La poesía de Raul Zurita parte de una lógica aplastante: describe el dolor definitivo del ser humano al ser torturado. A partir de ahí, no hace falta decir mas sobre sus poemas y el dolor y la tristeza que ofrecen como una for que se abre y se rompe y cae. Si no es para mi uno de los mejores poetas del siglo XX, si es uno de los que considero que debe ser leído inexcusablemente por la catártica experiencia que transmite su poesía: tanto en la forma, en el mensaje, en el medio que utiliza para expresarse , en el origen de la idea y en el poema total que transmite, como por el dolor y la verdad que representa.

Su poesía es tan personal e irrepetible como su propia experiencia como torturado de la dictadura chilena. Es una víctima que se salva en sus versos.
Aunque a veces, y es normal, parezca que su poesía es circular y reiterativa.

Aquí los poemas que más me han impresionado de su antología “Tu vida rompiéndose»:

 

 

La noche es el manicomio de las plantas

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Toda la vida se le fue desprendiendo como si
ella fuera los
remos que se le iban yendo de entre los dedos

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El amor que mancha de tiña
por todos los intersticios penetra y se
ilumina
por las barriadas pobres y las cholerías
como una llanura resplandeciente
donde nunca ni nadie se apaga

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Todavía humanos pidiendo sus almas se
volvían
a arrancar pedazos de carne del pecho
Igual que posesos escuchando nuevamente
gemir a
los hijos que se les habían muerto de hambre
entre
sus brazos esos brazos malditos impotentes
que
se habrían dado a sí mismos para que ellos
comieran
Hambreados de amor mirando la última
pátina de
esos rostros que se besaban mordiéndose
todavía
humanos sin ya querer controlar sus dientes
con un aura del cielo mismo inundándoles la
cara

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PERO ESCUCHA SI TÚ NO PROVIENES DE UN
BARRIO POBRE DE
SANTIAGO ES DIFÍCIL QUE ME ENTIENDAS TU
NO SABRÍAS NADA DE
LA VIDA QUE LLEVAMOS MIRA ES SIN ALIENTO
ES LA DEMENCIA ES
HACERSE PEDAZOS POR APENAS UN
MINUTO DE FELICIDAD

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Háblame, háblame, los cráteres se abren, se hunden en la piel montañosa de dos ancianos que se miran desgarradamente. Sus ángulos empiezan a fraccionarse hasta desaparecer en la ondulante sombra: son cerros de cuerpos esqueléticos empujados por palas mecánicas que se desmoronan rompiéndose en dos bocas completamente exangües. Son los mismos viejos ahora besándose por cientos de fauces abiertas que les van mordiendo como si se dijeran, no, no me dejes

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Estallan las nubes tomando el color bermellón del atardecer. Se acercan aceleradamente aguzándose hasta ser el humo que expele un bombardero antes de trasmutarse en la quebrada silueta de un insecto. Sus patas ceden y el macho cae bajo los aguijonazos de la reina deshaciéndose en agua. No es agua, es sangre. Asesinado, el padre se desmorona entre de los chillidos de miles de figuras farragosas que corren a ciegas entre bloques de edificios furiosamente bombardeados. Los bloques se inclinan aalargándose. Son las celdillas hexaédricas de un panal; desde su interior mangas de abejas salen zumbando tras la reina y desaparecen en las nubes del atardecer. Es la huida. Las nubes borbotean desplazándose. Es un río de lava
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guárdame en ti como la interrogación de las aguas que se marchan

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Y TÚ ¿ME PREGUNTASTE?
Mis brazos y mis piernas están rojos con mi
sangre y las quemaduras cruzan mi piel, pero
a
ti por caso ¿se te ocurrió preguntarme si
sufría?

Mis hijos están desaparecidos y mis restos
son
pasto de aves carroñeras y fieras Tú que lo
sabes Zurita ¿te dije alguna vez que sufría?

