Vuelto a dejarme llevar por la aplastante realidad de Alba rico y sus recopilaciones de artículos publicados en diferentes medios.  Maravillosa lucidez anticapitalista: porque nos va la vida en ello. Literalmente.

Es imprescindible leer a Alba Rico.  Recomiendo, en el itineraio, empezar por Leer con Niños… siempre y cuando no seas un «soltero» a la manera Albaridiana del concepto.

Notas sobre los artículo

Placeres

Hay experiencias tan intensas que no tienen extensión. Hay emociones tan pegadas a nuestro pecho que no ocurren en ninguna parte… Puede decirse que es a eso a lo que todos, en Australia, en España y en China, llamamos “placer” y “dolor”… No me duele la cabeza en el mundo sino en mi propia cabeza; no me duelen las muelas en la extensión de mi cuerpo sino en una especie de intimidad sin ventanas; no me duelen los riñones un martes de marzo sino en un presente puro, en una eternidad concreta. Lo mismo ocurre con el placer, cuyas intensidades más cortas suprimen también, mientras dura, todos los lazos con la tierra y con el tiempo. En su relación con el mundo, hay pocas diferencias entre sufrir y gozar… El cólico nefrítico y el orgasmo niegan por igual el sol, los árboles, la botella sobre la mesa, nuestra genealogía y nuestra historia, la mano que nos atiende, incluso el cuerpo que tenemos entre los brazos…Ahora bien, el sufrimiento es un placer que nos expulsa, en el que no queremos quedarnos…Si las revoluciones se hacen a partir del sufrimiento -el aguijón de la realidad clavado en el cuerpo, como decía Simone Weil- es precisamente porque el sufrimiento nos hace huir y porque de él sólo podemos huir hacia los otros y hacia fuera. … ara bloquear ese regreso a la humanidad -de la migraña al pensamiento, del cólico a la revuelta- se han inventado los antidepresivos, la religión… y los placeres. La industria capitalista del entretenimiento disuelve el mundo común con mucha más eficacia que los somníferos y los confesionarios.

El placer es un dolor que nos retiene, un dolor en el que queremos instalarnos. Sin un empujón, nos quedaríamos en él para siempre.

¿Será una casualidad que el capitalismo gaste todos los años mucho más en destruir relaciones -por no hablar de seres humanos concretos- que en crearlas?

¿Por qué nos parece imposible hoy encontrar placer en “comprender” y “ser amables”? Porque, al contrario que la prostitución y el fast food, al contrario que el cólico y el orgasmo, el pensamiento y la amabilidad son dos formas distintas de reconocer la existencia del mundo. Los dos se comportan ante las cosas y ante los hombres como el náufrago ante los niños, a los que se debe ceder el paso al abandonar el barco que se va a pique.

Pero “ser amable”, al mismo tiempo, es una forma de (re)conocer a nuestro prójimo, de comprender su existencia como igual a la nuestra, de establecer rangos y jerarquías a contrapelo de las clases (la superioridad del viejito, del enfermo, del niño). Cada vez que digo “por favor”, que cedo el paso, que me muestro cariñoso o complaciente, que me detengo y dedico un minuto, arrancado al tiempo continuo de la digestión, a interesarme por mi vecino, estoy conociendo la fragilidad de los otros y declarando en voz alta la mía propia

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MORIR SIN BIOGRAFÍA
Digamos que los humanos tenemos tres tipos de memoria.

Una, documental, puramente cronológica, que nos permite recordar la fecha de las guerras, las revoluciones y los cumpleaños de los seres queridos; y que es importante para orientarse en el tiempo…

La segunda, colectiva, tiene que ver con las respuestas sociales rutinarias, enraizadas en el cuerpo y en el discurso, a los embrollos de la vida en común

Este tipo de memoria, materializado en modales, ritos de paso, ceremonias e instituciones, permite actuar correctamente sin necesidad de pensar, lo que constituye la condición misma de toda existencia compartida. No pensar, claro, es indispensable cuando se trata de tomar medidas ya establecidas frente a una situación de urgencia -un ciclón o un terremoto-, pero es peligroso si lo que impone es, al contrario, tradiciones insensatas, como la ablación del clítoris o el confinamiento de las viudas. Por eso la memoria colectiva debe ser revisada y racionalizada cada cierto tiempo.

Tenemos, por último, la memoria individual , sedimentada en torno a costumbres y a objetos. Lo que verdaderamente marca nuestro carácter está de alguna manera sumergido en nuestro cuerpo: todo ese flujo de repeticiones y conchitas, de gestos fatigosamente renovados y canicas, de rutinas largas y de astillas diminutas. El camino de la escuela, el reclamo operístico del vendedor ambulante, el roce de los pantalones de franela, la luz invernal sobre el mueble heredado del abuelo, el olor a naftalina, el jarrón chino que sobrevivía a todas las mudanzas…sa memoria -idiosincrásica y meteorológica- se puede traducir incluso al chino, porque tiene que ver con los cinco sentidos, patrimonio compartido, y con los cuatro elementos, suelo colectivo, pero no se puede traducir sin un enorme esfuerzo introspectivo y lingüístico. Uno de los nombres que recibe ese esfuerzo -para rescatar lo común encerrado en el propio cuerpo- es “poesía” y, en general, “literatura”.

Pues bien, una de las paradojas del capitalismo, y de sus tecnologías ancilares, tiene que ver con su potencia para erosionar estos tres tipos de memoria.

La memoria documental ha quedado muy debilitada por la propia capacidad tecnológica de registro y archivo.

En ese vacío, como en una sopa ligera, flotan algunos acontecimientos sin conexión, aislados de la historia, monumentalizados por unos medios de comunicación que producen, como Nestlé y Disneylandia, caramelos, juguetes y mercancías.

