizaciones productivas cuyo funcionamiento dependía del movimiento relativo de los precios. En cada uno de estos campos se desarrollaron los mercados, lo que implicaba una amenaza latente para la sociedad en algunos aspectos vitales de su existencia.
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La separación del trabajo de otras actividades de la vida y su sometimiento a las leyes del mercado equivalió a un aniquilamiento de todas las formas orgánicas de la existencia y su sustitución por un tipo de organización diferente, atomizado e individualista. Tal plan de destrucción se vio muy bien servido por la aplicación del principio de la libertad de contrato. Esto significaba, en la práctica, que habrían de liquidarse las organizaciones no contractuales del parentesco, la vecindad, la profesión y el credo, porque reclamaban la lealtad del individuo y así restringían su libertad. La representación de este principio como la ausencia de interferencia, como lo hacían los liberales económicos, sólo expresaba un prejuicio arraigado en favor de una clase definida de interferencia: la que destruyera las relaciones no contractuales existentes entre los individuos e impidiera su reformación espontánea.
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lo que todavía puede practicar ocasionalmente el hombre blanco en las regiones remotas de hoy, la destrucción de estructuras sociales para extraer de ellas el elemento del trabajo, lo hicieron hombres blancos a poblaciones blancas, para propósitos similares, durante el siglo XVIII. La grotesca visión que del Estado tenía Hobbes —un Leviatán humano cuyo enorme cuerpo estaba integrado por un número infinito de cuerpos humanos— se vio ampliamente superada por la construcción ricardiana del mercado de mano de obra: un flujo de vidas humanas cuya oferta estaba regulada por la cantidad de alimentos puesta a su disposición.
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El Movimiento owenista no era originalmente político ni de la clase trabajadora. Representaba las aspiraciones de la gente común, aplastada por la llegada de la fábrica, para descubrir una forma de existencia que hiciera del hombre el amo de la máquina. En esencia, buscaba lo que para nosotros parecería una evitación del capitalismo. Por supuesto, tal fórmula no podría dejar de ser algo engañosa, porque todavía se desconocían el papel organizador del capital y la naturaleza del mercado autorregulado. Sin embargo, es posible que constituya la mejor expresión del espíritu de Owen, quien obviamente no era un enemigo de la máquina. Creía Owen que, a pesar de la máquina, el hombre debiera seguir siendo su propio empleador; el principio de la cooperación o la «unión» resolvería el problema de la máquina sin sacrificar la libertad individual ni la solidaridad social, ni la dignidad del hombre ni su simpatía con sus semejantes. La fuerza del owenismo residía en el hecho de que su inspiración era eminentemente práctica, pero sus métodos se basaban en una apreciación del hombre como un todo.
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El owenismo, con su dedicación al hombre como un todo, tenía todavía algo de esa herencia medieval de la vida corporativa que encontró su expresión en el Gremio de constructores y en el escenario rural de su ideal social, las Aldeas de cooperación. Aunque fue la fuente del socialismo moderno, sus propuestas no se basaban en la cuestión de la propiedad, que sólo es el aspecto legal del capitalismo. Al enfocar el nuevo fenómeno de la industria, como lo había hecho Saint-Simon, reconoció el desafío de la máquina. Pero, el rasgo característico del owenismo era su insistencia en el enfoque social: se negaba a aceptar la división de la sociedad en una esfera económica y una esfera política, y en efecto rechazaba por esa razón la acción política. La aceptación de una esfera económica separada habría implicado el reconocimiento del principio de la ganancia y el beneficio como la fuerza organizadora de la sociedad. Owen se negó a hacerlo. Su genio reconoció que la incorporación de la máquina sólo era posible en una sociedad nueva. Para Owen, el aspecto industrial de las cosas no se restringía en modo alguno a lo económico (esto habría implicado una visión comercializadora de la sociedad, lo que él rechazaba). Nueva Lanark le había enseñado que en la vida de un trabajador son los salarios sólo uno de muchos factores tales como el ambiente natural y hogareño, la calidad y los precios de los bienes, la estabilidad del empleo y la seguridad de su posición. (Las fábricas de Nueva Lanark, como lo hicieran antes otras empresas, mantenían a sus empleados en la nómina aunque no tuvieran trabajo para ellos). Pero el ajuste incluía mucho más que eso. La educación de niños y adultos, la provisión de entretenimiento, baile y música, y el supuesto general de elevadas normas morales y personales para viejos y jóvenes, creaban la atmósfera en la que la nueva posición era alcanzada por la población industrial en conjunto. Miles de personas de toda Europa (y aun de los Estados Unidos) visitaban Nueva Lanark como si fuese una reservación del futuro en la que se hubiese realizado la hazaña imposible de operar exitosamente una fábrica con una población humana. Y sin embargo, la empresa de Owen pagaba salarios considerablemente menores que los habituales en algunos pueblos vecinos. Los beneficios de Nueva Lanark surgían principalmente de la alta productividad de la mano de obra en jornadas más cortas, gracias a la excelente organización y al descanso de los trabajadores, ventajas que superaban al incremento de los salarios reales involucrado en las generosas provisiones para una vida decente.