Mis pezones eran sólo pus y sangre y la leche
reseca ulceró mis pechos Fui encontrada
entre
dos ríos Zurita: ¿alcancé a decirte que sufría?

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PRISIÓN ESTADIO PLAYA ANCHA
-El maderamen de Chile-

Arrojados como sacos unos encima
de
otros, nos íbamos pidiendo perdón y
el dolor de nuestros propios tacos
clavándosenos recordaba que había sido un sueño el otro mundo. Las sacudidas del camión levantaban oleadas de gritos y sin embargo, con los brazos en la nuca, yo quería todavía saber a quién cortaba, qué cuerpo me había quedado debajo cómo se llamaba el que gemía encima de mí… de quién era el amor que se iba

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y entonces pegándonos pedazo con pedazo como
yagas
que se abrazan vimos las tablas donde nos
asesinaron
y cantamos y cantamos juntos como sólo puede
cantar
la noche muerta iluminada un segundo por el cielo
vivo

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Por qué el viento no me sacude a
mí como a las hojas.
ni me levanta siquiera como a las
faldas de las mujeres.
Díganme entonces por qué me morí.

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Porque se abrió el mar frente
a Chile y las aguas
arrastraron lo que fue de ti

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Los muchachos sacaron banderas
blancas en el campamento, pero
igual nos golpearon ¿Estás tú entre los
golpeados, los llorosos los muertos?
¿Estás tú también allí mi Dios durmiendo
cabeza abajo?
No hay perdón para esta nueva tierra, me
dicen y nada de lo que hagamos cambiará
la suerte que tendremos, pero yo lloro y no
despierto y mi Dios se aleja como un barco.

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No vimos nada no sentimos nada no escuchamos
nada
y era como si gritaran los témpanos flotando en el
espejo
negro del mar

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Acuérdate entonces del morado
del amanecer, de las luces del
puerto parpadeando en la costra
congelada del Pacífico, del molo
enterrado bajo los glaciares.
Las caras así, inmóviles bajo los
hielos; hombres, mujeres, niños
tirados al destripadero por estar a
la mano.
Nada hubo ni nada hay para ellos.
Es sencillo: y
yacen allí, únicamente recuérdalo.

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y al lado la
interminable
fila de prisioneros con las manos arriba como si todavía
quisieran separar el cielo y el mar

Cuando el glaciar del cielo cubrió el glaciar del
Pacífico
mientras al medio los prisioneros se iban
fundiendo con
el horizonte con los ojos ciegos ovillándose de frío
en
el cubo de la noche allí donde los témpanos del
cielo y
del mar se cierran y es sólo el frío de nuestro
corazón el
mar el cielo los cargueros de la muerte
esperándonos
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CANTO A SU AMOR DESAPARECIDO
Ahora Zurita –me largó– ya que de puro verso
y
desgarro te pudiste entrar aquí, en nuestras
pesadillas: ¿tú puedes decirme dónde está mi
hijo?

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Fue el tormento, los golpes, y en
pedazos nos rompimos. Yo alcancé
a oírte pero la luz se iba.
Te busqué entre los destrozados,
hablé contigo. Tus restos me miraron
y yo te abracé. Todo acabó. No queda nada. Pero muerta te amo y nos amamos aunque esto nadie pueda entenderlo.

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CANTO DE AMOR DE LOS PAÍSES
¿Te acuerdas chileno del primer abandono cuando
niño?
Sí, dice
¿Te acuerdas del segundo ya a los veinte y tantos?
Sí, dice
¿Sabes chileno y palomo que estamos muertos?
Sí, dice
¿Recuerdas entonces tu primer poema?
Sí, dice

dice sí, dice sí sí sí
siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiioooooooooooooooooo
ooooooooooooooeeeeeeeeeeiii
iiiiiiiiiiiiiiiiiiioooooooooooaaaaaaaaaaaaa
la
la
la
La noche canta, canta, canta, canta
Ella canta, canta, canta bajo la tierra

