La Era de la revolución – 1789-1848 – es el primer título de la trilogía con la que Hobsbawm interpreta la realidad histórica que va desde las revoluciones del siglo XVIII a la era del imperio y el capital de hoy en día. Historiador riguroso y sabio, marxista revisionista del comunismo de la URSS desde la invasión de Hungría por parte de esta , profesor de historia en el Birkbeck College de la universidad de Londres y articulista en Marxism Today, es uno de los más importantes hostiriadores ingleses de todos los tiempos.

Y un crítico implacable del capitalismo liberal y todo el terror que ofrece.

Aquí las notas de mi lectura:

Ninguna de las innovaciones de la Revolución industrial encendería las imaginaciones como el ferrocarril,

El ferrocarril constituía el gran triunfo del hombre por medio de la técnica.

desde el punto de vista del que estudia el desarrollo económico, el inmenso apetito de los ferrocarriles, apetito de hierro y acero, de carbón y maquinaria pesada, de trabajo e inversiones de capital, fue más importante en esta etapa. Aquella enorme demanda era necesaria para que las grandes industrias se transformaran tan profundamente como lo había hecho la del algodón. En las dos primeras décadas del ferrocarril (1830-1850), la producción de hierro en Gran Bretaña ascendió de 680 000 a 2 250 000 toneladas, es decir, se triplicó. También se triplicó en aquellos veinte años —de 15 a 49 millones de toneladas— la producción de carbón.

el conjunto de la clase media, que formaba el núcleo principal de inversionistas, era ahorrativo más bien que derrochador, aunque en 1840 había muchos síntomas de que se sentía lo suficientemente rico para gastar tanto como invertía. Sus mujeres empezaron a convertirse en «damas» instruidas por los manuales de etiqueta que se multiplicaron en aquella época; empezaron a construir sus capillas en pomposos y costosos estilos, e incluso comenzaron a celebrar su gloria colectiva construyendo esos horribles ayuntamientos y otras monstruosidades civiles, imitaciones góticas o renacentistas, cuyo costo exacto y napoleónico registraban con orgullo los cronistas municipales[53]. Una sociedad moderna próspera o socialista no habría dudado en emplear algunas de aquellas vastas sumas en instituciones sociales. Pero en nuestro período nada era menos probable. Virtualmente libres de impuestos, las clases medias continuaban acumulando riqueza en medio de una población hambrienta, cuya hambre era la contrapartida de aquella acumulación.

Investigar el impulso para la industrialización constituye sólo una parte de la tarea del historiador. La otra es estudiar la movilización y el despliegue de los recursos económicos, la adaptación de la economía y la sociedad exigida para mantener la nueva y revolucionaria ruta. El primer factor, y quizá el más crucial que hubo de movilizarse y desplegarse, fue el trabajo, pues una economía industrial significa una violenta y proporcionada disminución en la población agrícola (rural) y un aumento paralelo en la no agrícola (urbana), y casi seguramente (como ocurrió en la época a que nos referimos) un rápido aumento general de toda la población. Lo cual implica también un brusco aumento en el suministro de alimentos, principalmente agrarios; es decir, «una revolución agrícola

El gran aumento de producción que permitió a la agricultura británica en 1830-1841) proporcionar el 98 por 100 de la alimentación a una población entre dos y tres veces mayor que la de mediados del siglo XVIII[58], se alcanzó gracias a la adopción general de métodos descubiertos a principios del siglo anterior para la racionalización y expansión de las áreas de cultivo. Pero todo ello se logró por una transformación social más bien que técnica: por la liquidación de los cultivos comunales medievales con su campo abierto y pastos comunes (el «movimiento de cercados»), de la petulancia de la agricultura campesina y de las caducas actitudes anticomerciales respecto a la tierra. Gracias a la evolución preparatoria de los siglos XVI al XVIII, esta única solución radical del problema agrario, que hizo de Inglaterra un país de escasos grandes terratenientes, de un moderado número de arrendatarios rurales y de muchos labradores jornaleros, se consiguió con un mínimum de perturbaciones, aunque intermitentemente se opusieran a ella no sólo las desdichadas clases pobres del campo, sino también la tradicionalista clase media rural.

En términos de productividad económica; esta transformación social fue un éxito inmenso; en términos de sufrimiento humano, una tragedia, aumentada por la depresión agrícola que después de 1815 redujo al pobre rural a la miseria más desmoralizadora.

todo trabajador tiene que aprender a trabajar de una manera conveniente para la industria, por ejemplo, con arreglo a un ritmo diario ininterrumpido, completamente diferente del de las estaciones en el campo, o el del taller manual del artesano independiente. También tiene que aprender a adaptarse a los estímulos pecuniarios. Los patronos ingleses entonces, como ahora los surafricanos, se quejaban constantemente de la «indolencia» del trabajador o de su tendencia a trabajar hasta alcanzar el tradicional salario semanal y luego detenerse. La solución se encontró estableciendo una disciplina laboral draconiana (en un código de patronos y obreros que inclinaba la ley del lado de los primeros, etc.), pero sobre todo en la práctica —donde era posible— de retribuir tan escasamente al trabajador que éste necesitaba trabajar intensamente toda la semana para alcanzar unos salarios mínimos (véanse pp. 203-204). En las fábricas, en donde el problema de la disciplina laboral era más urgente, se consideró a veces más conveniente el empleo de mujeres y niños, más dúctiles y baratos que los hombres, hasta el punto de que en los telares algodoneros de Inglaterra, entre 1834 y 1847, una cuarta parte de los trabajadores eran varones adultos, más de la mitad mujeres y chicas y el resto muchachos menores de dieciocho años[64].

De modo más específico, las peticiones del burgués de 1789 están contenidas en la famosa Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de aquel año. Este documento es un manifiesto contra la sociedad jerárquica y los privilegios de los nobles, pero no en favor de una sociedad democrática o igualitaria. «Los hombres nacen y viven libres e iguales bajo las leyes», dice su artículo primero; pero luego se acepta la existencia de distinciones sociales «aunque sólo por razón de la utilidad común». La propiedad privada era un derecho natural sagrado, inalienable e inviolable.