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El Movimiento cartista apelaba a un conjunto de impulsos tan diferentes que casi habría podido pronosticarse su surgimiento tras el fracaso práctico del owenismo y sus prematuras iniciativas. Era un esfuerzo puramente político que trataba de influir sobre el gobierno a través de los canales constitucionales; su intento por presionar al gobierno se desenvolvía por los lineamientos tradicionales del Movimiento de reforma que había obtenido el voto para las clases medias. Los Seis puntos de la Carta demandaban un sufragio popular efectivo. La rigidez absoluta con la que tal extensión del voto fue rechazada por el Parlamento reformado durante un tercio de siglo, el uso de la fuerza en vista del apoyo masivo recibido por la Carta, el horror que sentían los liberales del decenio de 1840 por la idea del gobierno popular, probaban que el concepto de la democracia era extraño para las clases medias inglesas.
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la economía de mercado involucra a una sociedad cuyas instituciones están subordinadas a los requerimientos del mecanismo de mercado.
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Lo que llamamos tierra es un elemento de naturaleza inextricablemente ligado a las instituciones humanas. Su aislamiento, para formar un mercado con ella, fue tal vez la más fantástica de todas las hazañas de nuestros ancestros. Tradicionalmente, la tierra y la mano de obra no están separadas; el trabajo forma parte de la vida, la tierra sigue siendo parte de la naturaleza, la vida y la naturaleza forman un todo articulado.
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La revuelta contra el imperialismo fue principalmente un esfuerzo de pueblos exóticos por alcanzar la posición política necesaria para protegerse de las dislocaciones sociales provocadas por las políticas comerciales europeas. La protección que el hombre blanco podía procurarse fácilmente, a través de la posición soberana de sus comunidades, estaba fuera del alcance del hombre de color mientras careciera de un gobierno político.
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Las clases trabajadoras se manifestaron a favor del libre comercio en cuanto se hizo evidente que abarataba los alimentos. Los sindicatos se convirtieron en los bastiones del antiagrarismo, y el socialismo revolucionario calificó a los campesinos del mundo como una masa indiscriminada de reaccionarios. La división internacional del trabajo era indudablemente un credo progresista; y sus oponentes se reclutaban a menudo entre aquellos cuyo juicio estaba viciado por los intereses creados o por la falta de inteligencia natural. Las pocas mentes independientes y desinteresadas que descubrieron las falacias del libre comercio irrestricto eran demasiado escasas para causar alguna impresión.
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Bajo una economía de mercado, las interrupciones del orden público y los hábitos de comercio que de otro modo serían inocuos podrían constituir una amenaza letal[108], ya que podrían causar el derrumbe del régimen del que dependía la sociedad para su subsistencia diaria.
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A lo largo de los años veinte, el campesinado determinó la política económica en varios estados en los que normalmente desempeñaba un papel apenas modesto. Ahora resultaba ser la única clase disponible para el mantenimiento de la ley y el orden en el elevado sentido moderno de este término. El feroz agrarismo de Europa de la posguerra iluminaba oblicuamente el tratamiento preferente acordado a la clase campesina por razones políticas.