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AL SANTUARIO DE TODAS LAS COSAS
al color de tu sueño levantado entonces, al
horizonte que
no conoce lenguas ni las requiere, al mar en
que desaguan
los estuarios.
A ese pueblo entero que marcha en ti, que
rema en ti, y
que se mezcla con mi pueblo. A todos los
hombres que
terminan en nosotros –como en un puerto– y a
los
hombres en que nosotros terminaremos.
A los que vuelven a ver por nuestros ojos
(todos resucitan
diariamente en nuestros ojos), a esas piedras
que tocaron
otras manos y que son la razón por la que te
hablo.
A la ascensión del Pacífico en el cielo, a los
ríos que
ascienden y a mis palabras describiéndolos.
A la imagen de los ahogados flotando sobre
los Andes:
a la más bella de las imágenes en el más
vasto de los poemas.
A esa visión de nosotros mismos en que
doblados sobre
los flancos de los botes íbamos recogiendo
cuerpos
muertos. A la visión de esos cuerpos vueltos a
la vida
por el amor en nuestra memoria.
A los que hicieron de sus vidas obras de arte
(los boteros
del Yelcho) y que no están retratados en
frescos porque es el firmamento su retrato.
A la piedad, al perdón. Al viento que perdona
a las
montañas y a las rompientes que perdonan a los
roqueríos. Al Poema del Perdón escrito
pensando en
nosotros y en los que aún buscan a sus
desaparecidos
(están, créeme, están; no los ves pero están,
no los oyes
pero están).
A los que ahora están en ti, a los que ahora
hablan en ti,
a los que cantan porque viven en ti.
En fin; a la soledad, al abandono, a todo lo
precario e
indefenso que habita desde siempre en
nosotros porque
es eso lo que creó al amor y la necesidad de los
amaneceres, de los bosques, de los pedazos
de papel, de
las hojas, de la luna, del cosmos,
de los grandes poemas, de las
marejadas.

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CANTO III
Me he partido en 15 millones de sueños y
cada
sueño es un pedazo de ustedes,
un pedazo de ti.
De ti que no estás herido por ningún sueño
sino
por la realidad.
Ah mi país, largo y angosto como todos los
seres tristes y reales,
mi país como el Quijote de la Mancha que es
triste y real, como yo lo soy,
como el amor es triste, como los sentimientos
son tristes.
Ah mi país partido en 15 millones de seres
que
hoy van juntos y flotan
como un campo de nubes abrazándose sobre
las
flores,
como un campo abrazándose sobre las flores.

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CANTO IX
Recito entonces mi poema militante a toda
voz,
gritando,
mientras el demolido viento de las banderas
se agiganta,
y los cientos de miles de rostros se funden en
silencio, escuchando.
Pienso que tal vez tú también estás entre la
multitud escuchándome,
y en verdad llegué a creer que estabas
porque de pronto vi tu sombra,
algo que llegaba de treinta años atrás:
un hálito, una voz real que sólo oí de lejos,
una cara tan querida alzándose
como una bandera de humo entre las otras
banderas.

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Todos los cuerpos lanzados al mar de Chile
flotan, sus
brazos y piernas rotas, sus torsos. Se han
devuelto al
cielo y flotan.

Resucitadas olas que vuelven, hambrientos
peces que
vuelven y flotan en el viento como nubes.
Marejadas
de torsos, de brazos y piernas, retornan como
cielos
ensangrentados, como cielos del color sangre
del
atardecer. Ah el atardecer. Se dice del
atardecer y de
torbellinos de peces flotando en el cielo como
el mar.
Cruces hechas de peces para los Cristo. El
arco del
cielo de Chile cae sobre las tumbas
ensangrentadas
de Cristo para los peces. He allí tu madre. He
allí tu
hijo. Sombras caen sobre el mar. Extrañas
carnadas
de hombres caen sobre las cruces de peces en
el mar.
Viviana quiere acurrucar peces, quiere oír ese
día
claro, ese amor trunco, ese cielo fijo. Viviana
es hoy Chile. Acurruca peces bajo los salmos del
cielo.