Ni la asamblea representativa, que se preconiza como órgano fundamental de gobierno, tenía que ser necesariamente una asamblea elegida en forma democrática, ni el régimen que implica había de eliminar por fuerza a los reyes. Una monarquía constitucional basada en una oligarquía de propietarios que se expresaran a través de una asamblea representativa, era más adecuada para la mayor parte de los burgueses liberales que la república democrática,

Pero, en conjunto, el clásico liberal burgués de 1789 (y el liberal de 1789-1848) no era un demócrata, sino un creyente en el constitucionalismo, en un Estado secular con libertades civiles y garantías para la iniciativa privada, gobernado por contribuyentes y propietarios. Sin embargo, oficialmente, dicho régimen no expresaría sólo sus intereses de clase, sino la voluntad general «del pueblo», al que se identificaba de manera significativa con «la nación francesa».

el primer choque directo revolucionario. Unas seis semanas después de la apertura de los Estados Generales, los comunes, impacientes por adelantarse a cualquier acción del rey, de los nobles y el clero, constituyeron (con todos cuantos quisieron unírseles) una Asamblea Nacional con derecho a reformar la Constitución. Una maniobra contrarrevolucionaria los llevó a formular sus reivindicaciones en términos de la Cámara de los Comunes británica. El absolutismo terminó cuando Mirabeau, brillante y desacreditado exnoble, dijo al rey: «Señor, sois un extraño en esta Asamblea y no tenéis derecho a hablar en ella[74]». El tercer estado triunfó frente a la resistencia unida del rey y de los órdenes privilegiados, porque representaba no sólo los puntos de vista de una minoría educada y militante, sino los de otras fuerzas mucho más poderosas: los trabajadores pobres de las ciudades, especialmente de París, así como el campesinado revolucionario. Pero lo que transformó una limitada agitación reformista en verdadera revolución fue el hecho de que la convocatoria de los Estados Generales coincidiera con una profunda crisis económica y social.

En época de revolución nada tiene más fuerza que la caída de los símbolos. La toma de la Bastilla, que convirtió la fecha del 14 de julio en la fiesta nacional de Francia, ratificó la caída del despotismo y fue aclamada en todo el mundo como el comienzo de la liberación.

La peculiaridad de la Revolución francesa es que una parte de la clase media liberal estaba preparada para permanecer revolucionaria hasta el final sin alterar su postura: la formaban los «jacobinos», cuyo nombre se dará en todas partes a los partidarios de la «revolución radical».

la revolución obtuvo su manifiesto formal, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano.

En la Revolución francesa, la clase trabajadora —e incluso éste es un nombre inadecuado para el conjunto de jornaleros, en su mayor parte no industriales— no representaba todavía una parte independiente significativa. Hambrientos y revoltosos, quizá lo soñaban; pero en la práctica seguían a jefes no proletarios. El campesinado nunca proporciona una alternativa política a nadie; si acaso, de llegar la ocasión, una fuerza casi irresistible o un objetivo casi inmutable. La única alternativa frente al radicalismo burgués (si exceptuamos pequeños grupos de ideólogos o militantes inermes cuando pierden el apoyo de las masas) eran los sans-culottes, un movimiento informe y principalmente urbano de pobres trabajadores, artesanos, tenderos, operarios, pequeños empresarios, etc. Los sans-culottes estaban organizados, sobre todo en las «secciones» de París y en los clubes políticos locales, y proporcionaban la principal fuerza de choque de la revolución: los manifestantes más ruidosos, los amotinados, los constructores de barricadas. A través de periodistas como Marat y Hébert, a través de oradores locales, también formulaban una política, tras la cual existía una idea social apenas definida y contradictoria, en la que se combinaba el respeto a la pequeña propiedad con la más feroz hostilidad a los ricos, el trabajo garantizado por el gobierno, salarios y seguridad social para el pobre, en resumen, una extremada democracia igualitaria y libertaria, localizada y directa.

Pero el «sans-culottismo» no presentaba una verdadera alternativa. Su ideal, un áureo pasado de aldeanos y pequeños operarios o un futuro dorado de pequeños granjeros y artesanos no perturbados por banqueros y millonarios, era irrealizable. La historia lo condenaba a muerte.

Entre 1789 y 1791 la burguesía moderada victoriosa, actuando a través de la que entonces se había convertido en Asamblea Constituyente, emprendió la gigantesca obra de racionalización y reforma de Francia que era su objetivo. La mayoría de las realizaciones duraderas de la revolución datan de aquel período, como también sus resultados internacionales más sorprendentes, la instauración del sistema métrico decimal y la emancipación de los judíos. Desde el punto de vista económico, las perspectivas de la Asamblea Constituyente eran completamente liberales: su política respecto al campesinado fue el cercado de las tierras comunales y el estímulo a los empresarios rurales; respecto a la clase trabajadora, la proscripción de los gremios; respecto a los artesanos, la abolición de las corporaciones. Dio pocas satisfacciones concretas a la plebe, salvo, desde 1790, la de la secularización y venta de las tierras de la Iglesia (así como las de la nobleza emigrada), que tuvo la triple ventaja de debilitar el clericalismo, fortalecer a los empresarios provinciales y aldeanos, y proporcionar a muchos campesinos una recompensa por su actividad revolucionaria.

Napoleón sólo destruyó una cosa: la revolución jacobina, el sueño de libertad, igualdad y fraternidad y de la majestuosa ascensión del pueblo para sacudir el yugo de la opresión. Sin embargo, éste era un mito más poderoso aún que el napoleónico, ya que, después de la caída del emperador, sería ese mito, y no la memoria de aquél, el que inspiraría las revoluciones del siglo XIX, incluso en su propio país.

La revolución consiguió una superioridad militar sin precedentes, que el soberbio talento militar de Napoleón explotaría. Pero siempre conservó algo de «leva improvisada» en la que los reclutas apenas instruidos adquirían veteranía y moral a fuerza de fatigas, se desdeñaba la verdadera disciplina castrense, los soldados eran tratados como hombres y los ascensos por méritos (es decir, la distinción en la batalla) producían una simple jerarquía de valor.