La memoria colectiva está asimismo muy dañada. Hablamos de las especies animales desaparecidas o amenazadas, pero nos olvidamos de todos los gestos milenarios, las ceremonias comunes, las respuestas colectivas desterradas para siempre de este mundo. Podemos pensar en oficios muertos o en liturgias ceremoniales extinguidas, pero también en formas de organización política y vínculos de solidaridad definitivamente deshechos. Las respuestas automáticas -ese tino social sin pensamiento- no las impone ya la tradición o la institución o la educación, con sus ventajas y sus riesgos, y mucho menos la razón o el socialismo, sino las multinacionales. ¿Cómo superar un duelo? La casa Roche te vende una pastilla.

sólo los pobres, los muy pobres, tienen todavía biografía. Las clases medias y sus imitadores más desfavorecidos tienen más bien una colección de souvenirs o un catálogo estándar de fotografías. La memoria individual -las repeticiones y las conchitas, las costumbres y los objetos- ha sido sustituida por un universal folleto publicitario en el que el sujeto de la experiencia, desprovisto de cuerpo, es intercambiable por cualquier otro

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CONTRA LA FANTASÍA

El mundo tiene límites; la fantasía no.

Olvidamos a menudo, en efecto, que vivimos en un mundo dominado, y no liberado, por la fantasía. Hace 70 años, el delirio de la pureza racial y la superioridad aria desbarató Europa y mató a 60 millones de obstáculos en todo el planeta. ¿Y qué pasa hoy con el capitalismo?

¿Liberar los vicios individuales para que produzcan bienestar general? ¿Confiar en una solución tecnológica que repare retrospectivamente todos los daños que los “medios de destrucción” ocasionan en su búsqueda de “crecimiento”?

Cuando la fantasía, que ignora los límites, dispone de dinero, armas, policía -y aplica cálculos matemáticos y procedimientos racionales de organización y penetra en la tierra como los dientes de una excavadora- el mundo mismo, con sus árboles, sus montes y sus niños, cruje de dolor. Con medios grandes, como los que poseía Hitler, un sueño abstracto puede suprimir millones de criaturas concretas antes de chocar contra la pared

A esta intervención material de la fantasía, a través del poder o la riqueza, los antiguos griegos la llamaban hybris , el exceso sacrílego, la insubordinación blasfema contra los límites humanos, y era castigada por los dioses con una catástrofe

El problema de la fantasía capitalista es que apenas si genera una fantasía contraria de justicia automática. Nos gusta, nos parece seria, nos resulta apetecible. Se nos antoja real. Es normal: el capitalismo, que gasta 1 billón de dólares en armas, gasta la mitad de esa cifra en publicidad

Lo contrario de la fantasía, que no reconoce límites, es la imaginación

¿Para qué sirve la imaginación? Básicamente para ponerse en el lugar exacto del otro y para ponerse en el lugar probable de uno mismo. Mediante la pedestre imaginación sentimos como propio el dolor o la felicidad de los demás: eso que llamamos compasión y amor… Para representarnos el dolor ajeno hace falta imaginación; para representarnos nuestro dolor, nuestra vejez, nuestra muerte futura hace falta también imaginación. Sin imaginación, como se ve, todo es fantasía; y la fantasía asegura los beneficios de Monsanto, la BP y el Banco de Santander, así como nuestra mansedumbre frente a su hybris destructiva.

Lo raro -qué raro- es que a la fantasía destructiva del mercado la llamen realismo y a la preocupación por nuestros amigos y sus hijos la llamen utopía .

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MARCAS O NOMBRES

Nombramos lo que hemos hecho con nuestras propias manos (incluido, claro, el cuerpo del amado, fabricado por nuestras caricias, construido con nuestra ternura, rebautizado una y otra vez, para aferrarlo mejor, con toda clase de diminutivos y paranimias).

Nombramos también todo aquello a lo que hemos añadido nuestra propia vida a través de un largo uso o una atención constante. Los melanesios ponen nombre a sus cucharas de palo, los marineros a sus barcos, los granjeros a sus cinco vacas.

Nombramos también todo aquello de lo que queremos apoderarnos. Colón renombró las tierras que iba conquistando mientras la Iglesia rebautizaba a los indígenas forzados a la conversión. Los estadounidenses se apropiaron de las sequoyas de California poniéndoles nombres de generales yanquis.
Pero si se trata de apoderarse de algo o de alguien, digámoslo enseguida, los nombres son poco eficaces y hasta peligrosos, pues todo lo que tiene nombre -aunque no sea el suyo propio- puede rebelarse contra su Nominador.

En realidad el dominio absoluto prefiere precisamente negar -o arrancar- el nombre a sus esclavos. Una de las formas elementales de negar el nombre es el número, que acepta o impone la intercambiabilidad de todas las existencias

Pero lo contrario del nombre es sobre todo la «marca»

Los capataces esclavistas y los maridos machistas marcan a golpes los cuerpos con el ignominioso copyright de su crueldad. El racista marca a sus víctimas con un genérico de especie

Pero lo mismo pasa con la riqueza: el ganadero rico, que no tiene cinco sino cinco mil vacas, graba en sus lomos el fuego de su dominio

Esa es también la fuerza íntima del capitalismo. Las grandes empresas y multinacionales marcan sus productos -confeccionados por desconocidos- y venden de hecho no los productos sino las marcas, con las que marcan a millones y millones de consumidores. Los coches no tienen nombre propio, al contrario que los barcos, porque nunca llegamos a apropiárnoslos a través del uso

El capitalismo disuelve sin parar los nombres individuales y, si algunos de ellos llegan a ser conocidos, es sólo a condición precisamente de que dejen de ser nombres para convertirse en “marcas”.

Hay que defender los nombres y defenderlos también como medida de la producción y del consumo. ¿Cuántas cosas debemos poseer? ¿Cuándo debemos cambiarlas por otras? El cálculo es sencillo. Debemos ser tan pobres como sea necesario para poder poner nombre a todas nuestras cosas y usarlas tanto tiempo como sea indispensable para que respondan cuando las llamemos.

