Se abren las horas como una baraja en abanico sobre un Madrid precioso, con un cielo precioso y ese vapor frío que sale de las aceras a primera hora de la mañana y se te pega a la cara y te espabila y me recuerda que me gusta mi trabajo y sus atajos, que me siento libre y feliz en estas calles, que odio los polígonos industriales y sus putas empresas oxidadas y tristes de cristales tristes, rotos y mugrientos y gordos paletos dirigiendo el mundo desde sus despachos horteras mientras rubias de bote mascan chicle y huelen un poco a sudor un poco a moqueta vieja y pelo sucio.

No quiero eso, paso.

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