Napoleón ganaba las batallas, pero sus mariscales tendían a perderlas. Su esbozado sistema de intendencia, suficiente en los países ricos y propicios para el saqueo —Bélgica, el norte de Italia y Alemania— en que se inició, se derrumbaría, como veremos, en los vastos territorios de Polonia y de Rusia. Su total carencia de servicios sanitarios multiplicaba las bajas: entre 1800 y 1815 Napoleón perdió el 40 por 100 de sus fuerzas

el ejército fue una carrera como otra cualquiera de las muchas que la revolución burguesa había abierto al talento, y quienes consiguieron éxito en ella tenían un vivo interés en la estabilidad interna, como el resto de los burgueses. Esto fue lo que convirtió al ejército, a pesar de su jacobinismo inicial, en un pilar del gobierno postermidoriano, y a su jefe Bonaparte en el personaje indicado para concluir la revolución burguesa y empezar el régimen burgués.

El mito napoleónico se basó menos en los méritos de Napoleón que en los hechos, únicos entonces, de su carrera. Los grandes hombres conocidos que estremecieron al mundo en el pasado habían empezado siendo reyes, como Alejandro Magno, o patricios, como Julio César. Pero Napoleón fue el «petit caporal» que llegó a gobernar un continente por su propio talento personal. (Esto no es del todo cierto, pero su ascensión fue lo suficientemente meteórica y alta para hacer razonable la afirmación).

en todo sistema permanente de estados en rivalidad y tensión constante, la enemistad de A implica la simpatía de anti-A.

Como hemos visto, los métodos del ejército francés eran eficacísimos para campañas rápidas en zonas lo suficientemente ricas y pobladas para permitirle vivir sobre el terreno. Pero lo logrado en Lombardía o en Renania —en donde se ensayaron primeramente esos procedimientos—, factible todavía en la Europa central, fracasó de manera absoluta en los vastos, vacíos y empobrecidos espacios de Polonia y de Rusia. Napoleón fue derrotado no tanto por el invierno ruso como por su fracaso en el adecuado abastecimiento de la Grande Armée.

En tan críticas circunstancias, la coalición final contra los franceses se formó no sólo con sus antiguos enemigos y víctimas, sino con todos los impacientes por uncirse al carro del que ahora se veía con claridad que iba a ser el vencedor: sólo el rey de Sajonía aplazó su adhesión para más tarde. En una nueva y feroz batalla, el ejército francés fue derrotado en Leipzig (1813), y los aliados avanzaron inexorablemente por tierras de Francia, a pesar de las deslumbrantes maniobras de Napoleón, mientras los ingleses las invadían desde la península. París fue ocupado y el emperador abdicó el 6 de abril de 1814. Intentó restaurar su poder en 1815, pero la batalla de Waterloo, en junio de aquel año, acabó con él para siempre.

La relativa monotonía de los éxitos franceses hace innecesario hablar con detalle de las operaciones militares de la guerra terrestre. En 1793-1794 las tropas francesas salvaron la revolución. En 1794-1795 ocuparon los Países Bajos, Renania y zonas de España, Suiza, Saboya y Liguria. En 1796, la famosa campaña de Italia de Napoleón les dio toda Italia y rompió la Primera Coalición contra Francia. La expedición de Napoleón a Malta, Egipto y Siria (1797-1799) fue aislada de su base por el poderío naval de los ingleses, y, en su ausencia, la Segunda Coalición expulsó a los franceses de Italia y los rechazó hacia Alemania. La derrota de los ejércitos aliados en Suiza (batalla de Zurich en 1799) salvó a Francia de la invasión, y pronto, después de la vuelta de Napoleón y su toma de poder, los franceses pasaron otra vez a la ofensiva. En 1801 habían impuesto la paz a los aliados continentales, y en 1802 incluso a los ingleses. Desde entonces, la supremacía francesa en las regiones conquistadas o controladas en 1794-1798 fue indiscutible. Un renovado intento de lanzar la guerra contra Francia, en 1805-1807, sirvió para llevar la influencia francesa hasta las fronteras de Rusia. Austria fue derrotada en 1805 en la batalla de Austerlitz (en Moravia) y hubo de firmar una paz impuesta. Prusia, que entró por separado y más tarde en la contienda, fue destrozada a su vez en las batallas de Jena y Auerstadt, en 1806, y desmembrada. Rusia, aunque derrotada en Austerlitz, machacada en Eylau (1807) y vuelta a batir en Friedland (1807), permaneció intacta como potencia militar. El tratado de Tilsit (1807) la trató con justificado respeto, pero estableció la hegemonía francesa sobre el resto del continente, con la excepción de Escandinavia y los Balcanes turcos. Una tentativa austríaca de sacudir el yugo de 1809 fue sofocada en las batallas de Aspem-Essling y Wagram. Sin embargo, la rebelión de los españoles en 1808, contra el deseo de Napoleón de imponerles como rey a su hermano José Bonaparte, abrió un campo de operaciones a los ingleses y mantuvo una constante actividad militar en la península,

la Revolución francesa terminó la Edad Media europea. El característico Estado moderno, que se venía desarrollando desde hacía varios siglos, es una zona territorial coherente e indivisa, con fronteras bien definidas, gobernada por una sola autoridad soberana conforme a un solo sistema fundamental de administración y ley. (Desde la Revolución francesa también se supone que representa a una sola «nación» o grupo lingüístico, pero en aquella época un Estado territorial soberano no suponía esto forzosamente). El característico Estado feudal europeo, aunque a veces lo pareciera, como, por ejemplo, la Inglaterra medieval, no exigía tales condiciones. Su patrón era mucho más el «estado» en el sentido de propiedad.

Ahora se sabía que la revolución en un único país podía ser un fenómeno europeo; que sus doctrinas podían difundirse más allá de las fronteras, y —lo que era peor— sus ejércitos, convertidos en cruzados de la causa revolucionaria, barrer los sistemas políticos del continente. Ahora se sabía que la revolución social era posible; que las naciones existían como algo independiente de los estados, los pueblos como algo independiente de sus gobernantes, e incluso que los pobres existían como algo independiente de las clases dirigentes. «La Revolución francesa —había observado el reaccionario De Bonald en 1796— es un acontecimiento único en la historia.»