Caen sorprendentes Cristo en poses extrañas
sobre
las cruces del mar. Sorprendentes carnadas
llueven
del cielo: llueve un último rezo, una última
pasión,
un último día bajo los cantos del cielo.
Infinitos cielos
caen en raras poses sobre el mar.

Infinitos cielos caen, infinitos cielos de piernas
rotas,
de brazos contra el cuello, de cabezas torcidas
contra
las espaldas. Caen cielo abajo en retorcidas
poses
rotas, en nubes de brazos y cielos rotos. Caen,
cantan.

He allí tu madre. He allí tu hijo.

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Yo fui apresado en la madrugada en Valparaíso pero eso no importa. Importa que necesito amor y estoy solo. Tampoco importa que los tipos hayan huido como ratas. Es la vida.

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IN MEMORIAM CON OTRO ATARDECER
Y eran miles de tipos
al atardecer ¿me
entiendes?
Yo no escribo cosas
bonitas ¿me entiendes?
Mamá gime y pide
perdón.
Ya pasó todo mamá. Yo en cada letra cago
sangre ¿me entiendes?

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Al levantarme observé que no podía mover mis brazos encostrados bajo la nieve. Kurosawa, le dije, yo era un simple vendedor de máquinas de escribir y ahora estoy muerto y nieva.

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Siéntelo entonces baby, amor: descenderemos
hasta el corazón del océano y nuestros
cuerpos
parecerán granos de arena avanzando entre las
partidas olas.

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llorando como sólo puede llorar el mar ante una orilla muerta

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Los tanques, como imborrables erratas, ya han comenzado a horadar la luz cenicienta del próximo amanecer

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ESCENA 472
El Paraíso vacío
Pero antes del final yo quería
todavía decirte algo más
de mis poemas,
contarte que abajo
sus movimientos son como
los flujos y los reflujos
del mar, escúchame Zura
yo necesitaba
todavía decirte que abajo
mis poemas son siempre el mar

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POEMAS MILITANTES
La noche muerta
…y la muchedumbre se iba
hundiendo como se
hunde la noche en la noche muerta
En la noche de las banderas muertas. 15.01.2000

Y en los bordes de la plaza nos sentábamos
a recordar nuestros cantos militantes,
mientras la muchedumbre retirándose
se nos hundía en los ojos
como la resaca un mar muerto
Y los más jóvenes nos preguntaban
¿Qué fue de los himnos, de las consignas
de los poemas anchos como el cielo
que cubrirían las calles de nuestro país?
Y rebalsada de difuntos la inmensa
noche caía como cae una piedra,
como cae una ola, como cae una plomada
muerta en la laguna feroz de la mañana

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Como
un guante, la piel empieza a desprendérsele y con
ella las
flores blancas que se van hundiendo en los
contornos de
un desierto nunca antes visto, completamente
distinto a los
otros desiertos del mundo, de un desierto infinito
de
escombros y cenizas donde todos los destinos se
hacen uno.

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CRISANTEMOS
Completamente cubierta de flores, la campiña se
va
curvando suavemente y la infinidad de sus colores
estallan inundándolo todo. Es una esplendorosa
mañana. Lentamente la imagen empieza a
acercarse
mostrando el frente radiante de los crisantemos y
luego la mancha blanca que se ha ido demarcando
entre ellos. Es la camisa de un hombre tendido que
duerme. Los tallos aplastados rodean su cuerpo
como si formaran una cuna. La imagen continúa
acercándose agrandando los contornos de las
flores
entre los que se empieza a distinguir el trozo de
una cara y a unos centímetros una fila de insectos
hurgando en la comisura de sus labios. Se advierte
entonces que, a excepción de los insectos, todo en
él permanece profundamente inmóvil, detenido. El
gigantesco borde de la flor se revienta haciéndose
uno con el tajo nacarado que cruza su cuello y en
la
mitad inferior del cuadro se empiezan a distinguir
las púas del alambre que amarra por la espalda
sus
muñecas y tobillos. El cuadro sigue
aproximándose
mostrando la extrañísima posición de sus pies en
relación a sus piernas, como si se las hubiesen
retorcido quebrándoselas hasta lo inverosímil, y
luego los amoratados dedos que se hunden en el
barro de la campiña ya casi invisible bajo la lluvia
torrencial. Es noche cerrada y el amanecer no
llega.