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la clase campesina, que antes no ejercía ninguna influencia, ganó un ascendiente enteramente desproporcionado a su importancia económica. El temor al bolchevismo era la fuerza que volvía inexpugnable su posición política. Pero ese temor, como hemos visto, no era el temor de una dictadura de la clase trabajadora —nada lejanamente similar estaba en el horizonte— sino el de una parálisis de la economía de mercado, a menos que se eliminaran del escenario político todas las fuerzas que, bajo presión, pudieran dejar de lado las reglas del juego de mercado. Mientras que los campesinos fuesen la única clase capaz de eliminar estas fuerzas, su prestigio se mantenía elevado y ellos podían mantener como rehenes a la clase media urbana. En cuanto la consolidación del poder del Estado y —antes aún— la formación de la clase media baja urbana en tropas de asalto por parte de los fascistas, liberaron a la burguesía de su dependencia del campesinado, se derrumbó rápidamente el prestigio de este último. Una vez neutralizado o vencido el «enemigo interno» en la ciudad y en la fábrica, el campesinado quedó relegado a su modesta posición anterior en la sociedad industrial.
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ningún pueblo podría olvidar que si no posee sus propias fuentes de alimentos y de materias primas o está seguro de llegar a ellas por medios militares, ni la moneda sana ni el crédito sólido lo rescatará de la indefensión. Nada podría ser más lógico que la consistencia con la que esta consideración fundamental forjó las políticas de las comunidades. No se había eliminado la fuente del peligro. ¿Por qué esperar entonces que se desvaneciera el temor?
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En realidad, en Alemania tanto como en Italia, la historia del inicio de la posguerra probaba que el bolchevismo no tenía la menor probabilidad de triunfar. Pero también probaba concluyentemente que, en una emergencia, la clase trabajadora, sus sindicatos y partidos, podrían pasar por alto las reglas del mercado que establecían la libertad de contratación y la santidad de la propiedad privada como absolutos: una posibilidad que debe tener los efectos más perniciosos sobre la sociedad, desalentando las inversiones, impidiendo la acumulación de capital, manteniendo los salarios a un nivel poco remunerativo, poniendo en peligro a la moneda, minando el crédito exterior, debilitando la confianza y paralizando el espíritu de empresa. No el peligro ilusorio de una revolución comunista, sino el hecho innegable de que las clases trabajadoras se encontraban en posibilidad de imponer intervenciones posiblemente ruinosas, era la fuente del temor latente que, en una coyuntura crucial, surgió en el pánico fascista.
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la gran importancia institucional de la banca central residía en el hecho de que la política monetaria se llevaba así a la esfera de la política.
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desde el decenio de 1870 podía apreciarse un cambio emocional, aunque no había ninguna alteración correspondiente en las ideas dominantes. El mundo continuaba creyendo en el internacionalismo y la interdependencia, mientras actuaba bajo los impulsos del nacionalismo y la autosuficiencia. El nacionalismo liberal se estaba convirtiendo en un liberalismo nacional, con su inclinación marcada hacia el proteccionismo y el imperialismo en el exterior, el conservadurismo monopólico en el interior. En ninguna parte era la contradicción tan marcada y sin embargo tan poco consciente como en el campo monetario. La creencia dogmática en el patrón oro internacional continuaba contando con las lealtades ilimitadas de los hombres, al mismo tiempo que se creaban monedas simbólicas, basadas en la soberanía de los diversos sistemas de banca central. Bajo la égida de los principios internacionales, se estaban erigiendo bastiones inexpugnables de un nuevo nacionalismo, de manera inconsciente, bajo la forma de los bancos centrales de emisión.
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Si la clase mercantil era el protagonista de la economía de mercado, el banquero era el líder innato de esa clase. El empleo y los ingresos dependían de la rentabilidad de las empresas, pero la rentabilidad de las empresas dependía de la estabilidad de las tasas de cambio y de las condiciones crediticias sanas, ambas bajo la responsabilidad del banquero. Era parte de su credo que las dos cosas eran inseparables. Un presupuesto sano y la estabilidad de las condiciones crediticias internas presuponían la estabilidad de las tasas de cambio; y esta estabilidad sólo podría lograrse si el crédito interno era seguro y las finanzas estatales estaban en equilibrio. En suma, la responsabilidad del banquero comprendía la salud de las finanzas internas y la estabilidad externa de la moneda. Es por ello que los banqueros, como una clase, fueron los últimos en advertir que ambas cosas habían perdido su significado. En efecto, no hay nada sorprendente en la influencia dominante de los banqueros internacionales durante los años veinte, ni en su eclipse durante los años treinta. En los años veinte, todavía se consideraba el patrón oro como la condición necesaria para el retorno a la estabilidad y la prosperidad, y en consecuencia ninguna demanda de sus guardianes profesionales, los banqueros, se consideraba demasiado onerosa, siempre que prometiera asegurar la estabilidad de las tasas de cambio; cuando esto resultó imposible, después de 1929, surgió imperativa la necesidad de una moneda interna estable, y nadie estaba menos calificado que el banquero para proveerla.