Entre las innovaciones técnicas debidas a las guerras revolucionarias y napoleónicas, figuran la creación de la industria remolachera en el continente (para sustituir al azúcar de caña que se importaba de las Indias Occidentales) y la de la conservera (que surgió de la necesidad de la escuadra inglesa de contar con alimentos que pudieran conservarse indefinidamente a bordo de los barcos).

las izquierdas europeas compartían un cuadro de lo que sería la revolución, derivado de la de 1789, con pinceladas de la de 1830. Habría una crisis en los asuntos políticos del Estado, que conduciría a una insurrección. (La idea carbonaria de un golpe de una minoría selecta o un alzamiento organizado, sin referencias al clima general político o económico estaba cada vez más desacreditada, salvo en los países ibéricos, sobre todo, por el ruidoso fracaso de varios intentos de esa clase en Italia —por ejemplo, en 1833-1834 y 1841-1845— y de putsches como los preparados en 1836 por Luis Bonaparte, sobrino del emperador). Se alzarían barricadas en la capital; los revolucionarios se apoderarían del palacio real, el Parlamento o (como querían los extremistas, que se acordaban de 1792) él ayuntamiento, izarían en ellos la bandera tricolor y proclamarían la república y un gobierno provisional. El país, entonces, aceptaría el nuevo régimen.

Lo que ocurriera después, pertenecía a la era posrevolucionaria, para la cual, también los acontecimientos de Francia, en 1792-1799, proporcionaban abundantes y concretos modelos de lo que había que hacer y lo que había que evitar. Las inteligencias de los más jacobinos entre los revolucionarios se inclinaban, naturalmente, hacia los problemas de la salvaguardia de la revolución contra los intentos de los contrarrevolucionarios nacionales o extranjeros para aniquilarla. En resumen, puede decirse que la extrema izquierda política estaba decididamente a favor del principio (jacobino) de centralización y de un fuerte poder ejecutivo, frente a los principios (girondinos) de federalismo, descentralización y división de poderes.

Como el fascismo en la década de 1930, el absolutismo en las de 1830 y 1840 confinaba a sus enemigos. Entonces, como un siglo después, el comunismo que trataba de explicar y hallar soluciones a la crisis social del mundo, atraía a los militantes y a los intelectuales meramente curiosos a su capital —París—, añadiendo una nueva y grave fascinación a los encantos más ligeros de la ciudad («Si no fuera por las mujeres francesas, la vida no valdría la pena de vivirse. Mais tant qu’il y a des grísettes, va![133]»). En aquellos centros de refugio los emigrados formaban esa provisional —pero con frecuencia permanente— comunidad del exilio, mientras planeaban la liberación de la humanidad. No siempre les gustaba o aprobaban lo que hacían los demás, pero los conocían y sabían que su destino era el mismo. Juntos preparaban la revolución europea, que se produciría —y fracasaría— en 1848.

Un factor accidental que reforzaría el internacionalismo de 1830-1848, fue el exilio. La mayor parte de los militantes de las izquierdas continentales estuvieron expatriados durante algún tiempo, muchos durante décadas, reunidos en las relativamente escasas zonas de refugio o asilo: Francia, Suiza y bastante menos Inglaterra y Bélgica.

Los grandes partidarios del nacionalismo mesocrático en aquella etapa eran los componentes de los estratos medio y bajo de los profesionales, administrativos e intelectuales, es decir, las clases educadas. (Estas clases, naturalmente, no eran distintas de las clases de negociantes, especialmente en los países retrógrados en donde los administradores de fincas, notarios, abogados, etc., figuraban entre los acumuladores de riqueza rural). Para precisar: la vanguardia de la clase media nacionalista libraba su batalla a lo largo de la línea que señalaba el progreso educativo de gran número de «hombres nuevos» dentro de zonas ocupadas antaño por una pequeña elite.

la gran masa de europeos y de no europeos permanecía sin instruir. En realidad, excepto los alemanes, los holandeses, los escandinavos, los suizos y los ciudadanos de los Estados Unidos, ningún pueblo podía considerarse alfabetizado en 1840.

el hecho de que el nacionalismo estuviera representado por las clases medias y acomodadas, era suficiente para hacerlo sospechoso a los hombres pobres.

sobre la mayor parte del mundo, hasta 1820-1830, apenas se producían movimientos migratorios, salvo por motivos de movilización militar o hambre, o en los grupos tradicionalmente

sobre la mayor parte del mundo, hasta 1820-1830, apenas se producían movimientos migratorios, salvo por motivos de movilización militar o hambre, o en los grupos tradicionalmente migratorios como los de los campesinos del centro de Francia, que se desplazaban para trabajos estacionales al norte, o los artesanos viajeros alemanes.

sólo en Grecia todo un pueblo se alzó contra el opresor en una forma que podía identificarse con la causa de la izquierda europea. Y, a su vez, el apoyo de esa izquierda europea, encabezada por el poeta Byron, que moriría allí, sería una considerable ayuda para el triunfo de la independencia griega.

Lo que sucediera a la tierra determinaba la vida y la muerte de la mayoría de los seres humanos entre los años 1789 y 1848. Como consecuencia, el impacto de la doble revolución sobre la propiedad, la posesión y el cultivo de la tierra, fue el fenómeno más catastrófico de nuestro período.

la tierra tenía que convertirse en objeto de comercio, ser poseída por propietarios privados con plena libertad para comprarla y venderla. En segundo lugar, tenía que pasar a ser propiedad de una clase de hombres dispuestos a desarrollar los productivos recursos de la tierra para el mercado guiados por la razón, es decir, conocedores de sus intereses y de su provecho. En tercer lugar, la gran masa de la población rural tenía que transformarse, al menos en parte, en jornaleros libres y móviles que sirvieran al creciente sector no agrícola de la economía.

Dos grandes obstáculos aparecían en el camino de la reforma, y ambos requerían una acción combinada política y económica: los terratenientes precapitalistas y el campesinado tradicional. Frente a ellos los más radicales fueron los ingleses y los norteamericanos, que eliminaron al mismo tiempo a ambos.

Consistió en convertir a los terratenientes feudales en granjeros capitalistas y a los siervos en labradores asalariados.

La solución norteamericana dependía del hecho insólito de un aumento de tierras libres virtualmente ilimitado y también de la falta de todo antecedente de relaciones feudales o de tradicional colectivismo campesino. El único obstáculo para la extensión del cultivo puramente individual era el de las tribus de pieles rojas, cuyas tierras —normalmente garantizadas por tratados con los gobiernos francés, inglés y norteamericano— pertenecían a la colectividad, a menudo como cotos de caza.