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la escuadra envuelta en brumas acercándose a las
petrificadas rompientes estremecedoras ilusorias
amontonadas al fondo de la roja carretera del
despertar

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a PW
Un hombre que agoniza te ha soñado, un hombre
que agoniza te ha seguido. Uno que quiso morir
contigo cuando tú quisiste morir.
Allí está mi cuerpo estrellado contra los arrecifes
cuando ahogándome te vi emerger y eternamente
cerca y eternamente lejos eras tú la inalcanzable
playa.
Todo en ti es doloroso.
Te saludo entonces y saludo a lo eterno que vive
en la derrota, a lo irremediablemente destruido,
al infinito que se levanta desde los naufragios,
porque si agua fueron nuestras vidas, piedras
fueron las desgracias.
No soy yo, son mis patrias las que te hablan: el
sonido de océano que describo, las estrellas de
la recortada noche.
Iluminada de la noche tu cara sube cubriendo
el amanecer. Abres los párpados, entre ellos
millones de hombres dejan el sueño, toman sus
autobuses, salen,
las ciudades de agua en tus ojos

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2
Suspendidas, las ciudades de agua emergían
tendiéndose
sobre la aurora y los reflejos de sus avenidas
parecían
enormes canales de luz estriando la amoratada
superficie
del cielo. Retrocedes entonces, ves el lienzo con la
imagen del cura asesinado colgando en la
parroquia de
tablas de La Victoria y luego el enjambre de casas
improvisadas, camiones con soldados y cientos de
mujeres que sostienen velas frente a ellos sin
moverse.
Las protestas que ya habían comenzado
recrudecieron
con furia y millares de velas encendidas orillaban
las
calles de tierra hasta la parroquia. Lejos de allí, la
que
era entonces mi mujer también había prendido
una frente
a nuestra puerta y pensé que tal vez se vería como
esos
fanales de los botes pescadores en la redondez
negra del
mar. Fue poco antes de que me dejara y al
amanecer las
nubes eran como ahora: primero negras, luego
violetas,
finalmente blancas. Vuelvo. Está amaneciendo. Tú
eres
mucho más joven y te acurrucas con frío bajo el
cobertor
de la cama. Los reflejos de las ciudades de agua
entran
por la ventana e infinitas líneas de luz ondean
cubriendo
las paredes. Abres los ojos, los reflejos cruzan tu
cara y
me dices que todavía es muy temprano.
Lentamente los
colores se van apoderando de las cosas y miles de
velas
apagadas comienzan a emerger como pequeñas
tripas
blancas sobre el tierral de las calles. Las nubes ya
muy
altas dejan ver un mar azul y es el mismo amanecer que
sube despacio, sin prisa, como sube una ola en un
sueño.

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la imagen se hace añicos y ahora el pelo rojo se le
pegaba a la cara con el sudor, la saliva del chillido
y las
lágrimas. Su chillido crece y veo que su pelo ha
comenzado a ralear. Le digo que aunque no
escuche
nada, que aunque ahora no oiga nada se pasa, que
ese
dolor se pasa. Yo le había rogado a ella con la misma
furia y arriba las nubes cambiaban de formas. La
que
había sido mi mujer se granula en miles de puntos
igual que el mar sobre la inmensa pared vacía.
Recuerdo
que los trenes se movían en silencio, un silencio
irreal,
blanco, como el de las nubes altas cuando se
desplazan.