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Si la vida era diferente en países diferentes, como había ocurrido siempre, la disparidad podía imputarse ahora a actos legislativos y administrativos bien definidos, de tendencia proteccionista, ya que las condiciones de la producción y del trabajo dependían ahora principalmente de los aranceles, la tributación y las leyes sociales.
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A nivel internacional, el sistema monetario asumía una importancia mayor aún, si ello era posible. Paradójicamente, la libertad del dinero derivaba de las restricciones impuestas al comercio exterior. Entre más numerosos fuesen los obstáculos opuestos al movimiento de bienes y hombres a través de las fronteras, más efectivamente debía salvaguardarse la libertad de los pagos. El dinero a corto plazo se movía de un punto a otro del globo en el curso de una hora; las modalidades de los pagos internacionales entre gobiernos y entre corporaciones privadas o individuos estaban uniformemente reguladas; el repudio de las deudas externas, o los intentos de manipulación de las garantías presupuestarias, incluso por parte de gobiernos atrasados, se consideraba como un ultraje y se castigaba con el destierro a la oscuridad exterior de quienes fuesen indignos de crédito. En todas las cuestiones relevantes para el sistema monetario mundial, se crearon instituciones similares por todas partes, como los organismos representativos, las constituciones escritas que definían su jurisdicción y regulaban la publicación de presupuestos, la promulgación de leyes, la ratificación de tratados, los métodos para la contratación de obligaciones financieras, las reglas de la contabilidad pública, los derechos de los extranjeros, la jurisdicción de los tribunales, el domicilio de las letras de cambio y, por implicación, la posición del banco de emisión, de los tenedores de bonos extranjeros, de los acreedores de todas clases. Esto involucraba la conformidad en el uso de billetes bancarios y de metales preciosos, de las regulaciones postales, y de los métodos de la bolsa de valores y de la banca. Ningún gobierno, con la posible excepción de los más poderosos, podía pasar por alto los tabúes del dinero. Para propósitos internacionales, la moneda era la nación; y ninguna nación podía existir por largo tiempo fuera del sistema internacional.
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En contraste con los hombres y los bienes, el dinero estaba libre de todas las medidas restrictivas y continuaba desarrollando su capacidad para realizar transacciones comerciales a cualquier distancia y en todo tiempo.
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Mientras que el voto estuviese restringido y pocos individuos ejercieran influencia política, el intervencionismo era un problema mucho menos urgente que el surgido cuando el sufragio universal hizo del Estado el órgano del millón gobernante: el mismo millón que, en el campo económico, debía llevar a menudo la carga amarga de los gobernados. Y mientras que el empleo fuese abundante, los ingresos estuviesen asegurados, la producción fuese continua, los niveles de vida fuesen confiables y los precios estables, la presión intervencionista sería naturalmente menor de lo que llegó a ser cuando los estancamientos prolongados hicieron de la industria un cementerio de herramientas ociosas y de esfuerzos frustrados.
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Con frecuencia, los países extranjeros se veían incapacitados para pagar sus deudas externas, o sus monedas se depreciaban poniendo en peligro su solvencia; a veces decidían corregir la balanza por medios políticos e interferían con la propiedad de los inversionistas extranjeros. En ninguno de estos casos podía confiarse en los procesos de autocorrección económica, aunque de acuerdo con la doctrina clásica tales procesos le pagarían infaliblemente al acreedor, restablecerían la moneda y salvaguardarían al extranjero contra la repetición de pérdidas similares. Pero esto habría requerido que los países involucrados participaran más o menos igualmente en un sistema de división mundial del trabajo, lo que desde luego no ocurría. Era inútil esperar que el país cuya moneda se derrumbaba incrementara invariablemente y de manera automática sus exportaciones, para restaurar así su balanza de pagos, o que su necesidad de capital extranjero lo obligara a compensar al extranjero y reanudar el servicio de su deuda. El aumento de las ventas de café o de nitratos, por ejemplo, podría sacar del mercado a los exportadores marginales, y el repudio de una deuda externa usuraria parecería preferible a una depreciación de la moneda nacional. El mecanismo del mercado mundial no podía correr tales riesgos. Por el contrario, se enviarían de inmediato las cañoneras, y el gobierno moroso afrontaría la alternativa del bombardeo o el arreglo, independientemente de que su mora fuese fraudulenta o no. No se disponía de ningún otro método para obligar al pago, evitar grandes pérdidas y mantener en marcha al sistema.