Los indios nómadas y primitivos no eran el único pueblo que no comprendía el racionalismo burgués e individualista a propósito de la tierra ni lo deseaba. De hecho, y con la excepción de minorías ilustradas y los campesinos fuertes y sensatos, la gran masa de la población rural, desde el gran señor feudal hasta el más humilde pastor, coincidían en abominar de él. Sólo una revolución político-legal dirigida contra los señores y los campesinos tradicionalistas, podía establecer las condiciones para que la minoría racionalista se convirtiera en mayoría.

su primer objetivo era hacer de la tierra una mercancía. Había que abolir los mayorazgos y demás prohibiciones de venta o dispersión que afectaban a las grandes propiedades de la nobleza y someter a los terratenientes al saludable castigo de la bancarrota por incompetencia económica, lo que permitiría a otros compradores más competentes apoderarse de ellas. Sobre todo en los países católicos y musulmanes (los protestantes lo habían hecho ya tiempo atrás), había que arrancar la gran extensión de tierras eclesiásticas del reino gótico de una superstición antieconómica y abrirlas al mercado y a la explotación racional. Les esperaba la secularización y venta. Otras grandes extensiones de propiedad comunal —y por ello mal utilizadas—, como pastos, tierras y bosques, tenían que hacerse accesibles a la actividad individual. Les esperaba la división en lotes individuales y «cercados». No era dudoso que los nuevos adquirientes tuvieran el espíritu de iniciativa y laboriosidad necesarios para lograr el segundo objetivo de la revolución agraria.

el tercer objetivo, la creación de una vasta fuerza laboral «libre», compuesta por todos los que no habían podido convertirse en burgueses. La liberación del campesino de lazos y deberes no económicos (villanaje, servidumbre, pagos a los señores, trabajo forzado, esclavitud, etc.), era, por tanto, esencial también. Esto tendría una ventaja adicional y crucial. Pues el jornalero libre, abierto al incentivo de mayores ganancias, demostraría ser un trabajador más eficiente que el labrador forzado, fuera siervo, peón o esclavo. Sólo una condición ulterior tenía que cumplirse. El grandísimo número de los que ahora vegetaban sobre la tierra a la que toda la historia humana les ligaba, pero que, si eran explotados productivamente, resultarían un exceso de población[155], tenían que ser arrancados de sus raíces y autorizados a trasladarse libremente. Sólo así emigrarían a las ciudades y fábricas en las que sus músculos eran cada vez más necesarios. En otras palabras: los campesinos tenían que perder su tierra a la vez que los demás lazos.

La ley de pobres de 1834 se dictó para hacer la vida tan insoportable a los pobres rurales que les obligase a emigrar y aceptar los empleos que se les ofrecían, cosa que empezaron a hacer pronto. En la década 1840-1850 varios condados se encontraban ya al borde de una absoluta pérdida de población, y desde 1850 el éxodo del campo se hizo general.

En España, las liberales y antifrancesas Cortes de Cádiz abolieron en 1811 el feudalismo y en 1813 ciertos mayorazgos. Pero, por lo general, fuera de las zonas profundamente transformadas por su larga incorporación a Francia, la vuelta de los antiguos regímenes aplazó la aplicación práctica de esos principios.

la emancipación en Prusia le concedía los dos tercios o la mitad de la tierra que ya habían cultivado y le liberaba del trabajo forzoso y otros tributos, pero le privaba en cambio del derecho a la ayuda del señor en tiempos de mala cosecha o plagas del ganado; del derecho a cortar o comprar barata la leña en el bosque del señor; del derecho a la ayuda del señor para reparar o reconstruir su casa; del derecho, en caso de extrema pobreza, a pedir la ayuda del señor para pagar los impuestos; del derecho a que sus animales pastaran en el bosque del señor. Para el campesino pobre, esto parecía un contrato casi leonino. La propiedad de la Iglesia podía haber sido ineficiente, pero este hecho favorecía a los campesinos, ya que así su costumbre tendía a convertirse en derecho de prescripción. La división y cercado de los campos, pastos y bosques comunales, privaba a los campesinos pobres de recursos y reservas a los que creían tener derecho, como parte de la comunidad que eran. El mercado libre de la tierra significaba que, probablemente, tendrían que vender las suyas; la creación de una clase de empresarios rurales suponía que los más audaces y más listos los explotarían en vez —o además— de los antiguos señores. Al mismo tiempo, la introducción del liberalismo en la tierra era como una especie de bombardeo silencioso que conmovía la estructura social en la que siempre habían vivido y no dejaba en su sitio más que a los ricos: una soledad llamada libertad.

Pero los pronósticos no son realizaciones, por lo que en la década 1840-1850 la transformación industrial del mundo que no hablaba inglés era muy modesta todavía. Por ejemplo, en 1850 había un total de poco más de doscientos kilómetros de vías férreas en España, Portugal, Escandinavia, Suiza y toda la Península Balcánica, y menos todavía en todos los continentes no europeos juntos, con excepción de los Estados Unidos. Salvo Inglaterra y algunos pocos territorios fuera de ella, el mundo económico y social de 1840 no parecía muy diferente del de 1788. La mayor parte de la población del mundo seguía siendo campesina. En 1830 sólo había una ciudad industrial de más de un millón de habitantes (Londres), una de más de medio millón (París) y, fuera de Inglaterra, sólo diecinueve ciudades europeas de más de cien mil.

muy pocos países llevaban a cabo antes del siglo XIX el censo de sus habitantes, y los que lo hacían distaban de alcanzar la exactitud

El resultado principal de la revolución en Francia fue el de poner fin a una sociedad aristocrática. No a la «aristocracia» en el sentido de jerarquía de estado social distinguida por títulos y otras marcas visibles de exclusividad,

Con toda probabilidad, en 1750 el hijo de un encuadernador hubiera seguido el negocio de su padre. Ahora no ocurría así. Ahora se abrían ante él cuatro caminos que conducían hasta las estrellas: negocios, estudios universitarios (que a su vez llevaban a las tres metas de la administración pública, la política y las profesiones liberales), arte y milicia. El último, muy importante en Francia durante el período revolucionario y napoleónico, perdió mucho de su significado durante las largas generaciones de paz que se sucedieron,

Sin embargo, la situación del probo funcionario o trabajador de camisa limpia era, aunque modesta, muy superior a la del trabajador humilde. Su trabajo no exigía esfuerzo físico. Sus manos limpias y su cuello blanco lo colocaban, simbólicamente, al lado de los ricos. Le rodeaba el halo mágico de la autoridad pública. Ante él, los hombres y las mujeres formaban colas para inscribir u obtener los documentos que registraban sus vidas; les atendía o les rechazaba; les aconsejaba lo que debían o no debían hacer. En los países más atrasados