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…Él dirá que comenzaste a hablarle a saltos, a
trastabillones mientras te ibas emborrachando. Él
sabe
que será un abrir y cerrar de ojos y que ella estará
muerta y tú también. La gente se pierde,
desaparece, y
es tan inesperado mirar el mar, respirar, sentir tu
propio
corazón. Vuelves a ti, a los latidos de tu corazón, y
entrevés esa infinidad de sucesivas
muchedumbres donde ni tú ni ella están…

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EL MAR
Los farellones recortaban abajo la herradura del mar y en lugar de las casas playeras edificadas en las terrazas de los acantilados, se erguían arcos y columnatas de una antigüedad indescifrable que descendían escalonadamente hasta el comienzo de la playa. El sol todavía alto le imprimía al mar una solidez radiante y cuando finalmente llegué a su orilla, la intensidad de sus tonos se abrió de golpe inundándome los ojos. Las rompientes se hacían cada vez más altas, más resplandecientes y luminosas, y sin emitir un sonido sus resacas iban y venían cubriendo la arena con infinitas líneas de colores. Hundí entonces mis pies en los bordes y vi que el mar eran llanuras y llanuras de cuerpos muertos, extensiones interminables de torsos exánimes, de vientres que ondeaban igual que paños extendiéndose hasta el horizonte, mientras más acá, siguiendo la curvatura de las rompientes, los cadáveres ascendían doblándose hasta aparecer por un segundo transparentados en la cumbre de la ola para luego derrumbarse. Eran millones de millones de caras con las bocas abiertas, infinidades de espaldas, de brazos y piernas barriendo una y otra vez la playa como si fueran cuerdas pintadas. Kurosawa, alcancé aún a gritarle, este no es un sueño, este es el mar.

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MI DIOS NO LLEGA MI DIOS NO VIENE MI DIOS NO VUELVE
Empapado chorreante de agua el Estadio Nacional
iba
emergiendo en la resaca
Con la voz de Los Prisioneros cantando “Por qué no
se van
del país” y chicos amarrados en los camarines con
las
manos en la nuca coreando de lejos esas

canciones
Mientras el amanecer se alzaba mostrando las
graderías y
en el fondo la cancha de fútbol entera cubierta de
mar y
era como un cielo de púas las olas blancas
cubriendo de
espumas los roqueríos

Cuando arrojados desde los estadios chilenos
alcanzamos
a ver los roqueríos y luego el vacío infinito del mar
Es
que los chicos nunca regresaron: tocan Los
Prisioneros
y es el dios que no regresa el dios que no viene el
dios
que no vuelve soplándonos como sopla el alba
muerta
como sopla el amor muerto como sopla la mañana
muerta frente a los despojos todavía azules de la
noche

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MI DIOS NO MIRA MI DIOS NO OYE MI DIOS NO ES
Mi dios no mira Mi dios no oye Mi dios no es y eran
aviones en fuga escribiendo en el cielo

Sobrevolando las irradiadas ciudades que iban
surgiendo
en la inmensidad del alba como lejanos sueños
olvidados
al despertar

Y son como brumosos prados que reaparecen en
un sueño
o colinas reaparecidas de pronto imágenes con
jardines
y niños que juegan a volverse cenizas bajo las
abrasadas
ciudades
Mientras los bombarderos del sueño y la locura
vuelan
sobre ellas escribiendo en el cielo Mi dios ¿por qué?
Dios mío ¿no me oyes? Amor mío ¿no me ves? Y es
la piel pavorosamente quemada de un niño el cielo
pavorosamente quemado del amanecer… Se
reporta:
miles de niños suben como pequeños soles al
amanecer
Se reporta el hongo del amanecer Se reportan
mares de ceniza y sangre bajo los cielos en fuga del
amanecer

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POEMA FINAL
Entonces, aplastando la mejilla quemada
contra los ásperos granos de este suelo pedregoso –
como un buen sudamericano–
alzaré por un minuto más mi cara hacia el cielo
llorando
porque yo que creí en la felicidad
habré vuelto a ver de nuevo las irrefutables
estrellas