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Pero el cambio institucional empezó a operar abruptamente porque tal es su naturaleza. Se alcanzó la etapa crítica con el establecimiento de un mercado laboral en Inglaterra, donde los trabajadores afrontaban la amenaza de la inanición si no respetaban las reglas del trabajo asalariado. En cuanto se dio este paso drástico, el mecanismo del mercado autorregulado echó a andar.
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el patrón oro internacional se puso en operación el aparato de mercado más ambicioso de todos, el que implicaba la independencia absoluta de los mercados frente a las autoridades nacionales. El comercio mundial significaba ahora la organización de la vida en el planeta bajo un mercado autorregulado que incluía la mano de obra, la tierra y el dinero, con el patrón oro como el guardián de esta automatización gigantesca. Naciones y pueblos eran simples muñecos en un espectáculo que escapaba por completo a su control. Se protegían contra el desempleo y la inestabilidad con el auxilio de los bancos centrales y los aranceles aduaneros, complementados por las leves migratorias. Estos dispositivos trataban de contrarrestar los efectos destructivos del libre comercio más las monedas fijas,
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Los aranceles impuestos a las importaciones de un país perjudicaban a las exportaciones de otro país y lo obligaban a buscar mercados en legiones políticamente desprotegidas. El imperialismo económico era principalmente una lucha entre las potencias por el privilegio de extender su comercio hacia mercados políticamente desprotegidos.
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dos peculiaridades de la civilización: su rígido determinismo y su carácter económico. La perspectiva contemporánea tendía a conectar ambas cosas y a suponer que el determinismo derivaba de la naturaleza de la motivación económica, según la cual se esperaba que los individuos persiguieran sus intereses monetarios. En realidad no había ninguna conexión entre las dos cosas. El «determinismo» tan prominente en muchos detalles era simplemente el resultado del mecanismo de una sociedad de mercado con sus alternativas previsibles, cuya severidad se atribuía erróneamente al vigor de las motivaciones materialistas. El sistema de oferta-demanda-precio estará siempre balanceado, cualesquiera que sean las motivaciones de los individuos, y las motivaciones económicas por sí mismas son notoriamente mucho menos eficaces que las llamadas motivaciones emocionales para la mayoría de la gente. La humanidad no estaba atrapada por motivaciones nuevas sino por mecanismos nuevos. En suma, la tensión surgía de la zona del mercado; de allí pasaba a la esfera política, alcanzando así a toda la sociedad. Pero dentro de las naciones singulares, la tensión permanecía latente mientras que la economía mundial continuara funcionando. Sólo cuando se disolvió la última de sus instituciones sobrevivientes, el patrón oro, se liberó la tensión existente dentro de las naciones. Aunque sus respuestas ante la nueva situación eran diferentes, en esencia representaban ajustes ante la desaparición de la economía mundial tradicional; cuando tal economía se desintegró, la propia civilización del mercado se vio tragada. Esto explica el hecho casi increíble de que una civilización estaba siendo destruida por la acción ciega de instituciones sin alma, cuyo único propósito era el incremento automático del bienestar material.
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En esta fase final de la caída de la economía de mercado intervino decisivamente el conflicto de las fuerzas clasistas.
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La Nueva ley de pobres abolió la categoría general de los pobres, el «pobre honesto», o el «pobre que trabaja», términos que Burke había censurado. Los antiguos pobres se dividían ahora en indigentes físicamente impedidos, cuyo lugar era el hospicio, y trabajadores independientes que se ganaban la vida trabajando por un salario. Esto creaba una categoría enteramente nueva de pobres, los desempleados, que hacían su aparición en el escenario social. Mientras que el indigente debía ser ayudado por razones humanitarias, el desempleado no debía ser ayudado en aras de la industria. Poco importaba que el trabajador desempleado fuese inocente de su suerte. Lo importante no era que el desempleado pudiera haber encontrado o no un empleo si lo hubiese buscado realmente, sino que si no estuviese en peligro de perecer de hambre, con la única alternativa del aborrecido hospicio, el sistema salarial se derrumbaría, arrojando a la sociedad a la miseria y el caos.
