De Wittgenstein hay algo que me fascina como modelo icónico del caos y el absurdo del mundo: durante la primera guerra mundial se alistó como artillero en el ejército Austro-Húngaro y mientras pegaba tiros en la guerra, escribió lo que acabaría siendo su obra cumbre, su Tractatus logico-philosophicus. Y lo paradójico del asunto es que lo llevó terminado en el bolsillo mientras mataba y veía morir a otros, mientras estuvo en prisión, paseándolo consigo por el campo de Monte Cassino, expuesto a desaparecer en cualquier momento sin que nadie la hubiese leído nunca. Absurdo y genial al mismo tiempo.

De Wittgenstein me quedo:

Los límites de mi lenguaje son -significan- los límites de mi mundo

No como un hecho filosófico, que se me escapa, sino como un hecho poético: lo que no sé describir no existe. El lenguaje crea mundos a nuestra imagen y semejanza y lo define tal cual nosotros lo vemos y sentimos.

También me quedo el principio del libro:

El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.

Y hablando de cosas: aquí dejo una foto tuya con un trébol de cuatro hojas que encontraste en el jardín.

Ojalá sea verdad que te trae suerte.