Ayer, mientras iba hacia el coche con la prisa de tener que llegar a la piscina municipal antes de las 3 de la tarde, bajando la calle Zugazarte de La Florida, entre mansiones  horteras y chalets de única planta de estilo retro  años setenta que tanto me recuerdan a la casa de tus abuelos, me estalló en la cara, increíblemente preciso y duro, el recuerdo de  cuando era niño y jugaba entre pinos y barro a caerme de la bici mientras el guarda de entonces, Eusebio, ese viejo de manos gruesas y secas y risa triste y pelo blanco y olor a bicho y pana mojada, incendiaba montañas de hojas secas que acababa de recoger de nuestras casas.  Ayer alguien quemaba las mismas hojas, treinta y cinco años después, idéntica maraña de humo y recuerdos mientras los arboles empujaban sus ramas contra si mismos y los amarillos y verdes y rojos y morados de las hojas muertas se entremezclaban bailando hacia el suelo una danza interminable. Me detuve. Cerré los ojos. Respiré hondo. Me vi como era antes. Lo vi todo como antes, olía todo a antes, a siempre, como  a barro y hojas mojadas y una leve reminiscencia de resina y pino, humo blanco entre la ropa y hojas secas.

 

Y entonces llegue a casa y me acerqué a la estantería del despacho e hice esta foto a ese ET de 35 años de edad que guardo entre mis libros y que me acompaña desde siempre. Un ET que dejé olvidado  en un hotel de Venecia cuando tenia siete u ocho años de edad y que alguien del hotel, sabe Dios por qué, decidió devolverme por correo ordinario. Hoy esos mismos del mismo hotel lo hubiesen tirado a la basura sin más. La modernidad, ya se sabe.

 

El caso es que he querido hacer esa foto de ese ET y dejárnoslo aquí, a ambas, para que lo conozcáis.

 

 

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