El mundo de la clase media estaba abierto para todos. Los que no lograban cruzar sus umbrales demostraban una falta de inteligencia personal, de fuerza moral o de energía que automáticamente los condenaba; o en el mejor de los casos, una herencia histórica o radical que debería invalidarles eternamente, como si ya hubieran hecho uso para siempre de sus oportunidades. El período que culminó a mediados del siglo XIX fue, por tanto, una época de dureza sin igual, no sólo porque la pobreza que rodeaba a la respetabilidad de la clase media era tan espantosa que los nativos ricos preferían no verla, dejando que sus horrores causaran impacto sólo en los visitantes extranjeros (como hoy los horrores de los suburbios indios), sino también porque los pobres, como los bárbaros del exterior, eran tratados como si no fueran seres humanos. Si su destino era ser obreros industriales, no pasaban de ser una masa que arrojar en el molde de la disciplina por la pura coacción, que aumentaba con la ayuda del Estado la ya draconiana disciplina de la fábrica.

El desarrollo urbano en nuestro período fue un gigantesco proceso de segregación de clases, que empujaba a los nuevos trabajadores pobres a grandes concentraciones de miseria alejadas de los centros del gobierno y los negocios, y de las nuevas zonas residenciales de la burguesía. La casi universal división de las grandes ciudades europeas en un «hermoso» oeste y un «mísero» éste, se desarrolló en este período[245].

La novedad y rapidez del cambio social que los absorbía, incitó a los trabajadores a pensar en los términos de una sociedad completamente distinta, basada en sus experiencias e ideas opuestas a las de sus opresores. Sería cooperativa y no competidora, colectivista y no individualista. Sería «socialista». Y representaría no el eterno sueño de la sociedad libre, que los pobres siempre llevan en lo recóndito de su mente pero en lo que sólo piensan en las raras ocasiones de una revolución social general, sino una alternativa permanente y practicable al presente sistema.

En los países protestantes la situación era distinta. En ellos el impacto de la sociedad comercial e individualista era más fuerte (al menos en Inglaterra y los Estados Unidos) y la tradición sectaria estaba ya bien establecida. Su insistencia en la comunicación individual entre el hombre y Dios, tanto como su austeridad moral, la hacían atractiva para los pequeños empresarios y negociantes. Su implacable teología del infierno y la condenación y de una austera salvación personal la hacía atractiva también para los hombres que vivían unas vidas difíciles en un medio ambiente durísimo, como los habitantes en zonas fronterizas y los navegantes, los pequeños cultivadores individuales, los mineros y los obreros explotados. La secta podía convertirse sin dificultad en una asamblea democrática e igualitaria de fieles sin jerarquía social o religiosa, por lo que seducía a los hombres vulgares. Su hostilidad a un ritual elaborado y a una doctrina erudita estimulaba a los que gustaban de la predicación y la profecía.

A las monarquías y las aristocracias, como a todos los que se encontraban en lo más alto de la pirámide social, la religión proporcionaba la estabilidad anhelada. Habían aprendido de la Revolución francesa que la Iglesia es el más fuerte apoyo del trono. Los pueblos creyentes e iletrados como los italianos del Sur, los españoles, los tiroleses y los rusos se levantaron en armas para defender a su Iglesia y a sus gobernantes contra los extranjeros, los infieles y los revolucionarios, bendecidos y en algunos casos guiados por sus sacerdotes. Las gentes creyentes e incultas vivían contentas en la pobreza a que Dios las había destinado bajo los gobiernos que la Providencia les señalara, sencilla, moral y ordenadamente, manteniéndose inmunes a los subversivos efectos de la razón.

En resumen, para el liberalismo clásico, el mundo humano estaba formado por átomos individuales con ciertas pasiones y necesidades, cada uno de los cuales buscaba por encima de todo las máximas satisfacciones y las mínimas contrariedades, igual en esto a todos los demás[291] y no reconociendo «naturalmente» límites o derechos de interferencia en sus pretensiones. En otras palabras, cada hombre estaba «naturalmente» poseído de vida, libertad y afán de felicidad, como afirmaba la Declaración Americana de Independencia, aunque los pensadores liberales más lógicos preferían no incluir esto en el léxico de los «derechos naturales». En su deseo de satisfacer sus propios intereses, cada individuo, en esta anarquía de competidores iguales, encontraba útil o ventajoso entablar ciertas relaciones con otros individuos, y este complejo de útiles tratos —a menudo expresados con el franco término comercial de «contrato»— constituía la sociedad y los grupos políticos o sociales. Claro que tales tratos y asociaciones implicaban alguna disminución de la naturalmente ilimitada libertad del hombre para hacer lo que quisiera, siendo una de las misiones de la política reducir tales interferencias al mínimum practicable.

la ideología liberal. Su época de apogeo es un poco anterior a la del período que estudiamos aquí. La publicación en 1776 de la obra de Adam Smith (1723-1790) Wealth of Nations («La riqueza de las naciones») señala su comienzo; la de los Principies of Political Economy de David Ricardo (1792-1823) en 1817, su cima, y 1830 el principio de su decadencia o transformación. No obstante, su versión vulgarizada seguiría ganando adeptos entre los hombres de negocios durante nuestro período.

La argumentación social de la economía política de Adam Smith era a la vez elegante y consoladora. Es verdad que la humanidad consistía esencialmente en individuos soberanos de cierta constitución psicológica que persiguen su propio interés en competencia con el de los demás. Pero podía demostrarse que tales actividades, cuando se las dejaba producirse lo más incontroladamente posible, daban lugar no sólo a un orden social «natural» (tan distinto del artificial impuesto por los intereses aristocráticos, el oscurantismo, la tradición o las intromisiones de la ignorancia), sino también al más rápido aumento posible de la «riqueza de las naciones», es decir, de la comodidad y el bienestar, y por tanto la felicidad, de todos los hombres. La base de este orden natural era la división social del trabajo. Podía probarse científicamente que la existencia de una clase de capitalistas dueños de los medios de producción beneficiaba a todos, incluyendo a los trabajadores que se alquilaban a sí mismos,

el libre juego de las fuerzas naturales destruiría todas las posiciones que no estuvieran edificadas sobre contribuciones al bien común

La economía política de Ricardo, obra maestra de rigor deductivo, vino a introducir considerables elementos de discordia en la «armonía natural» por la que los primitivos economistas habían apostado. Y hasta dio bastante más importancia que Smith a ciertos factores de los que podía esperarse que llegarían a detener la máquina del progreso económico al atenuar el abastecimiento de su combustible esencial, tal como una tendencia a reducir el porcentaje de beneficios. Y más aún: proporcionó la teoría general del valor intrínseco del trabajo, teoría que sólo necesitaba que se le diera una vuelta para convertirse en un potente argumento contra el capitalismo.