Contra las marcas, contra todas las marcas, debemos recuperar los amuletos, los torniquetes, los signos: los nombres con los que podemos llamarnos los unos a los otros y llamar al mismo tiempo al amor, a la razón y a la revolución.
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¿Dónde ocurren las cosas?

el capitalismo ha convertido esta tragedia en un negocio: el negocio -digamos- de la felicidad. ¿Dónde ocurren ahora las cosas? Ni en los mitos ni en el dormitorio de los padres ni en las fórmulas matemáticas: en el mercado, en la televisión, en internet. ¿Dónde ocurren las cosas? No en un recinto en el bosque ni en un templo en la montaña ni en el cuerpo distante de la amada (a la que le sigue creciendo, ay, el pelo en Singapur): la combinación de renovación mercantil y nuevas tecnologías, con su follaje de información audiovisual, determina que el lugar del Acontecimiento, multiplicado al infinito

¿Dónde ocurren las cosas? En todos los lugares del mundo menos aquí, en todos los instantes futuros menos ahora;

La humanidad capitalista vive ininterrumpidamente pendiente de algo que está ocurriendo en otra parte (¡la boda real, la Copa del Mundo, el foro virtual!) y de algo que aún no ha ocurrido

En las sociedades capitalistas avanzadas hay una relación de directa proporcionalidad entre la criminalización creciente de la política y la criminalización creciente de la infelicidad. La infelicidad es ya molesta, importuna, provocativa, subversiva. Hemos prohibido la infelicidad privada como hemos prohibido la disidencia pública y más o menos por las mismas razones: porque denuncian, acusan, revelan la verdad de nuestro mundo.

Para los filósofos ilustrados el derecho a la felicidad se definía como el derecho a las condiciones sociales necesarias para que los individuos pudiesen buscarla cada uno a su manera (o la despreciasen si acaso preferían la infelicidad). Pero al dejar la felicidad en manos del capitalismo hemos acabado por generar una situación social peligrosísima en la que la población (1) se cree con derecho individual a la felicidad, (2) está socialmente obligada a ser feliz y (3) es objetivamente despojada de las condiciones que le permitirían serlo.

¿Dónde ocurren en realidad las cosas? Donde podemos conocerlas y narrarlas; donde podemos amarlas; donde podemos, además, cambiarlas.

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Defensa del lujo

La desproporción entre lo que somos y lo que podemos se llama “lujo”, que literalmente quiere decir “exceso”. Todos somos casi nada y todos podemos algo más de lo que somos, incluso si tenemos muy poco: el más miserable de los seres humanos puede ponerse un flor detrás de la oreja o secarse al sol después de un aguacero de verano.

Lo verdaderamente productivo para el capitalismo es el gasto, el desgaste, la destrucción. Eso vale también para el lujo.

Entre lo que somos y lo que podemos, la humanidad es siempre suntuaria y suntuosa. Podemos imaginar muchos gestos lujosos, improductivos, que “ostentan” sólo el poder que tenemos como simples humanos. El gesto de una madre que arropa a un niño que no tiene frío, ¿no es literalmente un lujo? El gesto de mirar a los ojos el cuerpo en el que nos fundimos placenteramente, ¿no es literalmente un lujo? El gesto de grabar en un árbol el nombre del enamorado, ¿no es literalmente un lujo? El de hacerse una trenza, el de ceder el asiento a un anciano, el de añadir un adjetivo, el de perdonar a un enemigo, el de poner un mantel, el de incubar un pensamiento…

El capitalismo nos prohíbe todos los lujos.
Nada de lujos. Sólo lo estrictamente necesario: el derroche, el incendio, la destrucción, la muerte.

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Infamia del superviviente

Elias Canetti en su obra Masa y Poder, es lo contrario. El superviviente de una matanza o una catástrofe, decía, se siente un elegido; no atribuye su salvación al azar sino a una combinación de mérito y destino que, de alguna manera, ilumina su superioridad y garantiza también su inmunidad futura…. sentirá la tentación de arriesgar una y otra vez su vida, convencido de que, perdonado por la primera bala, ninguna se atreverá ya a tocarlo.

Digamos que todo el que ve la televisión se siente un superviviente. Los consumidores y telespectadores occidentales son supervivientes en el sentido analizado por Canetti. Las imágenes podían quizás activar nuestra imaginación y facilitar la apropiación empática del dolor ajeno, pero eso raramente ocurre. Las imágenes televisivas más bien refuerzan la convicción de una ley natural que nos ha puesto a cubierto de la pobreza, la guerra, los terremotos y las matanzas.

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Sexo y pereza

“El infierno son los otros”, decía el filósofo Jean-Paul Sartre. Los otros, sobre todo, dan pereza. Hasta ahora nos cansaba trabajar y nos cansaba también estudiar mientras que estábamos siempre dispuestos a reunirnos con unos amigos, ir a una fiesta, participar en el bullicio de una conversación, desnudar de nuevo con emoción el pecho del amado. Ahora lo que cansan son las relaciones. Sexo sí, relaciones no. La industria sexual en Japón refleja y alimenta una sociedad de perezosos masturbadores que pagan para no tener que ocuparse de sus mujeres o de sus novias; que pagan, en definitiva, para emancipar su propio placer de cualquier contacto exterior.

Una de las ventajas del sexo es que obliga a prestar atención al otro. No cuidamos un cuerpo enfermo de buena gana, pero nos ocupamos con minucioso entusiasmo del cuerpo deseado. El amor y el deseo constituyen la única garantía irrefutable de la existencia del mundo y de nuestra dependencia recíproca en él. Un beso es una forma de materializar al otro; una caricia una marca de salvación del cuerpo ajeno. ¿Que pasa cuando la pereza llega al extremo de cortar todo vínculo -incluso el del deseo- con un cuerpo de carne y hueso? Japón, vanguardia del capitalismo, está a punto de liberarse industrialmente de la atadura de los otros. Quizás sea bueno. Un perezoso antropológico emancipado de todas las relaciones corporales no será un maltratador doméstico ni un violador en serie ni un sádico verdugo;

un macho que se “independiza” de los cuerpos a través de la masturbación artefacta, un perezoso radical adicto a la ausencia industrial del mundo, hará muy poco por conservar ese mundo que desprecia, allí donde se encuentre en peligro, y hará en cambio todo lo que sea necesario… por conservar la industria de la que depende su independencia.