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Sólo por un error podrían aplicarse a las situaciones del siglo XIX los significados del siglo XVII. La separación de poderes, que Montesquieu (1748) había inventado mientras tanto, se usaba ahora para separar al pueblo del poder durante su propia vida económica. La Constitución americana, forjada en un ambiente de granjeros-artesanos por líderes prevenidos por el escenario industrial inglés, aislaba por completo a la esfera económica de la jurisdicción de la Constitución colocaba así a la propiedad privada bajo la protección más elevada concebible, y creaba la única sociedad de mercado de base legal en el mundo.
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En Inglaterra se convirtió en la ley no escrita de la Constitución que debía negarse el voto a la clase trabajadora. Los líderes cartistas fueron encarcelados; sus seguidores, que sumaban millones, fueron burlados por una legislatura representativa de una pequeña fracción de la población y las autoridades trataban como un acto criminal la mera demanda de la votación.
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El mercado financiero gobierna por medio del pánico. El eclipse de Wall Street en los años treinta salvó a los Estados Unidos de una catástrofe social del tipo continental.
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Bajo el patrón oro, los líderes del mercado financiero reciben la encomienda de salvaguardar la estabilidad de la tasa de cambio y la salud del crédito interno de los que depende en gran medida el financiamiento gubernamental. La organización bancaria puede obstruir así todo movimiento interno de la esfera económica que le desagrade, por razones buenas o malas.
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Se supone que la mano de obra encuentra su precio en el mercado, siendo antieconómico cualquier otro precio distinto del establecido de ese modo. Mientras que los trabajadores cumplan con esta responsabilidad, se comportaran como un elemento de la oferta de la mercancía llamada «mano de obra», y se negarán a vender por debajo del precio que todavía puede pagar el comprador. Esto significa que la obligación principal de los trabajadores es la de estar casi continuamente en huelga, si han de ser consistentes. Esta proposición podría parecer absurda, pero es la única inferencia lógica de la teoría del trabajo como mercancía. Por supuesto, la fuente de la incongruencia de la teoría y la práctica es el hecho de que la mano de obra no es realmente una mercancía, y que si se retuviera la mano de obra sólo para determinar su precio exacto (así como se retiene en circunstancias similares un incremento de la oferta de todas las demás mercancías), la sociedad se disolvería muy pronto por falta de sostén. Resulta notable que esta consideración se mencione en muy escasas ocasiones,
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El socialismo es esencialmente la tendencia inherente en una civilización industrial a trascender al mercado autorregulado subordinándolo conscientemente a una sociedad democrática. Es la solución natural para los trabajadores industriales que no ven ninguna razón para que la producción no sea regulada directamente y para que los mercados no sean más que un aspecto útil pero subordinado de una sociedad libre.
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Desde el punto de vista del sistema económico, es por el contrario un alejamiento radical del pasado inmediato, en la medida en que rompe con el intento de hacer de las ganancias monetarias privadas el incentivo general para las actividades productivas, y no reconoce el derecho de los individuos privados a disponer de los principales instrumentos de la producción. Es por ello, en última instancia, que la reforma de la economía capitalista por los partidos socialistas resulta difícil aunque estén decididos a no interferir con el sistema de propiedad.
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los partidos socialistas de la clase obrera estaban comprometidos en conjunto con la reforma del capitalismo, no con su derrocamiento revolucionario. Pero la posición era diferente en una emergencia. Entonces, si los métodos normales eran insuficientes, se experimentaría con métodos anormales, y con un partido obrero podrían involucrar tales métodos una falta de respeto a los derechos de propiedad.
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Los empleadores eran los propietarios de fábricas y minas, y por ende directamente responsables de la producción en la sociedad (aparte de su interés personal en los beneficios). En principio, tendrían el apoyo de todos en su esfuerzo por mantener a la industria en marcha. Por otra parte, los empleados representaban a gran parte de la sociedad; sus intereses coincidían también en medida importante con los de la comunidad en conjunto. Constituían la única clase disponible para la protección de los intereses de los consumidores, de los ciudadanos, de los seres humanos como tales, y su número les daría una preponderancia en la esfera política bajo el sufragio universal.
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Eventualmente, llegaría el momento en que el sistema económico y el sistema político se vieran amenazados por la parálisis completa. El temor se apoderaría de la gente, y el liderazgo sería otorgado a quienes ofrecieran una salida fácil, cualquiera que fuese el precio final. La situación estaba madura para la solución fascista.