Pues si el gobierno era realmente popular, y si la mayoría gobernaba realmente (o sea si los intereses de la minoría eran sacrificados a aquélla, como era lógicamente inevitable), la verdadera mayoría —«el mayor número y las clases más pobres[298]»—, ¿sería capaz de salvaguardar la libertad y cumplir los dictados de la razón que coincidían sin duda alguna con el programa de la clase media liberal?

El conde Claude de Saint-Simon (1760-1825), a quien por tradición se considera como el primer «socialista utópico», aunque su pensamiento ocupe en realidad una posición más ambigua, fue primero y ante todo el apóstol del «industrialismo» y los «industrialistas»

Si como la economía política argumentaba, el trabajo era el origen de todos los méritos, ¿por qué la mayor parte de sus productores vivían al borde de la indigencia? Porque como demostraba Ricardo —aunque le desagradara sacar las conclusiones de su teoría— el capitalista se apropiaba en forma de beneficio del excedente que producía el trabajador por encima de lo que recibía como salario.

En efecto, el capitalista explotaba al trabajador. Sólo la desaparición de los capitalistas aboliría la explotación.

De este modo los nuevos socialistas defendían su causa nada más que empujando los argumentos del clásico liberalismo franco-británico más allá del punto al que los burgueses liberales estaban preparados para llegar. La nueva sociedad que preconizaban no necesitaba abandonar el terreno tradicional del humanismo clásico y del ideal liberal. Un mundo en el que todos fueran felices y cada individuo pudiera cumplir libre y plenamente sus potencialidades, un mundo en el que reinara la libertad y el gobierno que significa coacción hubiese desaparecido, era la aspiración suprema de los liberales y de los socialistas. Lo que distinguía a los diferentes miembros de la familia ideológica descendiente del humanismo y de la Ilustración —liberales, socialistas, comunistas o anarquistas— no era la amable anarquía más o menos utópica de todos ellos, sino los métodos para realizarla. En este punto, sin embargo, el socialismo se separaba de la tradición liberal clásica. En primer lugar, rompía con la creencia liberal de que la sociedad era un mero agregado o combinación de sus átomos individuales y que su fuerza motriz estaba en el propio interés y en la competencia. Al hacerlo así, los socialistas volvían a la más antigua de todas las tradiciones ideológicas humanas: la creencia de que el hombre es por naturaleza un ser comunal. Los hombres viven juntos y se ayudan unos a otros naturalmente.

las ambiciones sociales de los bien acomodados son siempre más modestas que las del pobre—

los pensadores conservadores no tenían el sentido del progreso histórico, tenían en cambio un sentido agudísimo de la diferencia entre las sociedades formadas y estabilizadas natural y gradualmente por la historia y las establecidas de pronto por «artificio». Si no podían explicar por qué los trajes históricos tenían buen corte —de hecho negaron que lo tuvieran—, podían explicar admirablemente cómo el largo uso los hacía cómodos. El esfuerzo intelectual más serio de la ideología antiprogresista fue el del análisis histórico y la rehabilitación del pasado, la investigación de la continuidad contra la revolución.

en su conjunto, la cultura burguesa no era romántica. El alborozo del progreso técnico impedía el romanticismo ortodoxo en los centros industriales avanzados.

Antes de que podamos juzgar la naturaleza del impacto de la doble revolución sobre las ciencias, debemos echar una ojeada a lo que les ocurrió. En conjunto, las ciencias físicas no fueron revolucionadas. Es decir, permanecieron sustancialmente dentro de los términos de referencia establecídos por Newton, bien continuando líneas de investigación ya seguidas en el siglo XVIII, bien extendiendo los antiguos descubrimientos fragmentarios y coordinándolos en sistemas teóricos más amplios. El más importante de los campos abiertos así (y el único que tuvo inmediatas consecuencias técnicas) fue el de la electricidad, o más bien el electro-magnetismo.

la química, corresponde de lleno al principio de nuestro período. De todas las ciencias ésta fue la más íntima e inmediatamente ligada a las prácticas industriales, especialmente al proceso de blanqueo y teñido de la industria textil.

La química, como la física, fue una ciencia preeminentemente francesa. Su virtual fundador, Lavoisier (1743-1794), publicó su fundamental Traite elémentaire de, chimie en el mismo año de la Revolución, y la inspiración para los adelantos químicos, y especialmente la organización de la investigación química en otros países —incluso en aquellos que más tarde serían los centros más importantes de esas investigaciones, como Alemania— fueron primeramente francesas.

hasta los profanos pueden comprender el alcance de la revolución por la cual el ruso Lobachevsky (1826-1829) y el húngaro Bolyai (1831) derribaron la más permanente de las certidumbres intelectuales: la geometría euclidiana. Toda la majestuosa e inconmovible lógica de Euclides descansaba sobre ciertas suposiciones, una de las cuales, el axioma de que las paralelas nunca se encuentran, no es ni evidente ni probable. Hoy parece elemental construir una geometría igualmente lógica sobre algunos otros supuestos, por ejemplo (Lobachevsky, Bolyai) que una infinidad de paralelas a la línea L puede pasar por el punto P; o (Riemann) que ninguna paralela a la línea L pasa por el punto P; sobre todo cuando podemos construir superficies de vida real a las que aplicar esas reglas. (Así la tierra es un globo, conforme a los supuestos «riemannianos» y no a los euclidianos). Pero hacer tales supuestos a principios del siglo XIX era un acto de audacia intelectual comparable a colocar al sol, en lugar de la tierra, en el centro del sistema planetario.

la revolución en las ciencias sociales apenas podía dejar de interesar al profano, ya que le afectaba visiblemente, en general —según se creía— para lo peor.