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Reivindicación de la deuda

Toda la actividad teórica de la Ilustración consistió, no en negar el vínculo crediticio, sino en presentarlo en el orden correcto: son los amos, los patrones y los reyes los que están en deuda con los esclavos, los asalariados y los ciudadanos, de los que proceden, mediante el trabajo, los bienes que convierten en digna la vida de un ser humano. Pero todos, al mismo tiempo, estamos en deuda -no con Dios- con la Naturaleza, “verdadera fuente de toda riqueza”

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El alma nueva: el cuerpo

Todas las grandes crisis históricas han producido siempre una contracción de lo colectivo a lo individual, un retorno asustado al interior de uno mismo. ¿Y qué hay en el interior de uno mismo? Lo más común, lo más banal, lo más ajeno: un batiburrillo de convenciones e imágenes que tratamos de proteger contra el desorden exterior (invasión de los bárbaros o caos financiero). En las sociedades antiguas ese «batiburrillo» se llamaba «alma» y en las sociedades capitalistas se llama «cuerpo», pero en ambos casos -alma o cuerpo- de lo que se trata es de encontrar una vía personal de salvación.

la vida del «cuerpo», como la del alma antigua, se puede administrar en soledad, al margen de toda dependencia colectiva. Es, digamos, el único marco de autogestión posible en un mundo gestionado ya por fuerzas abstractas, distantes y adversas

«el culto al cuerpo» es una inversión muy rentable en favor de la salvación, como lo era el culto a Dios en los cálculos soteriológicos -el cielo o el infierno- durante la Edad Media. El darwinismo social impuesto por el mercado laboral determina una «selección natural» en la que los más jóvenes, los más guapos, los más saludables tienen muchas más
posibilidades de ser contratados (es decir, salvados) que los más débiles o viejos. Allí donde no deja de aumentar lo que Marx llamaba «el ejército de reserva»

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¿Hay mercado después de la muerte?

Pero éste, en todo caso, es un mal muy pequeño frente al que se hace a -digamos- la “civilización humana”, cuyo fundamento histórico y cultural gira en torno a tres elementos: el fuego, las semillas y el culto a los muertos. Puede parecer una exageración, pero de alguna manera son los muertos los que protegen y humanizan las relaciones entre los vivos; son los muertos los que evitan la descomposición temporal de las sociedades humanas. Ateos o creyentes, la muerte aparece ante nosotros como ese límite insuperable que amenaza el orden social y que sólo puede ser absorbido en él de manera precaria y provisional, prolongándolo -por así decirlo- en una frágil “sociedad de antepasados”.

Estamos vinculados entre nosotros porque estamos vinculados al futuro a través de los niños y porque estamos vinculados al pasado a través de los muertos. Al contrario que el mercado, una sociedad humana es el conjunto de las demandas de las generaciones pasadas, presentes y venideras.
Al morir, un cuerpo se convierte definitivamente en objeto. El cadáver está solo y es vulnerable y dependiente. Requiere cuidados. Tras una despedida solemne, es necesario enterrarlo o quemarlo -paradójicamente- para que no vuelva a la vida; es decir, para que no se convierta en otra cosa de lo que era.

Ese objeto -el cadáver- es terrible porque es humano e inhumano al mismo tiempo y porque nuestro esfuerzo por mantenerlo en la humanidad, siempre fracasado, implica su renuncia a él.

al recuperar socialmente a los muertos convirtiéndolos en mercancía, al negarnos a renunciar a ellos, al mantenerlos en nuestros cuerpos sin permitir que formen su propia sociedad exterior, y al hacer todo esto contra la voluntad del muerto y de sus supervivientes, privamos definitivamente a la humanidad de esa exterioridad irreductible -la Naturaleza- sin la cual son imposibles los trabajos agotadores y maravillosos de la cultura humana.

El mercado capitalista apunta siempre al derrumbe de la civilización; y si aún no ha conseguido su propósito es sólo porque miles de hombres y mujeres la sostienen y apuntalan cocinando, amando a sus niños, cuidando a sus ancianos, despidiendo a sus muertos y luchando por la tierra y el fuego.

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Las mariposas venden sus alas

La “belleza” y la “moda” son también campos de batalla donde hay que disputar la hegemonía estética y cultural al capitalismo y de nada sirve despreciar o condenar sus propuestas. De lo que se trata, como en el caso de la salud, es de que dejen de ser un negocio “respiratorio” en el que muy pocos se hacen ricos, sólo algunos alcanzan la salud y la belleza y la mayor parte tienen que vender sus pulmones o su vitíligo para poder sobrevivir.

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Prohibir la guerra, permitir los bombardeos

el modelo Hiroshima -el exterminio vertical desde el aire- no es sólo porque forme parte de «la justicia de los vencedores»: es que tiene algo de inimaginable, de irrepresentable, de extraterrestre; está tan fuera de toda medida antropológica que suspende cualquier forma de reacción.

El bombardeo aéreo, en efecto, reúne dos características «incomprensibles» para un ser humano. La primera tiene que ver con el hecho de que ni siquiera «deshumaniza» a sus víctimas antes de matarlas o para justificar su muerte: sus víctimas no son «enemigos» o «animales inferiores» u «obstáculos» sino simples «residuos». Los cadáveres y las ruinas no han tenido una existencia individual (ni siquiera bajo la forma de un número tatuado en la muñeca) antes de ser «fabricados» desde el B-52. No han sido ni juzgados ni condenados; tampoco despreciados. Son desde el principio sólo «restos».

La segunda característica del bombardeo es que, si produce «restos», no permite establecer ningún vínculo entre ellos y la fuente lejana, celeste e inalcanzable, que los ha causado

Pues bien, curiosamente el modelo del bombardeo aéreo es el que mejor explica la consistencia moral y los efectos materiales del consumo capitalista.