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Ninguna sociedad compleja podría operar sin el funcionamiento de organismos legislativos y ejecutivos de tipo político. Un choque de intereses grupales que conduzca a la paralización de los órganos de la industria o el Estado —cualesquiera de ellos o ambos— constituía un peligro inmediato para la sociedad. Pero esto era precisamente lo que ocurría en los años veinte. Los trabajadores se atrincheraron en el parlamento, donde su número les daba un peso; los capitalistas hacían de la industria una fortaleza para dominar desde allí al país.
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La solución fascista del impasse alcanzado por el capitalismo liberal puede describirse como una reforma de la economía de mercado lograda al precio de la extirpación de todas las instituciones democráticas, en el campo industrial y en el campo político por igual. El sistema económico que estaba en peligro de destrucción se fortalecería de ese modo, mientras que la gente misma era sometida, a una reeducación destinada a desnaturalizar al individuo y volverlo incapaz de funcionar como la unidad responsable del organismo político
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Si algo caracterizó al fascismo, fue su independencia de tales manifestaciones populares. Aunque de ordinario buscaba un seguimiento masivo, su fuerza potencial no se medía por el número de sus partidarios sino por la influencia de las personas de alta posición que apoyaban a los líderes fascistas y cuya influencia en la comunidad podía darse por descontada para protegerlos de las consecuencias de una revuelta abortada, eliminando así los riesgos de la revolución.
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En ningún caso se realizó una revolución efectiva contra la autoridad constituida; las tácticas fascistas eran invariablemente las de una rebelión ficticia armada con la aprobación tácita de las autoridades que pretendían haber sido sometidas por la fuerza.
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En su lucha por el poder político, el fascismo está en entera libertad para usar o dejar de usar las cuestiones locales. Su objetivo trasciende al marco político y económico: es social. Pone una religión política al servicio de un proceso degenerativo.
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Si no se quiere que el industrialismo extinga a la humanidad, deberá subordinarse a los requerimientos de la naturaleza del hombre. La verdadera crítica de la sociedad de mercado no consiste en el hecho de que se base en la economía —en cierto sentido, toda sociedad debe tener tal base— sino que su economía se basa en el interés propio. Tal organización de la vida económica es enteramente antinatural,
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Las instituciones son materializaciones de significados y propósitos humanos.
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En cuanto a la libertad personal, existirá en la medida en que creemos deliberadamente nuevas salvaguardias para su mantenimiento y, en efecto, su extensión. En una sociedad establecida, debe protegerse institucionalmente el derecho a la disidencia. El individuo debe quedar en libertad para seguir a su conciencia sin temor a los poderes, a los que se encomiendan tareas administrativas en algún campo de la vida social.
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Cada avance hacia la integración de la sociedad debiera acompañarse así de un incremento de la libertad; los avances hacia la planeación debieran comprender el fortalecimiento de los derechos del individuo en la sociedad.
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Siempre que la opinión pública ha defendido firmemente las libertades cívicas, los tribunales o las cortes han sabido vindicar la libertad personal. Tal libertad debiera mantenerse a toda costa, incluso a costa de la eficiencia en la producción, la economía en el consumo o la racionalidad en la administración. Una sociedad industrial puede darse el lujo de ser libre.
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No puede existir ninguna sociedad en la que el poder y la compulsión estén ausentes, ni un mundo donde la fuerza no desempeñe ninguna función. Era una ilusión suponer una sociedad forjada sólo por la voluntad y el deseo del hombre. Pero éste era el resultado de una concepción de la sociedad basada en el mercado que equiparaba a la economía con las relaciones contractuales, y a éstas con la libertad.
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Mientras que el fascista renuncia a la libertad y glorifica al poder que es la realidad de la sociedad, el socialista se resigna a esa realidad y mantiene el derecho a la libertad, a pesar de ello. El hombre madura y puede existir como ser humano en una sociedad compleja.
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La resignación fue siempre la fuente del vigor y la nueva esperanza del hombre. El hombre aceptó la realidad de la muerte y construyó sobre ella el significado de su vida material. Se resignó a la verdad de que tenía un alma que perder y que eso era peor que la muerte, y fundó su libertad sobre ella. Se resigna, en nuestra época, a la realidad de la sociedad que significa el final de esa libertad.
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