Hablando con precisión, hubo dos revoluciones cuyos cursos convergen para producir el marxismo como la síntesis más amplia de las ciencias sociales. La primera, que continuaba los brillantes avances de los racionalistas de los siglos XVII y XVIII, establecía el equivalente de las leyes físicas para las poblaciones humanas. Su primer triunfo fue la construcción de una sistemática teoría deductiva de economía política ya muy avanzada en 1789. La segunda, que en sustancia pertenece a nuestro período y está estrechamente unida al romanticismo, fue el descubrimiento de la evolución histórica

el período 1776-1830 asistió al triunfo de esta economía política (v. pág. 421). Se vio complementada por la primera representación sistemática de una teoría demográfica destinada a establecer una relación mecánica, y virtualmente inevitable, entre las proporciones matemáticas de los aumentos de población y de los medios de subsistencia. El Ensayo sobre la población (1798) de T. R. Malthus no era ni tan original ni tan indiscutible como afirmaban sus partidarios en el entusiasmo del descubrimiento de que alguien había demostrado que los pobres deben permanecer siempre pobres y que la generosidad y la compasión pueden hacerlos todavía más pobres.

las ciencias sociales lograron también algo completamente nuevo y original, que a su vez fertilizó a las ciencias biológicas e incluso a alguna ciencia física como la biología. Ese logro fue el descubrimiento de la historia como un proceso de evolución lógica y no sólo como una sucesión cronológica de acontecimientos. Los lazos de esta innovación con la doble revolución son tan obvios que no necesitan ser explicados. Así, lo que se llamaría sociología (palabra inventada por A. Comte hacia 1830) brotó directamente de la crítica del capitalismo.

El propio Comte, a quien se considera el fundador de dicha disciplina, empezó su carrera como secretario particular del precursor de los socialistas utópicos, el conde de Saint-Simon[347] y el más formidable teórico contemporáneo en materia sociológica, Carlos Marx, consideró su teoría principalmente como un instrumento para cambiar el mundo.

sobre todo en una ciencia completamente nueva, la filología. También esta ciencia se desarrolló primeramente en Alemania, que era el más vigoroso centro de difusión para los estudios históricos. No es fortuito que Carlos Marx fuera alemán. El ostensible estímulo para la filología era la conquista por Europa de las sociedades no europeas. Las primeras investigaciones de Sir William Jones (1786) sobre el sánscrito fueron resultado de la conquista de Bengala por los ingleses; el desciframiento por Champollion de los jeroglíficos egipcios (su obra principal sobre el tema se publicó en 1824), de la expedición de Bonaparte a Egipto; la elucidación de la escritura cuneiforme por Rawlinson (1835) reflejaba la ubicuidad de los oficiales coloniales británicos. Pero de hecho la filolgía no se limitó al descubrimiento, descripción y clasificación. Sobre todo en manos de los grandes eruditos alemanes como Franz Bopp (1791-1867) y los hermanos Grimm se convirtió en la segunda ciencia social propiamente dicha; es decir, en la segunda que descubrió leyes generales aplicables a un campo al parecer tan caprichoso como el de la comunicación humana. (La primera fue la economía política). Pero a diferencia de las leyes de la economía política, las de la filologia eran fundamentalmente históricas, o más bien evolucionistas [348]. Su fundamento fue el descubrimiento de que una vasta serie de idiomas, los indoeuropeos, estaban emparentados unos con otros; a lo que se añadió el hecho evidente de que cada idioma escrito que existía en Europa había sido completamente transformado por el transcurso de los siglos y se presumía que seguiría sufriendo transformaciones.

En la misma década, Schmerling, que investigaba en Bélgica, y Boucher de Perthes, quien por fortuna prefirió su hobby de la arqueología a su cargo de jefe de aduanas en Abbeville, pronosticaron algo más alarmante todavía: el descubrimiento de los restos fosilizados del hombre prehistórico, cuya posibilidad había sido calurosamente denegada[350]. Pero el conservadurismo científico fue todavía capaz de rechazar aquella horrorosa perspectiva alegando la falta de pruebas definitivas, hasta el descubrimiento del hombre de Neanderthal en 1856. No hubo más remedio que aceptar: a) que las causas ahora en movimiento habían, en el transcurso del tiempo, transformado la tierra desde su primitivo estado hasta el presente; b) que esto necesitó un tiempo mucho mayor que el que pudiera deducirse de las Escrituras, y c) que la sucesión de estratos geológicos revelaba una sucesión de formas de animales que implicaba una evolución biológica.

El período de la doble revolución pertenece a la prehistoria de todas las ciencias sociales, excepto la economía política, la lingüística y quizá la estadística. Incluso su más formidable logro, la coherente teoría de la evolución social de Marx y Engels era en aquella época poco más que una brillante conjetura puesta en marcha en un soberbio esquema y utilizada como base para el relato histórico. La firme construcción de cimientos científicos para el estudio de la sociedad humana no empezaría hasta la segunda mitad del siglo.

Al mismo tiempo, una mezcla de nacionalismo, radicalismo, historia y observación dio origen al lugar común —no menos peligroso— de las permanentes características nacionales o raciales en la sociedad.

una edad en la que los hombres trataban de descubrir la romántica y misteriosa individualidad de sus naciones para reclamar misiones mesiánicas para ellas si eran revolucionarios, o para atribuir su riqueza y poderío a una «innata superioridad».

La derrota de Napoleón trajo una oleada de oscurantismo. «Las matemáticas eran las cadenas del pensamiento humano —gritaba el veleidoso Lamartine—. Respiro y ellas se han roto». La lucha entre una combativa izquierda procientífica y anticlerical que en sus raros momentos de victoria había erigido la mayor parte de las instituciones que permitían funcionar a los científicos franceses, y una derecha anticientífica que hacía lo posible por aniquilarlas[355] no ha terminado todavía.

Mirando a la década 1840-1850 es fácil colegir que los socialistas que predecían la inminente desaparición del capitalismo eran unos soñadores que confundían sus esperanzas con las perspectivas realistas. Pues, en efecto, lo que sucedió no fue la quiebra del capitalismo, sino su más rápido e indiscutible período de expansión y de triunfo. Claro que todavía entre 1830 y 1850 no era evidente que la nueva economía pudiera o quisiera superar sus dificultades que parecían aumentar con su potencia para producir cada vez mayores cantidades de mercancías por métodos más y más revolucionarios.