El capitalismo, lo hemos escrito otras veces, no se define por su capacidad para producir riqueza sino para destruirla. Si se recuerda que el 90% de las mercancías que se producen hoy en el mundo dentro de seis meses estarán en la basura se comprende enseguida que el capitalismo no fabrica mesas, coches, ordenadores y lavadoras sino «residuos», igual que las bombas, y que el ser humano que se empeña -durante seis meses- en usarlos como si fueran mesas, coches, ordenadores y lavadoras es él mismo «residual» frente al objetivo económico de sustituirlas lo antes posible por otras. Para el capitalismo, como para el B-52, las cosas y los hombres son desde el principio «restos» y su verdadero producto -ni televisores ni frigoríficos- es la «basura».

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En defensa del secreto

Es extraño comprobar cómo el esquema liberal clásico que exige opacidad en la vida privada y transparencia en la vida pública se ha invertido perversamente.

Mi derecho privado a tener un secreto acompañaba a mi derecho ciudadano a ser gobernado por un Estado sin secretos. Nunca fue del todo así, es verdad, porque entre lo privado y lo público existía la zona oscura de la economía capitalista que trataba de controlar la vida privada -en la fábrica y en la iglesia- y se enquistaba en los aparatos del Estado para gestionarlos en favor de las empresas y las mafias. Pero hoy esa “zona oscura” ha logrado su propósito y, mientras ha vuelto completamente opaca la esfera pública (la ha corrompido), ha desnudado en público, sin sombras ni recodos, la vida privada.

Lo que ha conseguido es volver normativa, excitante, placentera, prestigiosa la auto-delación.

El mercado ha subvertido el sueño democrático liberal. Ha vuelto completamente opaco el Estado y completamente transparentes los cuerpos y las almas. Para luchar contra el capitalismo, para defender la democracia, es necesario “volver al armario”, reivindicar la fuerza resistente del secreto, soportar sin sucumbir la tentación de autodelatarse.

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Lo poco que podemos, lo mucho que queremos

En los años 50, el filósofo alemán Gunther Anders llamó la atención sobre una contradicción asociada a las tecnologías de la destrucción que a su juicio estaba llamada a cambiar por completo nuestra relación con el mundo y con la conciencia de nuestros límites. El lo llamaba “desnivel prometeico” y lo definía como la desproporción existente entre la acción y la representación; es decir, entre lo que somos capaces de hacer y lo que somos capaces de representarnos. El ejemplo más evidente y brutal es el del bombardero y, aún más, el del bombardero atómico: la imaginación no tiene recursos para establecer ninguna relación entre el simple gesto de un dedo aplicado sobre un cuadro de mandos y la muerte, miles de metros más abajo, de 180.000 personas.

Pero hay otro “desnivel prometeico”, aún sin explorar, que invierte de hecho los términos de la contradicción. Me refiero a la desproporción que existe entre la miseria vital de la mayor parte de los seres humanos que pueblan el planeta y su sobreabundancia simbólica.

Los que bombardean y consumen son incapaces de imaginar los efectos de sus acciones y por lo tanto el dolor de sus víctimas; los que no pueden ni bombardear ni consumir, repartidos en las zonas más pobres del planeta, pueden querer tanto y tanto y tanto, tan por encima de las posibilidades del mercado y del planeta, que cuando se pongan a reclamarlo no habrá más que dos alternativas: o cambiar dolorosamente de modelo o inventar bombas mejores.

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Naturalmente las máquinas

Podemos decir que el desarrollo tecnológico ha producido algo así como una superación universal del Estado de Derecho. La tecnología ha naturalizado en la conciencia de los seres humanos la violación del derecho como un efecto rutinario del uso de máquinas. Pensemos, por ejemplo, en los drones. Las organizaciones de derechos humanos han denunciado siempre como intolerables las ejecuciones extrajudiciales, y ninguna persona decente deja de estremecerse ante la idea de un ciudadano -delincuente o no- asesinado en un callejón por un policía. Cuando eso ocurre como consecuencia de un bombardeo en el que decenas de civiles mueren sin haber cometido ningún delito o, en cualquier caso, sin derecho a un juicio justo, nos escandaliza también, aunque bastante menos. Pero si es un avión sin piloto el que, además de violar la soberanía de otro país, mata a un “blanco escogido”a 10.000 km. de distancia, entonces nadie protesta.

Cuanto más artificial es un procedimiento más naturales nos parecen sus consecuencias. Más allá de las ideologías y de las estrategias políticas, más allá de los gobiernos que las usan, son las máquinas mismas las que impiden distinguir -a nivel de la conciencia humana- una cámara de tortura de un quirófano de una aduana de un bombardeo de un e-mail de un parque de atracciones de una cocina moderna.

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¿Quién organiza la fuga?

no caer por todos los medios. ¿Por qué? ¿Qué hay en ese abismo? ¿Qué pasa cuando callamos? ¿Quién habla cuando callamos? ¿De qué está lleno el silencio? Porque ésa es la paradoja: el silencio habla.

Cuando dejamos de hablar, es precisamente la lengua la que se apodera de nosotros; nos ponemos a pensar.

sucumbimos a la sobrepoblación lingüística de nuestra cabeza, que no para de decirnos nombres y conjugarnos verbos.

con quién hablamos cuando sólo pensamos y quién nos ha metido todas esas palabras en la cabeza.

el holgado recinto donde descansamos de nosotros mismos y nuestra sobrepoblación interior, pero donde este “nosotros mismos” adquiere su forma, su bagaje, sus recursos materiales.

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¿Podemos fiarnos de los desconocidos?

La habitabilidad material del mundo es sobre todo una cuestión de confianza. La pugna y la sospecha son siempre secundarios o reactivos; y la economía y la política, que determinan su curso, explotan la credulidad constructiva de una humanidad a la que sorprenden una bombilla fundida y una cañería vacía, pues esperamos ingenuamente que se encienda la luz al presionar el interruptor y salga agua al abrir el grifo.

hay que admitir que nuestra vida cotidiana consiste -y sólo es posible por ello- en una radical confianza en lo desconocido, en una fe ciega en millones de desconocidos que han levantado nuestras casas, instalado nuestros teléfonos, fabricado nuestros coches, construido nuestras carreteras (y preparado, desde que somos pequeños, nuestras comidas, remendado nuestros vestidos, curado nuestras heridas

La confianza es lo primero. Puede parecer de entrada paradójico, pero lo contrario de la confianza es la religión.

El cristianismo -al igual que el resto de las doctrinas cosmofóbicas- sospecha de las apariencias; es decir, de las cosas que aparecen; es decir, de las cosas que parecen ellas mismas: el mundo es una pantalla donde se proyectan sólo sombras y los objetos que introduce vanidosamente el hombre deben ser disueltos en el único principio constituyente: Dios.

El peligro no es la confianza en lo desconocido, la confianza en los desconocidos. Esa debe seguir siendo la base de un mundo cuya división del trabajo y complejidad tecnológica, con independencia de su orientación económica, nos pone cada vez más a merced de los otros.

No me parece mal que el trabajo vivo de los zapateros se convierta -el más hermoso cuento de hadas- en zapatos; no me parece mal que nuestros zapatos los haga un zapatero y nuestras casas un albañil y nuestras lavadora un obrero especializado. Lo que me parece mal -lo que está mal- es que el zapatero, el albañil y el obrero no sean dueños de sus cuerpos, de sus instrumentos de trabajo, de sus cabezas y, por lo tanto, del tiempo necesario para desconfiar, no de los fontaneros, los electricistas y los mecánicos, sino de las causas de esta privación. No me parece mal que la libertad viva de los ciudadanos -la magia más maravillosa- se convierta en leyes, instituciones y parlamentos. Lo que me parece mal -lo que está mal- es que nuestras leyes no nos defiendan, nuestras instituciones no nos protejan y nuestros parlamentos no nos representen y que, por este motivo, hayamos acabado desconfiando, no de sus secuestradores, sino de la política misma.

El capitalismo se reproduce socialmente, en la medida en que todavía es sociedad , gracias a la confianza radical de los humanos en las cosas visibles y en los desconocidos invisibles que las han hecho. Debemos proteger esa confianza para tiempos mejores y protegerla precisamente de una fuerza siempre constituyente, siempre destituyente, que disuelve sin parar todo lo visible, que desacredita y vuelve amenazadores a los desconocidos y que, por eso mismo, cuestiona los fundamentos mismos del mundo y su supervivencia.

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Jóvenes sublevados contra la juventud

Si hay un término que suena a propaganda es sin duda «juventud». Los regímenes fascistas, de hecho, lo convirtieron en el centro simbólico —junto a «raza» y «fuerza»— de la movilización de masas con la que estu- vieron a punto de someter al mundo entero.

Solo un modelo social ha insistido más que el fas- cismo en las virtudes de la juventud; solo un modelo social ha despreciado más que el nazismo la debilidad, la vejez, la imperfección, la biodegradabilidad: el mercado capitalista. La propaganda capitalista se llama publicidad.

todos los eslóganes publicitarios, en las pantallas y en las vallas publicitarias, exaltan permanentemente, como el fascismo, la eterna juventud: mercancías siempre nuevas que humillan a los cuerpos y les exigen un esfuerzo de resurrección permanente para no desentonar con los automóviles, los electrodomésticos, los vestidos que los rodean.

El culto a la juventud forma parte de la entraña material del sistema al mismo tiempo que de ne, más que cualquier criterio ideológico, étnico o religioso en otras épocas de la historia o en otros lugares del mundo, los criterios de la jerarquía antropológica y social. El lugar que todo el mundo mira, o que todo el mundo mira durante más tiempo, está poblado únicamente por jóvenes

jóvenes redundantes que hacen publicidad de la juventud, la cual a su vez publicita el carácter eterno y natural del mercado. Como los cuerpos hieráticos y esculturales de Leni Riefenstahl en relación con el Tercer Reich, cada destello de juventud —en el metro o en la pasarela— nos compromete activamente con la supervivencia simbólica y material del régimen de des- trucción generalizado de cosas y cuerpos que llamamos confusamente «libre mercado».
Ninguna sociedad, pues, ha rendido un culto tan fanático a la juventud como la nuestra; y ninguna sociedad, sin embargo, ha despreciado tanto a los jóvenes.

lo que Pasolini llamaba el «hedonismo de masas»: acceso a mercancías y tec- nologías baratas que alimentaban la soledad material y la imaginación común.

¿La juventud? Es la rebeldía contra la infancia. ¿La infancia? Es precisamente el capitalismo

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Falstaff y Robin Hood

el capitalismo ha hecho realidad todas las utopías de la izquierda, pero volteándolas en pesadillas: el dominio de la naturaleza en cambio climático, la versatilidad de los talentos en flexibilidad laboral y movilidad forzada, el ocio en paro, el voluntariado guevarista en esclavitud complacida. El desempleo y la crisis, en el contexto de una economía de rehenes consumidores, ha generado, en efecto, un ejército de voluntarios al servicio de las empresas: miles, millones de jóvenes dispuestos a trabajar gratis a mayor gloria del capitalismo.

Mientras que el socialismo fracasó en la construcción de un “hombre nuevo”, el capitalismo lo ha hecho realidad en la figura del “emprendedor”, un tipo desarraigado, radicalmente soltero, que trabaja y consume con ferocidad sectaria, fuera del mundo, entre el jefe y el ombligo.

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Los que sostienen el mundo

Todo filosofar que no imponga un grito de socorro es pura palabrería: todo reflexionar que no busque una mano es puro sofisma. Todo reflexionar es, pues, un reflexionar -si se quiere- sobre la muerte.

Bajo el capitalismo todo está socialmente concebido y ordenado para que no pensemos nunca en la muerte y para que no tengamos compañeros. Sustraerse al abrazo de la muerte es imposible; pero luchar a favor de la vida -de la estabilidad de la torre chapucera- sólo es posible en compañía. Eso se llama política. La política no es más que una reflexión colectiva sobre las estrategias para sostener el mundo en pie a partir del principio de la recíproca dependencia entre los hombres. Los mitos sectoriales -de una clase o un estrato social- se llaman “ideología». El mito del capitalismo es el de la voluntad individual como fuente de toda riqueza y todo poder y se basa en dos principios simultáneos e indisociables: la confianza en uno mismo y la desconfianza en los demás.

El capitalismo no se ocupa de asegurar -calzar, apuntalar- la torre frágil del mundo sino de debilitarla con su delirante producción de mercancías; y derrocha tanto dinero y tanto esfuerzo en destruir la naturaleza como en impedirnos pensar en ello. Pero se ocupa de asegurar, en cambio, la autoconfianza aislada de los individuos. El gran negocio del capitalismo a principios del siglo XXI es el de la llamada «seguridad»: alarmas, escáners, vídeocámaras, vigilancia privada, ejércitos mercenarios, etc. La sospecha generalizada, que nos ayuda a olvidar la fuente original de todas las amenazas y nos impide unirnos para pensar colectivamente, se ha convertido en el vehículo rector y reproductor del capitalismo y en la fricción permanente que debilita aún más la torre de palillos que nos sostiene.

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La decisión de tener una pierna

Un niño tiene un accidente y pierde una pierna. A partir de ese momento, puede ocurrir una de estas dos cosas: que el niño construya su carácter en torno a la pierna que le falta y, en consecuencia, a partir de todas las cosas que ya no puede hacer; o, por el contrario, que construya su carácter en torno a la pierna que le queda y, por lo tanto, a partir de todas las cosas que todavía puede hacer.

El filósofo Jean Paul Sartre diría que el protagonismo vital de una de las dos piernas -la que nos falta o la que aún nos sostiene- es una decisión absoluta y, por lo tanto, un acto de libertad.

Hay algo saludable en decidir tener una pierna. Pero todo se complica si aplicamos esta lógica a los procesos colectivos y las construcciones sociales. Digamos que existe un átomo gestual, una partícula antropológica elemental que nos identifica como seres humanos: nadie que se siente a la orilla de un río puede dejar de lanzar un palo al agua.

La importancia de ese gesto elemental es que pone en relación los bosques y los ríos y, de alguna manera, señala y protege su existencia. Cualquiera que prohibiese por decreto a un pueblo indígena el lanzamiento de palos al agua encontraría sin duda una fuerte resistencia. Pero hay formas mucho más radicales de reprimir o suprimir gestos fundamentales. El capitalismo no hará jamás una ley contra la mediación humana entre los palos y el agua; sencillamente talará los bosques y secará los ríos. Muy pronto generaciones completas, en distintos lugares de la tierra, habrán olvidado esa relación en la que el improvisado proyectil reivindicaba el brazo, el aire, la geometría pura dibujada en la superficie de la laguna. Pero cuando eso ocurra ni sentiremos hambre, como cuando nos privan de comida, ni cojearemos, como cuando nos falta una pierna.

Luchar contra el olvido de lo que nos falta, contra el olvido de lo que nos han quitado, es muy difícil porque la ausencia del bosque y del río es en realidad la presencia de carreteras, de grandes edificios, de hierros trepidantes. Podemos decir que la decisión de olvidar la pierna que nos falta construye un buen carácter individual; pero la decisión de olvidar el bosque talado y el río desecado amenaza, en cambio, nuestro destino colectivo.

Lo importante es la belleza. Uno de los revolucionarios que más admiro fue el siciliano Peppino Impastato. Nacido en 1948 en una familia mafiosa, su compromiso comunista le llevó a enfrentarse no sólo a su padre

Torturado y asesinado por la mafia en 1978, sólo 22 años después, en marzo de 2000, los responsables de su muerte fueron condenados por la justicia italiana. Ese mismo año, una excelente película de Marco Tullio Giordano I cento passi, rindió al joven revolucionario un homenaje vibrante y movilizador. Pues bien, en una de las escenas de la película, Peppino y un amigo suyo contemplan con dolor desde una colina el paisaje de Sicilia devastado por la especulación inmobiliaria y las construcciones ilegales. Peppino se queda un instante caviloso y afirma de manera desconcertante: ”En el fondo no es tan feo como parece… Visto así, desde arriba, uno puede pensar que la naturaleza siempre vence, que es más fuerte que el hombre. Pero no es así. A veces, aunque todo sea peor, una vez hechas las cosas, les encontramos una lógica por el solo hecho de existir. Han hecho estas casas horribles, con las ventanas de aluminio… Pero están los balcones, la gente va a habitarlas y se ponen los tendederos, los geranios, la televisión, y después todo forma parte del paisaje y ya existe. Ninguno recuerda cómo era antes. Es fácil destruir la belleza”.

Sin ríos y sin bosques, sin escuelas ni hospitales, en casas horrendas, en barrios grises y contaminados, seguimos viviendo apoyados en la pierna que nos queda sin recordar lo que nos han quitado. Por eso, por muy paradójico que nos parezca, tiene razón Peppino -comunista militante- cuando concluye su reflexión con estas palabras: “En vez de la lucha política y la conciencia de clase, debemos recordarle a la gente qué es la belleza, ayudarla a reconocerla, a defenderla. La belleza es importante, de ella deriva todo lo demás”.

El que ha perdido una pierna se vuelve un mutilado por propia decisión. El que ha perdido la relación entre los bosques y los ríos se vuelve un alienado porque no recuerda la belleza…

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Algunos motivos para desear el Apocalipsis

Se suele llamar “populismo” al gobierno que satisface las necesidades de los ciudadanos. Pues bien, el fascismo sólo es de manera lateral un “populismo”. Porque su programa no consiste en satisfacer las necesidades de los hombres sino sus deseos.

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La conversación de la mesa de al lado

Para comprender lo que es la literatura basta con escuchar una conversación entre desconocidos, desde la distancia de otra mesa, en un café o en la antesala de un médico. Siempre hay algo solemne, ridículo, teatral, en las palabras más banales y sinceras que se intercambian dos personas cuya vida no conocemos desde dentro, cuyos discursos no hemos trenzado con los nuestros. Todos los desconocidos son personajes de ficción o muñecos de guante, movidos trabajosamente por clichés que asoman muy visibles, como hilos y cartones, bajo la ropa. Pero nosotros, en cuanto que desconocidos para los desconocidos, no somos tampoco más profundos o singulares.

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Los peligros de saludarse

Un saludo es, por así decirlo, el átomo de la antropología humana, la partícula elemental de las relaciones ciudadanas y, si se reitera entre desconocidos, el vehículo y la expresión de un conocimiento sin consecuencias. Nos saludamos y ya está: nos reconocemos como miembros de la misma especie y reconocemos, al mismo tiempo, la posibilidad de un espacio común libre de conflictos en el que sólo existe la alegría de este reconocimiento entre -momentáneos- iguales.

en ninguna parte, ni siquiera en los cruces de caminos, hay relaciones entre iguales, entre humanos desnudos que dejan a un lado su formación, su clase, su nacionalidad, su sexo, para intercambiarse un saludo entre potenciales hermanos, como puros miembros de la misma especie socializada

me embarga una cierta desesperanza al interpretar que, incluso en el mejor de los mundos posibles, desactivadas o atenuadas las fuentes de conflicto -clase, género, nacionalidad- las relaciones de poder seguirán contaminando todos los vínculos en la medida en que es el poder mismo, y no la riqueza o el homenaje o el sexo, el verdadero objetivo de cada gesto.

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La alegría de pedir perdón a un pollo

Comer o no comer es la cuestión central de la vida humana en su dimensión animal, pero también en su anclaje antropológico y cultural. La necesidad de alimentarse y la violencia sobre la que se asienta la reproducción biológica se ve acompañada, corregida, expiada y dignificada por toda una serie de prácticas y ceremonias destinadas a convertir el hambre en un vínculo social. El hambre es violencia y saciarla mata. Comemos para no morirnos pero comiendo introducimos la muerte y nos deslizamos hacia ella como pedaleando

y cuando hemos terminado de comer nos morimos. La sobra de ese festín se llama “cadáver”

El arte culinario o gastronomía es la prolongación histórica de los sacrificios antiguos. Combina expiación, agtradecimiento y celebración y nace de la rutina humanizadora de los pueblos, que no quieren comer cualquier cosa ni de cualquier manera.

El capitalismo ha eliminado la práctica saludable del sacrificio al convertir la comida en mercancía industrial. El acto colectivo de pedir perdón, dar las gracias y rendir alegremente homenaje a un puerco ha sido sustituido por la ejecución vergonzante de los animales, a escala de holocausto, en mataderos industriales.

El socialismo -lo que quiera decir eso- no consiste en “dar de comer” cualquier cosa y de cualquier manera sino en establecer las condiciones mínimas para una comida festiva y común. La humanidad querría comer carne, al menos los domingos; pero si no puede comer carne prefiere comer hierbas con un poquito de sal y pimienta, en torno a un caldero, recordando a los héroes, dando gracias a los árboles, sustituyendo -al menos durante un rato- el canibalismo por la alianza y hasta la fraternidad y el amor.

un capitalismo que -como el propio fanatismo religioso- convierte a los seres humanos en animales: bien porque, matándolos de hambre, los obliga a disputarse a muerte una bellota, bien porque los apremia a comer como si fueran perros: deprisa, solos y de mal humor. La gastronomía y el banquete -es decir, el sacrificio alegre y compartido- siguen siendo hoy, como hace tres mil años, las partículas elementales de la cultura humana

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Pasiones e intereses

esta “emancipación” neoliberal de todos los códigos éticos en un mundo de sobreproducción y sobreconsumo ha echado gasolina en todas las pasiones. Al privilegiar socialmente el momento del consumo indiscriminado (de objetos, cuerpos e imágenes) sobre el de la producción y el ahorro, el mercado capitalista -junto con su tecnología ancilar- ha asociado el prestigio al protagonismo en un recinto de visibilidades fugaces y competitivas: “me consumen, luego existo”. Su átomo y su colofón es el “selfi”, la pasión de la autopublicidad en una dinámica de guerra permanente, y de permanente escalada “armamentística”, contra todos los que quieren ser consumidos en mi lugar y antes que yo. El que no es consumido no deja ninguna huella, ni en la cultura ni en la política.

El “selfi”, estadio superior del consumo capitalista, recupera, reactiva, radicaliza las pasiones más antiguas, incluso las nacionalistas y religiosas, en virtud de una lógica des-moralizadora puramente mercantil.

Las pasiones alegres y tranquilas, las razones más serenas, se han vuelto invisibles y por lo tanto completamente inoperantes.

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¿Qué queremos decir cuando decimos paloma?

Si todos pensamos en palomas blancas y puras mientras que las palomas son grises y deprimentes, ¿no deberíamos ser realistas? ¿Destruir el arquetipo? ¿Desengañar a los seres humanos que imponen al mundo ideas falsas, alimentando de paso una plaga material de ratas aladas? Pues no. Digamos, en primer lugar, que es mucho más difícil luchar contra un arquetipo mental que contra una plaga real y que, por lo tanto, debemos más bien parasitar el arquetipo, orientarlo y movilizarlo en el mundo real

sin ese arquetipo, que sigue cumpliendo un papel clasificatorio en la imaginación y en la zoología, no reconoceríamos las raras palomas blancas que aún existen y se acercan a nosotros.

“Milagros” son las conexiones, raras pero posibles, entre los arquetipos y el mundo cotidiano. Hay que explotar esos milagros; hay que provocarlos. Los arquetipos viven más tiempo que las cosas, pero acaban muriendo, unas veces bajo la presión de las cosas mismas, otras por el uso que los hombres hacen de ellos o contra ellos. Pero la política -la gestión, digamos, de la historia como lucha de clases- no puede consistir en combatir los arquetipos: tiene que combatir desde ellos, pues son el medio humano por excelencia -como el agua es el de los peces. Los arquetipos no son -o no sólo- instrumentos de alienación sino también fermentos de emoción liberadora. La historia es la lucha entre las clases, pero también la lucha entre los arquetipos